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Meditaciones diarias

En el camino del cristiano «no hay lugar para el odio»: si como «hijos», los creyentes quieren «parecerse al Padre», no deben limitarse a la simple «letra de la ley», sino vivir cada día el «mandamiento del amor». Hasta llegar «a rezar por los enemigos»: es decir, hasta «el último peldaño» que es necesario subir para sanar el «corazón herido por el pecado». Así, Papa Francisco, en la misa celebrada en Santa Marta el martes 14 de junio, subrayó cómo Jesús, cambiando la idea de «prójimo», haya venido para llevar la ley a la «plenitud». Jesús, efectivamente —dijo— «vino, no para abolir la ley», por culpa de la cual le habían acusado sus enemigos, sino para llevarla a la «plenitud». Toda, «hasta la última iota».

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El cristiano está «de pie» para acoger a Dios, en paciente «silencio» para escuchar la voz y «en salida» para anunciarlo a los demás, con la conciencia de que la fe es siempre «un encuentro». Lo afirmó Papa Francisco en la misa celebrada por la mañana el viernes 10 junio en la capilla de la Casa Santa Marta. Estas tres actitudes, explicó, animan e impulsan la vida de todos aquellos que se sienten vencidos por el miedo en los momentos más difíciles.

«Sabemos que la fe no es una teoría, ni siquiera una ciencia: es un encuentro» dijo Francisco al comienzo de la homilía. La fe «es un encuentro con Dios viviente, con Dios verdadero, con el Creador, con el Señor Jesús, con el Espíritu Santo, es un encuentro». Así, explicó, en la primera lectura tomada del primer libro de Reyes (19, 9.11-16) «habíamos escuchado el encuentro del profeta Elías con Dios». Y «el profeta Elías viene de una larga historia, es un triunfador: ha luchado mucho, mucho por la fe, porque el pueblo de Israel se había alejado de la alianza».

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Hay que vivir «la pequeña santidad de la negociación», o sea ese «sano realismo» que «la Iglesia nos enseña»: se trata de rechazar la lógica del «o esto o nada» y de emprender el camino de lo «posible» para reconciliarse con los demás. He aquí la propuesta lanzada por Francisco en la misa celebrada el jueves 9 de junio, por la mañana, en la capilla de la Casa Santa Marta. Con una pequeña nota de ternura: durante la homilía un niño empezó a llorar, pero Francisco tranquilizó inmediatamente a los padres: «No, permanezcamos tranquilos, porque la predicación de un niño en una iglesia es más bonita que la del sacerdote, que la del obispo y que la del Papa. Dejadlo, que es la voz de la inocencia que nos hace bien a todos».

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Si el cristiano cede a la tentación de la «espiritualidad del espejo», no alimenta su luz con la «batería de la oración» y se mira «sólo a sí mismo» sin entregarse a los demás, se debilita su vocación y se convierte en una lámpara que no ilumina y en sal que no da sabor. Lo recordó el Papa Francisco que, en la misa celebrada el martes 7 de junio en Santa Marta, tomó de la liturgia la célebre comparación evangélica destacando la eficacia del lenguaje de Jesús que «siempre habla a los suyos con palabras fáciles» a fin de que «todos puedan comprender el mensaje». En el pasaje de Mateo (5, 13-16), puso de relieve el Pontífice, se encuentra, en efecto, «una definición de los cristianos: el cristiano debe ser sal y luz. La sal da sabor, conserva, y la luz ilumina». Un ejemplo que invita a la acción, ya que «la luz no fue hecha para estar oculta, porque escondida ni siquiera se conserva: se apaga» y «tampoco la sal es un objeto de museo o de armario, de cocina, porque al final se arruina con la humedad y pierde su fuerza, su sabor».

