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GENOCIDIO EN RUANDA: «RODEADA DE CADÁVERES, ME DIERON POR MUERTA Y RECÉ EL ROSARIO»

Desde este 7 de abril y hasta el próximo 15 de julio, Ruanda recuerda los 30 años de uno de los mayores genocidios contemporáneos en el que 800.000 tutsis -la etnia minoritaria en el país- fueron masacrados hace 30 años en el genocidio de 1994. Los 100.000 hutus moderados elevaron a 900.000 los asesinados en intento del gobierno de exterminar a la etnia acusada de atentar el 7 de abril contra el presidente hutu, Juvenal Habyarimana. Se calcula que durante los tres meses que siguieron a la muerte de Habyarimana, cerca del 70% de la población tutsi fue eliminada.

Pasadas tres décadas, aún hay supervivientes que recuerdan a sus caídos desde instituciones como el Memorial del Genocidio de Kigali (https://kgm.rw). Allí descansan los restos de más de 250.000 personas y se coordinan las labores de atención a los supervivientes. Entrevistada por La Croix, la superviviente y colaboradora del Memorial, Delphine Umwigeme, ofrece un relato desde el perdón, marcado por una profunda fe católica recibida de sus padres que le hizo sobrevivir.

Haciéndose pasar por muerta rodeada de cuerpos

Recuerda que, pasados unos días del fatídico 7 de abril, era una más de las 5.000 personas que se habían refugiado en la parroquia tras ver las primeras imágenes de masacres y la declaración del toque de queda.

El 17 de abril llegaron las milicias a la parroquia. Para entonces la joven Umwigeme y su familia habían visto su casa arrasada hasta en tres ocasiones. Pero ese día masacraron a su padre, su madrastra, sus seis hermanos y dos primos y Umwigeme perdió todo lo que le quedaba.

Estaba en medio del caos y gravemente herida cuando, dándola por muerta, permaneció los inmóvil dos o tres días siguientes.

«La milicia volvió. Dijeron que iban a rociar los cuerpos con gasolina y a quemarlos. Entonces, cuando sentí que no había nadie alrededor, traté de levantarme muy débil y me escondí», cuenta ella.

Salvada de milagro con el rosario en mano

Umwigeme tardó 24 horas en alcanzar una comunidad de hermanas que la alimentó y trató de curar los cinco machetazos recibidos en la cabeza. Sin apenas tiempo para descansar, las autoridades accedieron al convento, sacando a sus objetivos -entre los que estaba Umwigeme- y disponiéndose a segar sus vidas junto al lago.

«Como estaba débil, tardé más que los demás en levantarme y ellos se alejaron sin notar mi ausencia. Regresé con las hermanas, pero después de 15 días tuve que irme nuevamente. Esperaba encontrar refugio en el hospital. Durante todo este tiempo recé mucho el rosario», confiesa.

Una vez en el hospital conoció a un seminarista hutu que le ayudaría a escapar. «Me sorprendió mucho que se comprometió conmigo cuando él mismo no tenía alojamiento. Todo el dinero que tenía lo utilizó para organizar mi fuga al Congo», relata. Delphine solo tenía que cruzar el lago Kivu para salvarse, pero cuando llegó a la dirección indicada, el barco había partido.

«Tuve que esperar una semana más escondida junto al lago. Los religiosos hutus aceptaron esconderme. Un seminarista vino a visitarme. En el camino me dijo que había hecho casi un pacto con Dios: ‘Estoy en el seminario para ser sacerdote, para anunciar que estás vivo. Si matan a esta mujer, pondré todas mis fuerzas en negar tu existencia´», retó a Dios. Ese seminarista hoy es sacerdote en Francia.

Una fe firme fortalecida ante la adversidad

Tres décadas después, admite que los fantasmas del genocidio todavía le persiguen, pero su confianza en la fe es mayor.

«Es lo que me mantiene, más que mis fuerzas. Recibí esta fe de mis padres, bautizados cuando eran adultos, y recibí mi educación en escuelas de la diócesis. Cuando era joven rezaba mucho, participaba en un movimiento de jóvenes cristianos y creer era obvio: no me hacía muchas preguntas», comenta.

Aquella fe fue como una roca firme a la que se agarró no solo en los peores momentos del genocidio, sino desde años antes, cuando a partir de 1990 comenzaron los primeros signos del conflicto que se plasmaron en la destrucción de su casa en tres ocasiones.

«Todo eso fortaleció mi fe, porque vi que no había otro recurso que creer en Dios», cuenta.

Aunque firme, la fe de Delphine no estuvo exenta de dudas. Especialmente al volver a Ruanda, cuando descubrió que, entre la magnitud de las masacres, sus abuelos, tíos y primos habían desaparecido.

«No es posible. Este no es el Buen Dios al que rezaba día y noche. Si Él no pudo proteger a los inocentes, ¡no veo de qué sirve!», pensó durante un instante.

«Si no existe Dios, ¿cómo te has salvado?»

Sin embargo, recuerda que, aunque aquellas preguntas la atormentaban, siguió yendo a misa siempre que podía hasta que llegó «la respuesta» a sus preguntas.

«`Mira el camino que has recorrido. Si no hubiera existido la mano de Dios y su protección… ¿cómo explicas que te hayas salvado? Y es verdad, podrían haberme matado en cualquier momento, las personas que arriesgaron su vida por mí… Vi en ellos la mano de Dios», confiesa.

Tras agradecer nuevamente a Dios por haber podido escapar del genocidio, la superviviente recuerda «pedir perdón y volver a la fe».

«Hoy sé que cada día es un regalo de Dios», agrega. También que «incluso cuando pensamos que está ausente, está ahí. Siempre está».

Delphine admite poder haberse «levantado y empezado a caminar gracias a la fe, la oración y la práctica religiosa». Y no solo ella, pues «es lo que se observa entre los supervivientes de Francia». Cuenta el caso de una mujer que perdió a su marido, su madre y sus hermanos en el genocidio y que solo «gracias a la práctica religiosa se mantuvo íntegra y firme en sus deberes, inquebrantable».

«La práctica religiosa activa fue un poderoso motor de resiliencia para ella y para muchos otros en Ruanda», explica. A grandes rasgos, observa que el miedo a la muerte durante aquellos meses era «tan generalizado» que lo normal habría sido caer víctimas de trastornos mentales. Y sin embargo, agrega, «cuando lo miramos de cerca, la gran mayoría encontró recursos internos de supervivencia. No cada uno en sus rincones, sino acudiendo a la iglesia, permaneciendo fieles a ella y, a veces, agarrándose a ella como a un salvavidas».

AcaPrensa / J.M.C. / Religión en Libertad

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