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NACIONALISMO RUSO Y RELIGIÓN EN LA GUERRA DE UCRANIA

El 24 de febrero, la guerra de Ucrania entra en su tercer año sin perspectivas de un cese de las hostilidades. La historia demuestra, y este también es el caso de Putin, que el conquistador nunca cede un palmo de terreno ni se plantea volver a la situación anterior a la contienda. Por el contrario, nunca querrá negociar si no ha alcanzado todos o parte de sus objetivos, y quien ha sufrido la agresión no puede aceptar los hechos consumados porque le resultará humillante. Esto nos lleva a una guerra de posiciones de duración indeterminada.

El politólogo francés Gérard Grunberg ha hecho una interesante comparación histórica entre Putin y Napoleón, a los que considera representantes de una “diplomacia de la espada”, en expresión tomada de Talleyrand, que no admite ninguna situación de equilibrio en las relaciones internacionales. Los dos políticos encarnan también la mentalidad del Imperio, un ente territorial que carece de fronteras estables. Esto puede confirmarse en la negación por Putin de la existencia de la nación ucraniana, que convierte todo posible armisticio en algo provisional.

Guerra de posiciones

Por eso, ahora es el tiempo de la guerra de posiciones y las esperanzas puestas en las contraofensivas ucranianas de los dos últimos años se han desvanecido por completo. El uso masivo de drones y la puesta en marcha de la guerra electrónica han contribuido a estabilizar el frente.

Para Ucrania, no perder es ganar, pues, como afirmaba Clausewitz, la defensa es una forma de guerra que obliga al atacante a vencer al adversario. Ucrania combate a la defensiva y la reciente caída en manos rusas de la ciudad de Avdíika, en la cuenca del Donbás, tras casi dos años de combates, ha sido una victoria pírrica para Moscú, aunque se presente como el logro ruso más importante en el campo de batalla desde el inicio de la contraofensiva ucraniana de 2023. No han resultado realistas las especulaciones de que Ucrania podría recuperar territorios perdidos, incluso la Crimea arrebatada en 2014, aunque eso no ha privado a los ucranianos de realizar incursiones por sorpresa en las costas del Mar Negro o en el interior de Rusia, que, de alguna forma, pretenden ser respuestas a los continuos ataques de drones y misiles rusos a ciudades ucranianas.

Para Putin, Ucrania es una nación artificial y los ucranianos nunca han existido como un pueblo diferente al ruso

Putin siempre ha estado convencido de que el tiempo juega a su favor y el cansancio de las opiniones públicas occidentales, especialmente de la estadounidense, hará disminuir el apoyo militar a Ucrania. Pero también podría suceder que el presidente ruso termine por perder la paciencia en esta guerra de desgaste e inicie más adelante una gran ofensiva, similar a la del inicio de la contienda, aunque su éxito no estaría garantizado, pues el conflicto ha contribuido a afianzar la conciencia nacional ucraniana y ha creado un odio a Rusia llamado a perdurar.

Las lecciones de historia de Putin en la entrevista de Tucker Carlson

El pasado 8 de febrero, Vladimir Putin concedió una entrevista de unas dos horas al expresentador de la cadena Fox News Tucker Carlson, y el texto fue incluido de inmediato en la web presidencial del Kremlin. El presidente dio al periodista una extensa clase de historia sobre Rusia y Ucrania en la que se remontó al siglo IX, aunque la consideró indispensable para justificar la postura de Rusia, si bien la conclusión es conocida: Ucrania es una nación artificial y los ucranianos nunca han existido como un pueblo diferente al ruso, pero fue el poder soviético, tanto con Lenin como con Stalin, el que contribuyó a crear la república soviética de Ucrania, y , al igual que otras repúblicas, tenía reconocido legalmente el derecho de secesión.