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Si las bienaventuranzas son «el navegador para nuestra vida cristiana», están también las «anti-bienaventuranzas» que seguramente nos harán «errar el camino»: se trata del apego a las riquezas, la vanidad y el orgullo. Sobre ello puso en guardia Francisco indicando en la mansedumbre, que no se debe confundir con «tontería», la bienaventuranza sobre la cual se debe reflexionar un poco más. Así, en la misa celebrada el lunes 6 de junio, por la mañana, en la capilla de la Casa Santa Marta, el Pontífice sugirió releer las páginas evangélicas sobre las bienaventuranzas escritas por Mateo y Lucas.

«Podemos imaginar» afirmó Francisco, en qué contexto Jesús pronunció el discurso de las bienaventuranzas, tal como lo presenta Mateo en su Evangelio (5, 1-12). He aquí entonces a «Jesús, la multitud, el monte, los discípulos». Y «Jesús empezó a hablar y enseñaba la nueva ley, que no cancela a la antigua, porque Él mismo dijo que hasta la última jota de la antigua ley debe ser observada». En realidad Jesús «perfecciona la antigua ley, la lleva a cumplimiento». Y «esta es la ley nueva, esta que nosotros llamamos las bienaventuranzas». Sí, explicó el Papa, «es la nueva ley del Señor para nosotros». En efecto, las bienaventuranzas «son la guía de ruta, de itinerario, son los navegadores de la vida cristiana: precisamente aquí vemos, por este camino, según las indicaciones de este navegador, cómo podemos avanzar en nuestra vida cristiana».

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Dos «actitudes» se reconocen como «signos» inequívocos del ser cristianos: el «servicio en la alegría» e «ir al encuentro de los demás». En la misa celebrada el 31 de mayo en Santa Marta, el Papa Francisco dio consejos para los cristianos que «creen ser tales» pero en realidad «no lo son plenamente». E invitó a seguir el ejemplo de «mujeres valientes» como María, capaces de afrontar dificultades y obstáculos por servir a los demás.

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«Profecía, memoria y esperanza»: son las características que hacen libre a una persona, al pueblo, a la Iglesia, impidiendo de acabar en un «sistema cerrado» de normas que enjaulan al Espíritu Santo. Lo ha recordado el Papa Francisco en la misa celebrada el lunes 30 de mayo, por la mañana, en la capilla de la Casa Santa Marta.

«Está claro a quién se dirige Jesús con esta parábola: a los jefes de los sacerdote, a los escribas y a los ancianos del pueblo», ha hecho notar inmediatamente el Papa refiriéndose al pasaje evangélico de Marcos (12, 1-12) propuesto por la liturgia. Por lo tanto «para ellos» el Señor usa «la imagen de la vid», que «en la Biblia es la imagen del pueblo de Dios, la imagen de la Iglesia y también la imagen de nuestra alma». Así, ha explicado Francisco, «el Señor planta una viña, la rodea de una cerca, cava un lagar y edifica una torre».

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«Hoy, 24 de mayo, es la fiesta de María Auxiliadora, que en China se celebra con particular devoción. Ofrezco esta misa por todos los chinos, por este gran país, para que el Señor bendiga a China»: con estas palabras el Papa Francisco inició la celebración eucarística en la capilla de la Casa Santa Marta durante la cual, en la homilía, profundizó el tema de la «santidad sencilla», aquella a la cual todos los cristianos están llamados: un «camino» —dijo— que se debe hacer «todos los días» con «valentía, esperanza, gracia y conversión».

La meditación de Francisco se inspiró en el pasaje de la carta de san Pedro (1, 10-16) propuesto dalla liturgia del día: «un pequeño tratado sobre la santidad, una exhortación, pero también una indicación del camino hacia la santidad». Se trata, explicó el Papa, de la «santidad sencilla de todos los cristianos, la santidad de cada día, la nuestra, la que debemos construir todos los días». La referencia última es clara: san Pedro lo indica diciendo: «está escrito: “Seréis santos porque yo soy santo”», y Dios mismo dice a Abrahán: «Camina en mi presencia y sé irreprensible». Es decir, explicó Francisco: «la santidad es caminar en presencia de Dios y de modo irreprensible». Y añadió: «la santidad no se puede comprar, no se vende. Ni tampoco se regala». En efecto, la misma «es un camino en la presencia de Dios, que lo debo hacer yo: no puede hacerlo otro en mi nombre». Cierto, «yo puedo rezar para que el otro sea santo, pero el camino debe hacerlo él, no yo».

