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LAS CRÍTICAS AL PAPA, CÓMO Y CUÁNDO SON LÍCITAS

Nadie puede juzgarlo, es algo que no puede decirse ni siquiera del Papa. Está claro que lo que enfrenta hoy a la Iglesia no es tanto el error doctrinal como las críticas al Papa.

Por un lado, están los que consideran impensable, inaceptable criticar al Papa, y por otro los que opinan todo lo contrario. La cuestión de si es lícito o no criticar al Papa es causa de división dentro de la Iglesia, es una verdadera espina clavada en el costado de la unidad eclesial.

Por este motivo se abandonan parroquias y asociaciones, se elige asistir a la misa dominical en otra iglesia, se dejan de leer ciertos periódicos, se crean desavenencias en el seno de las familias, se lanzan mensajes al rojo vivo en las redes sociales. Esto conduce a un enfoque dicotómico del problema: a favor o en contra del Papa. Pero este criterio es erróneo, porque la cuestión es otra y parte de dos preguntas: ¿es lícito criticar al Papa? Y, en caso afirmativo, ¿cuándo criticarle?

En cuanto a la primera cuestión, la crítica al Papa es lícita desde un punto de vista moral por una razón simple, muy simple: también él puede equivocarse. Si queremos respetar el principio de no contradicción, debemos concluir necesariamente que fuera de la infalibilidad petrina existe la falibilidad petrina. Es la propia constitución dogmática Pastor aeternus la que lo confirma, aunque indirectamente: “Nosotros […] proclamamos y definimos como dogma revelado por Dios que el Romano Pontífice, cuando habla ex cathedra, es decir, cuando ejerce su supremo oficio de Pastor y Doctor de todos los cristianos, y en virtud de su suprema potestad apostólica define una doctrina sobre la fe y las costumbres […] goza de aquella infalibilidad con la que el divino Redentor quiso que su Iglesia estuviera dotada para definir la doctrina sobre la fe y las costumbres”.

Por tanto, cuando no habla ex cathedra, el Papa es falible. Por supuesto, esto no significa que todo lo que cae bajo este paraguas sea igualmente falible, es decir, que todo pueda ser criticable. Si un Papa, sin comprometer su propia infalibilidad, afirma que Jesucristo es Dios, se limita a reafirmar, sin el ropaje formal de la infalibilidad, un dogma católico. Si, por el contrario, afirma que hay que acoger indiscriminadamente a todos los emigrantes, esta afirmación, relativa a una forma de hacer el bien, es por su propia naturaleza opinable.

También la Congregación para la Doctrina de la Fe en la Nota Doctrinal Ilustrativa de la fórmula conclusiva de la Professio fidei, dejó claro que no todos los pronunciamientos del Papa son infalibles. Y el Papa Francisco nunca ha comprometido su propia infalibilidad en sus pronunciamientos. De ello se deduce que el Papa puede ser criticado. El propio Magisterio lo permite. Lumen Gentium:

“Conforme a la ciencia, la competencia y el prestigio que poseen, [los laicos] tienen la facultad, más aún, a veces el deber, de exponer su parecer acerca de los asuntos concernientes al bien de la Iglesia. Esto hágase, si las circunstancias lo requieren, a través de instituciones establecidas para ello por la Iglesia, y siempre en veracidad, fortaleza y prudencia, con reverencia y caridad hacia aquellos que, por razón de su sagrado ministerio, personifican a Cristo” (37).

Del mismo modo, el Código de Derecho Canónico dice así: “De manera proporcionada a la ciencia, competencia y prestigio de que gozan, tienen [los fieles] el derecho, e incluso a veces el deber, de manifestar a los sagrados Pastores su pensamiento sobre lo que concierne al bien de la Iglesia; y de darlo a conocer a los demás fieles, sin perjuicio de la integridad de la fe y de las costumbres y del respeto a los Pastores, teniendo en cuenta el bien común y la dignidad de las personas” (canon 212, § 3). El propio Francisco está en la misma línea cuando indica la parresía como método de crítica.

Sin embargo, como toda acción buena en sí misma, la opción de criticar debe respetar también el principio de proporción o de eficacia. Ahí están las referencias a la prudencia, el respeto, la caridad, la integridad de la fe y de las costumbres, la utilidad común y la dignidad de las personas. En resumen, si la crítica causa más daño que bien, es mejor el silencio.