Más allá de estas lecciones de historia, Putin insistió en el peligro para la seguridad de las fronteras rusas que supusieron las cinco ampliaciones sucesivas de la OTAN. Con todo, su principal argumento fue que la guerra respondía a un acto de “autodefensa”, que incluía también a la población de origen ruso residente en Ucrania. De ahí las retiradas afirmaciones de Putin de que no fue Rusia la que empezó la guerra si no que se vio forzada a desencadenar una “operación militar especial” y señaló que su principal objetivo sigue siendo la “desnazificación”. Evocó a continuación la historia del exterminio por los nazis en Ucrania de polacos, rusos y judíos, y aseguró que el gobierno ucraniano no había dejado de rehabilitar en los años pasados a falsos héroes, colaboracionistas con Hitler, como Stefan Bandera, lo que para Moscú es inadmisible. Esta percepción de Putin convierte al conflicto de Ucrania en una continuación de la Gran Guerra Patriótica frente al ocupante alemán.

Tucker Carlson preguntó a su interlocutor sobre las posibilidades de la paz o de un alto el fuego, y Putin aseguró que, en las negociaciones de Estambul con Ucrania en 2022, los ucranianos habían estado a punto de aceptar un armisticio e insistió en que fue una prueba de buena voluntad de Moscú el detener su avance sobre Kiev. El líder ruso achacó a las injerencias del ex primer ministro británico, Boris Johnson, el fracaso de esta iniciativa.

En su estrategia sobre Ucrania, Putin no ha descuidado la dimensión religiosa, consciente de que la Iglesia ortodoxa puede ser un útil instrumento para su proyecto imperial

Al ser una entrevista dirigida al público de EEUU, Putin recalcó que era el apoyo de Estados Unidos y sus “satélites europeos” lo que estaba prolongando el conflicto con el consiguiente riesgo de una catástrofe nuclear, y que los norteamericanos tenían suficientes problemas con el crecimiento de su deuda o las presiones migratorias. Hizo además dos tajantes afirmaciones: “Rusia luchará por sus intereses” y “hay que abandonar la ilusión de que Rusia será derrotada en el campo de batalla”. Pensar lo contrario, en opinión de Putin, no es una actitud inteligente. Podría incluso haber mencionado los fracasos de Napoleón y Hitler en Rusia para reforzar sus afirmaciones, aunque en el presente caso la agresión procedió de los rusos.

La dimensión religiosa de la guerra de Ucrania

En su estrategia sobre Ucrania, Putin no ha descuidado la dimensión religiosa, y a ello se refiere Adriano dell’Asta, profesor y presidente de la Fondazione Russia Cristiana, en su libro La “Pace russa”. La teologia politica di Putin (Scholé, 2023). Tras la caída del régimen comunista, en medio del optimismo poco fundado que surgió tras la Guerra Fría, algunos creyeron que el renacimiento de la Iglesia ortodoxa conllevaría una perspectiva misionera de recristianización, pero, en realidad, se volvió al confesionalismo nacionalista propio de la época de los zares. Kirill, el patriarca de Moscú y todas las Rusias, representó plenamente, a partir de su designación en 2009, esta tendencia.

Según Dell’Asta, Putin, durante los primeros años de su presidencia, se interesó, sobre todo, por la geopolítica, en la que el gas y el petróleo jugaban un papel destacado. Sin embargo, al poco tiempo, fue consciente de que la Iglesia ortodoxa podía ser un útil instrumento para su proyecto imperial. De este modo, la Iglesia pasó a ser un atributo secundario de la nación y del Estado hasta transformarse en un “dicasterio estatal”, en palabras del autor. Desde allí se defiende un “nacionalismo de civilización” de rasgos mesiánicos.

