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Meditaciones diarias

«Profecía, memoria y esperanza»: son las características que hacen libre a una persona, al pueblo, a la Iglesia, impidiendo de acabar en un «sistema cerrado» de normas que enjaulan al Espíritu Santo. Lo ha recordado el Papa Francisco en la misa celebrada el lunes 30 de mayo, por la mañana, en la capilla de la Casa Santa Marta.

«Está claro a quién se dirige Jesús con esta parábola: a los jefes de los sacerdote, a los escribas y a los ancianos del pueblo», ha hecho notar inmediatamente el Papa refiriéndose al pasaje evangélico de Marcos (12, 1-12) propuesto por la liturgia. Por lo tanto «para ellos» el Señor usa «la imagen de la vid», que «en la Biblia es la imagen del pueblo de Dios, la imagen de la Iglesia y también la imagen de nuestra alma». Así, ha explicado Francisco, «el Señor planta una viña, la rodea de una cerca, cava un lagar y edifica una torre».

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«Hoy, 24 de mayo, es la fiesta de María Auxiliadora, que en China se celebra con particular devoción. Ofrezco esta misa por todos los chinos, por este gran país, para que el Señor bendiga a China»: con estas palabras el Papa Francisco inició la celebración eucarística en la capilla de la Casa Santa Marta durante la cual, en la homilía, profundizó el tema de la «santidad sencilla», aquella a la cual todos los cristianos están llamados: un «camino» —dijo— que se debe hacer «todos los días» con «valentía, esperanza, gracia y conversión».

La meditación de Francisco se inspiró en el pasaje de la carta de san Pedro (1, 10-16) propuesto dalla liturgia del día: «un pequeño tratado sobre la santidad, una exhortación, pero también una indicación del camino hacia la santidad». Se trata, explicó el Papa, de la «santidad sencilla de todos los cristianos, la santidad de cada día, la nuestra, la que debemos construir todos los días». La referencia última es clara: san Pedro lo indica diciendo: «está escrito: “Seréis santos porque yo soy santo”», y Dios mismo dice a Abrahán: «Camina en mi presencia y sé irreprensible». Es decir, explicó Francisco: «la santidad es caminar en presencia de Dios y de modo irreprensible». Y añadió: «la santidad no se puede comprar, no se vende. Ni tampoco se regala». En efecto, la misma «es un camino en la presencia de Dios, que lo debo hacer yo: no puede hacerlo otro en mi nombre». Cierto, «yo puedo rezar para que el otro sea santo, pero el camino debe hacerlo él, no yo».

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«El carné de identidad del cristiano es la alegría»: el «asombro» ante la «grandeza de Dios», su «amor», la «salvación» que donó a la humanidad sólo pueden conducir al creyente a una alegría que ni siquiera las cruces de la vida pueden dañar, porque también en la prueba está «la seguridad de que Jesús está con nosotros».

Un auténtico himno a la alegría fue la meditación del Papa Francisco durante la misa celebrada en Santa Marta el lunes 23 de mayo. El punto de partida surgió de la liturgia del día. En particular, el Pontífice quiso releer el íncipit del pasaje tomado de la primera Carta de Pedro (1, 3-9) que por el «tono exultante» —dijo—, la «alegría», el modo del apóstol de intervenir «con toda la fuerza» recuerda el inicio «del Oratorio de Navidad de Bach». Escribe, en efecto, Pedro: «Bendito sea el Dios y Padre de Nuestro Señor Jesucristo, quien, por su gran misericordia, mediante la Resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha reengendrado a una esperanza viva, a una herencia incorruptible, inmaculada e inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros, a quienes el poder de Dios, por medio de la fe, protege para la salvación, dispuesta ya a ser revelada en el último momento».

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«Hoy en esta misa hay ocho parejas que celebran cincuenta años de matrimonio —es un auténtico testimonio en este tiempo de la cultura de lo provisional— y una pareja que celebra sus veinticinco años». Precisamente por ellos el Papa ofreció la misa del viernes 20 de mayo, por la mañana, en la capilla de la Casa Santa Marta, proponiendo en la homilía una reflexión sobre el matrimonio para recordar que testimoniar la verdad significa también comprender a las personas.

Lo que atrajo inmediatamente la atención, afirmó Francisco refiriéndose a las lecturas de la liturgia del día, es la escena relatada en el Evangelio de san Marcos (10, 1-12): «Jesús, marchándose de Cafarnaúm, fue a la región de Judea, al otro lado del Jordán», y «de nuevo vino la gente donde él y, como acostumbraba, les enseñaba».