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«El carné de identidad del cristiano es la alegría»: el «asombro» ante la «grandeza de Dios», su «amor», la «salvación» que donó a la humanidad sólo pueden conducir al creyente a una alegría que ni siquiera las cruces de la vida pueden dañar, porque también en la prueba está «la seguridad de que Jesús está con nosotros».

Un auténtico himno a la alegría fue la meditación del Papa Francisco durante la misa celebrada en Santa Marta el lunes 23 de mayo. El punto de partida surgió de la liturgia del día. En particular, el Pontífice quiso releer el íncipit del pasaje tomado de la primera Carta de Pedro (1, 3-9) que por el «tono exultante» —dijo—, la «alegría», el modo del apóstol de intervenir «con toda la fuerza» recuerda el inicio «del Oratorio de Navidad de Bach». Escribe, en efecto, Pedro: «Bendito sea el Dios y Padre de Nuestro Señor Jesucristo, quien, por su gran misericordia, mediante la Resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha reengendrado a una esperanza viva, a una herencia incorruptible, inmaculada e inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros, a quienes el poder de Dios, por medio de la fe, protege para la salvación, dispuesta ya a ser revelada en el último momento».

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«Hoy en esta misa hay ocho parejas que celebran cincuenta años de matrimonio —es un auténtico testimonio en este tiempo de la cultura de lo provisional— y una pareja que celebra sus veinticinco años». Precisamente por ellos el Papa ofreció la misa del viernes 20 de mayo, por la mañana, en la capilla de la Casa Santa Marta, proponiendo en la homilía una reflexión sobre el matrimonio para recordar que testimoniar la verdad significa también comprender a las personas.

Lo que atrajo inmediatamente la atención, afirmó Francisco refiriéndose a las lecturas de la liturgia del día, es la escena relatada en el Evangelio de san Marcos (10, 1-12): «Jesús, marchándose de Cafarnaúm, fue a la región de Judea, al otro lado del Jordán», y «de nuevo vino la gente donde él y, como acostumbraba, les enseñaba».

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La meditación sobre la justa relación que el cristiano debe tener con el dinero, con la riqueza, llevó al Papa Francisco, durante la misa celebrada en Santa Marta el jueves 19 de mayo, a denunciar las «esclavitudes de hoy» y a quien, aprovechando la difundida falta de trabajo, «explota a la gente» y la obliga a aceptar contratos injustos, en negro. Traficantes que «aumentan las riquezas» y viven como «auténticas sanguijuelas», viven «de la sangre de la gente. Y esto es pecado mortal», comentó con palabras duras.

Por lo demás, inspiradas en la lectura tomada de la carta del apóstol Santiago (5, 1-6) el Papa mismo las definió «un poquito fuertes». Evidentemente, destacó Francisco, «el apóstol había entendido el peligro que existe cuando un cristiano se deja dominar por las riquezas» y por esto en su texto «no ahorra palabras: es directo y claro», y escribe: «Ahora bien, vosotros, ricos, llorad y dad alaridos por las desgracias que están para caer sobre vosotros. Vuestra riqueza está podrida y vuestros vestidos están apolillados». «¿Qué pensará un rico que escucha esto?». Si vamos a ver, explicó el Papa, lo que «nos enseña la Palabra de Dios sobre las riquezas», comprendemos que «las riquezas en sí mismas son buenas», tanto que Dios mismo da al hombre la tarea de prosperar («Sed fecundos y multiplicaos, y henchid la tierra y sometedla»). Y también en la Biblia «encontramos muchos hombres ricos que son justos». El Pontífice recordó algunos de ellos: de Job, por ejemplo, se encuentra la lista «de todas las riquezas que Dios le da»; pero podemos recordar también a Tobías, Joaquín, el marido de Susana. A muchos «el Señor da la riqueza como una bendición».

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