La Iglesia ortodoxa queda, por tanto, al servicio del “mundo ruso”, con Moscú como centro político y Kiev como centro espiritual, pues la Rus de Kiev en el siglo IX está considerada como el origen de la Rusia cristiana. Ese “mundo ruso” tiene una Iglesia ortodoxa común, representada por el Patriarcado de Moscú, y un líder nacional que es el presidente Putin. Desde esta perspectiva, Rusia y Ucrania son el mismo país, aunque tampoco habría que excluir a Bielorrusia, y la defensa de la unidad de Rusia conlleva la defensa de la unidad de la Iglesia. De ahí que la guerra de Ucrania adquiera, en la percepción del patriarca Kirill, el carácter de una misión para garantizar el futuro de Rusia, en la que el sacrificio de los soldados reviste un carácter religioso. En una predicación el 25 de septiembre de 2022, Kirill llegó a afirmar que “su sacrificio lava todos los pecados cometidos”. En cambio, el cardenal Kurt Koch, prefecto del Dicasterio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, ha comentado que esta postura sirve para justificar un régimen teocrático, que absorbe a la Iglesia y “le priva de la libertad de estar proféticamente en contra de toda injusticia”.

Un nacionalismo ortodoxo

Desde estos planteamientos no es difícil justificar el papel de Stalin durante la “Gran Guerra Patriótica” de 1941-45. Hace unos años, un representante del nacionalismo ortodoxo, el periodista Aleksandr Projánov, afirmó que aquella guerra no fue solo “una victoria militar y geopolítica sino una victoria cristiana, la victoria del Paraíso sobre el Infierno, y en mi opinión, Stalin ha redimido sus pecados al obtener la victoria”. Sobre este particular, Adriano dell’Asta cuenta que Stalin ha llegado a ser incluido entre los iconos de la iglesia de las Fuerzas Armadas rusas. Esta exaltación nacionalista no deja de ser un retorno, según el autor del citado libro, al antiguo paganismo ruso, que está a la vez relacionado con el eurasianismo preconizado por Aleksandr Duguin, un conocido teórico nacionalista y partidario de Putin, aunque en ocasiones el presidente se ha distanciado de él, sobre todo por su deriva esotérica.

En la citada entrevista de Tucker Carlson con Putin salió a relucir la condición cristiana de Putin, pero en esta ocasión el líder ruso no hizo hincapié en este aspecto y recordó que la Madre Rusia abarca distintas religiones. Preguntado sobre el carácter pacífico del cristianismo opuesto a las guerras, el presidente subrayó que el conflicto de Ucrania debe ser entendido como un ejercicio de legítima defensa y de protección de los rusos de Crimea y del Donbás, que no empezaron la guerra, sino que fueron atacados por Kiev.

La insistencia de Carlson sobre el tema religioso llevó a Putin a divagar brevemente sobre el alma rusa, incluso con referencias a Dostoievski, y su carácter místico, contrapuesta al alma occidental mucho más pragmática. Eludió cualquier afirmación que pudiera identificar la guerra como una especie de cruzada nacida de la voluntad de Dios, algo innecesario porque el nacionalismo ruso es de por sí una “religión”. Antes bien, Putin reconoció que no cree que exista un designio sobrenatural en la marcha del mundo, que se desarrolla por una serie de leyes inherentes, las mismas que hacen aparecer y desaparecer los imperios a lo largo de la historia. Como puede apreciarse, el determinismo y el nacionalismo suelen estar muy unidos.

Sin embargo, la simbiosis del nacionalismo ruso y la religión cristiana viene de atrás. Fue un hecho evidente en la época de los zares, tal y como destaca Adriano dell’Asta, que cita un poema, Ex Oriente lux, escrito por el filósofo Vladímir Soloviev en 1890, y en el que hace a Rusia esta pregunta: “¿Qué quieres ser? ¿El Oriente de Jerjes o el Oriente de Cristo?”. La referencia de Soloviev al Imperio persa, que pretendió subyugar a los griegos en el siglo V a.C., es un reproche a una política nacionalista amparada en la religión. Este tipo de política sigue estando vigente en la guerra de Ucrania, en la que la Gran Rusia se ha impuesto rotundamente sobre la Santa Rusia.

AcaPrensa / Antonio R. Rubio / Aceprensa

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