Ejemplifiquemos. Estamos cenando con unos amigos que son casi ateos de facto. La conversación recae sobre el Papa actual. Evitaré criticarle para no escandalizar a estos pequeños en la fe. Segundo escenario: estoy cenando con un párroco y éste pretende bendecir a parejas homosexuales “porque el Papa lo pide”. Es lícito y correcto criticar esa opción del Papa. Incluso en el primer ejemplo, si me pidieran una opinión sobre las bendiciones, no podría evitar un claro juicio de censura. Precisamente porque de ello depende la fe de mis interlocutores, que ya se tambalean en cuestiones morales.

Más en general, hay que observar que la cantidad y calidad de las declaraciones heterodoxas de Francisco ha obligado a no pocos a recordar públicamente la sana doctrina precisamente para evitar el engaño de muchos. En definitiva, un estado de necesidad ha empujado a muchos a la crítica, porque cuanto más grave es el ataque a la fe, mayor debe ser la respuesta en defensa de la misma.

La licitud de criticar al Papa está atestiguada por la Revelación y por la historia: Pablo con Pedro, “cuando vino Cefas a Antioquía, cara a cara le opuse resistencia, porque merecía reprensión” (Gal 2,11). El Papa Honorio fue excomulgado, aunque póstumamente. Esto ocurrió y puede seguir ocurriendo porque el Papa es el guardián de la verdad, no la verdad. Sólo Cristo es la verdad, no su vicario en la tierra. Así que el Papa está, como todos nosotros, sujeto a la lex aeterna en sus dos declinaciones de lex divina positiva y lex naturalis. Y también él es jerárquicamente inferior a la ley suprema de la Iglesia: salus animarum.

Una vez comprobado que el Papa también es falible y, por tanto, criticable, pasemos a la segunda cuestión antes mencionada: ¿cuándo criticarlo? Cuando, de acuerdo con el principio de eficacia antes mencionado, sus palabras o sus actos son manifiestamente contrarios a la doctrina inveterada de la Iglesia. Por ejemplo: ¿la homosexualidad está condenada por la Iglesia? Sí. ¿Están permitidas las bendiciones a parejas homosexuales? No. Por lo tanto, el Papa no debería haber aprobado las bendiciones a parejas homosexuales. No hay nada más que añadir.

Dicho todo esto, aquí vienen las objeciones. La primera: esto atenta contra la unidad de la Iglesia. Respuesta: la unidad de la Iglesia es un bien, pero no es el bien supremo y hay otros bienes más importantes, por ejemplo, la verdad. ¿O es que todos preferimos callar y avalar así el error para no dividirnos? Jesús también habló claro y, como atestigua el Evangelio de Juan en el capítulo 6, el resultado fue que, en una ocasión, buena parte de sus seguidores se marcharon. ¿Debería haberse callado? Si uno de tus familiares obligara a tu hija a prostituirse, ¿al menos no irías a decirle unas cuantas palabras? Sólo un necio argumentaría que eso divide a la familia en dos y que, por tanto, sería preferible el silencio. Hoy en día, hay quienes prostituyen a la Iglesia y su doctrina: si su defensa provoca divisiones, es un precio que es lícito e incluso adecuado pagar en el estado actual.

Segunda objeción: en realidad, el Papa Francisco nunca ha emitido juicios contrarios a la sana doctrina. Por ejemplo, en el caso de las bendiciones a parejas homosexuales, el Papa dijo que “el Señor bendice a todos”, no dijo que las parejas homosexuales puedan ser bendecidas. Sobre el acceso a la comunión de los divorciados vueltos a casar, dijo que la doctrina sobre el matrimonio permanece inalterada. Sobre el hecho de que algunas conductas buenas sean imposibles para algunos, Francisco dijo una vez que “todo es posible para la fe”. Sobre la prohibición del proselitismo, el Papa nos entretuvo largo rato con una de sus catequesis cuyo título ya lo explica todo: La pasión por la evangelización: el celo apostólico del creyente.

En realidad, respondemos nosotros, se trata de una táctica “jesuítica”. Decir todo y lo contrario de todo. Promover la herejía y luego recusarla inmediatamente. De este modo, como el Papa ha admitido repetidamente, se desencadenan procesos: en la confusión, el mal avanza. Y, además, siempre se puede apelar a declaraciones ortodoxas para salir airoso, pescando entre el batiburrillo de declaraciones contradictorias hasta encontrar una que se ajuste al caso. No es más que astucia. Pero a Dios no se le puede engañar.

AcaPrensa / InfoVaticana / Tommaso Scandroglio / La nuova bussola quotidiana

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