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LA FE DEL ROMANO

Hace un tiempo le pregunté a mi nieto, entonces con siete u ocho años, ¿rezas alguna vez? Me respondió ¿qué es rezar? Le llevé a una iglesia y le dije: ‘ese es el sacerdote’. Me respondió: ‘¡es una persona! Le pregunté ¿por qué dices eso? Su respuesta: ‘pensé que un sacerdote era un robot’.

Le hablé sobre Dios, la Creación, Adán y Eva, la Caída, la Promesa de un Redentor… Sus ojos se iluminaron, había descubierto lo único importante, y aunque él no lo sabía, su corazón lo intuía, porque me pedía más y más…

Tengo pocas ocasiones de estar con mi nieto, pero, desde entonces, cada vez que estoy con él hablamos de Jesús. Entiende muy bien el sacrificio de Isaac como prefiguración del Sacrificio Único, entiende muy bien por qué Jesús es el Cordero… Tiene 9 años y entiende tantas cosas… Y siempre me pide más. Me duele en el alma tenerlo conmigo tan poco tiempo, y me duele terriblemente pensar en las aberraciones con las que el mundo va a intentar envenenar y corromper su alma, por eso no dejo de pedir por él y por mis demás nietos, todavía demasiado pequeños.

Pensando en mi nieto me pregunto: cuántos de nuestros jóvenes han oído hablar siquiera de la curación del criado del centurión, de la curación de la hemorroísa, del ciego de Jericó, del leproso, de la hija de Jairo… Quiero pensar que, al menos algunos de ellos, si escuchasen esas historias, podrían reaccionar como mi nieto, aunque me temo que muchos otros harían una mueca de desprecio ante esas ‘supersticiones de los viejos’.

Y, sin embargo, sólo la fe de ese centurión, de esa hemorroísa, de ese ciego, de ese leproso, de ese Jairo… sólo esa fe puede salvarlos de esta ruta de colisión fatal que ha tomado el mundo. Sólo la fe de ese oficial romano y la de los demás puede salvarnos.

¡Un oficial romano! No sólo un extraño, un gentil, sino un ocupante extranjero, un enemigo, alguien odiado y despreciado por los judíos, que se dirige al Mesías judío y le dice: ‘Rabí, mi criado se muere’. No necesita decir más, no necesita gemir, echarse al suelo, montar una escena… Sólo eso: ‘Rabí, mi criado se muere’. Él sabe que está frente a la Vida, y que la Vida puede dar Vida. ¡Un oficial romano, un extraño! ¡Vergüenza para los hijos!

Y Jesús responde: ‘Voy contigo’. El romano replica: ‘No, Rabí, no soy digno de que entres en mi casa. Basta una palabra tuya’. Sabe que está ante la Palabra que crea el mundo, ante Quien dice ‘sé’ y es. Y Jesús le dice: ‘Nunca en Israel he visto una fe como la tuya’. ¡Vergüenza para los hijos! ¡Vergüenza para nosotros!

Por supuesto, el criado se curó en el mismo instante en que la Palabra dijo ‘sea’, y el romano lo encontró sano al regresar a casa, totalmente confiado en su curación a pesar del resto de criados que le decían: ‘Señor, no molestes más al Rabí, tu criado ya murió’

¿Y ese ciego de Jericó? Apartado bruscamente del camino por la multitud que seguía a Jesús, no paraba de gritar a pleno pulmón: ‘¡Hijo de David, ten piedad de mí!’, y cuanto más la gente le ordenaba que se callase, más fuerte gritaba: ‘¡Hijo de David, ten piedad de mí!’. No le importaban los empujones, las amenazas, sólo le importaba saber que Quien podía curarle con una Palabra estaba pasando por allí. Y le llamaba ‘Hijo de David’, es decir, le reconocía inequívocamente como Mesías, como sólo le reconocían los humildes, los pecadores, los necesitados de curación. Y seguía gritando, insistía, como hemos de insistir todos los que necesitamos de Su curación. No podemos cansarnos de insistir. No podemos dejarnos dominar por la ‘opinión pública’, por el qué dirán, por los gritos e improperios de los demás, por las amenazas… No podemos nunca dejar de insistir, como él, a voz en grito: ‘¡Hijo de David, ten piedad de mí!’, porque Jesús se deja vencer por la insistencia si tal insistencia es prueba de nuestra fe.

Muchas veces me he preguntado cuándo seré capaz de tener la fe del centurión, y qué puedo hacer para que estos niños y jóvenes de hoy, mantenidos en la ignorancia y adormecidos con juegos y sandeces por quienes los desean estúpidos y manipulables, lleguen a reaccionar. Nunca ha habido una generación como esta, drogada con pantallas, juegos, consolas, smartphones, ‘tablets’ y todo lo que les echamos encima para que no piensen, no pregunten, no hablen, no lean, y, simplemente, ‘se dejen llevar’.

¡Cómo cambiaría la vida de muchos de esos jóvenes si alguien les enseñase a leer la Biblia cuando aún pueden ser receptivos, cuando aún pueden defenderse de las burlas, del qué dirán! Cómo cambiarían si pudieran entender que todo tiene un sentido y que deben descubrirlo, que necesitan fe para poder sobrevivir interiormente en este mundo inhumano, deshumanizado.

Si esos jóvenes fuesen capaces de gritar a todo pulmón, sin vergüenza, insistentemente, ‘¡Hijo de David, ten piedad de mí, enséñame el sentido de todo esto, dame esperanza!’, ajenos a las burlas, a los desprecios, a las amenazas, una vez y otra, sin cansarse nunca de gritar… ¡Cómo cambiaría su vida!

Si esos jóvenes fuesen capaces de plantarse ante la Palabra y decirle: ‘Rabí, mi alma está enferma; sólo dilo y se curará’, la Palabra les diría: ‘En todo el mundo no he encontrado una fe como la vuestra’. Y los curaría.

¿Y los mayores? ¿Es que acaso seríamos capaces nosotros de hacer algo así? Si lo fuésemos, probablemente esos jóvenes no estarían ahora tan necesitados de curación, porque era nuestra responsabilidad darles conocimiento y no se lo dimos, les dejamos hundirse en las comodidades del mundo, donde nosotros ya nos habíamos instalado. Por tanto, más vale que empecemos nosotros a gritar como posesos: ‘¡Hijo de David, ten piedad de nosotros, los que no dimos a esta generación lo que necesitaba; perdónanos y apiádate! ¡Tal vez seremos capaces de ayudar en algo a los que nos llamaban cuando no estábamos!’

AcaPrensa / InfoVaticana / Pedro Abelló

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