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La meditación sobre la justa relación que el cristiano debe tener con el dinero, con la riqueza, llevó al Papa Francisco, durante la misa celebrada en Santa Marta el jueves 19 de mayo, a denunciar las «esclavitudes de hoy» y a quien, aprovechando la difundida falta de trabajo, «explota a la gente» y la obliga a aceptar contratos injustos, en negro. Traficantes que «aumentan las riquezas» y viven como «auténticas sanguijuelas», viven «de la sangre de la gente. Y esto es pecado mortal», comentó con palabras duras.

Por lo demás, inspiradas en la lectura tomada de la carta del apóstol Santiago (5, 1-6) el Papa mismo las definió «un poquito fuertes». Evidentemente, destacó Francisco, «el apóstol había entendido el peligro que existe cuando un cristiano se deja dominar por las riquezas» y por esto en su texto «no ahorra palabras: es directo y claro», y escribe: «Ahora bien, vosotros, ricos, llorad y dad alaridos por las desgracias que están para caer sobre vosotros. Vuestra riqueza está podrida y vuestros vestidos están apolillados». «¿Qué pensará un rico que escucha esto?». Si vamos a ver, explicó el Papa, lo que «nos enseña la Palabra de Dios sobre las riquezas», comprendemos que «las riquezas en sí mismas son buenas», tanto que Dios mismo da al hombre la tarea de prosperar («Sed fecundos y multiplicaos, y henchid la tierra y sometedla»). Y también en la Biblia «encontramos muchos hombres ricos que son justos». El Pontífice recordó algunos de ellos: de Job, por ejemplo, se encuentra la lista «de todas las riquezas que Dios le da»; pero podemos recordar también a Tobías, Joaquín, el marido de Susana. A muchos «el Señor da la riqueza como una bendición».

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Hay una tentación que divide y destruye a la Iglesia: es el deseo mundano de tener el poder, la envidia y el deseo de ir más arriba. Lo dijo el Papa Francisco durante la misa celebrada en Santa Marta el martes 17 de mayo, explicando que esta tentación responde al pensamiento del mundo, mientras que Jesús habla de servicio, de humillación.

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Un buen freno en la lengua cuando nos acomete la tentación de murmurar. Porque precisamente las cizañeras —como llaman en Argentina a las personas que hacen circular rumores— son un antitestimonio cristiano, causando también divisiones en la Iglesia. Contra este modo de comportarse, por desgracia muy difundido en el ámbito eclesial, puso en guardia Francisco en la misa celebrada el jueves 12 de mayo por la mañana en la capilla de la Casa Santa Marta. Jesús ora: “Alzando los ojos al cielo, dijo”, relata Juan en el pasaje evangélico (17, 20-26) propuesto por la liturgia del día. Y Francisco observó enseguida que Jesús pidió por todos, no pidió solo por los discípulos, que estaban en la mesa con él, sino por todos. En efecto, escribe Juan, citando sus palabras: No pido solo por estos, sino también por aquellos que creerán en mí por medio de su palabra. Esto quiere decir, afirmó el Pontífice, que Cristo pide por nosotros: pidió por mí, por ti, por ti, por ti, por cada uno de nosotros. Y no cesó: Jesús sigue haciéndolo en el cielo, como intercesor. Es importante comprender qué pide Jesús en este momento al Padre: “Para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí y yo en ti”, que ellos también sean uno en nosotros.

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Quemar la vida por causas nobles: he aquí una oportunidad ofrecida a los jóvenes de hoy, que inmersos en una cultura del consumismo y del narcisismo a menudo se ven insatisfechos y poco felices. En la misa celebrada el martes 10 de mayo en Santa Marta, el Papa Francisco puso en el centro de su reflexión el testimonio de los misioneros — la gloria de nuestra Iglesia — proponiéndolo como modelo para los jóvenes.

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Un perfecto desconocido o incluso un prisionero de lujo: esto es el Espíritu Santo para los muchos cristianos que desconocen que es él quien mueve a la Iglesia, llevándonos a Jesús, haciéndonos reales y no virtuales. El aliento a reflexionar sobre el papel central que tiene el Espíritu Santo en la vida de los creyentes, precisamente en la semana anterior a Pentecostés, fue el tema de la homilía del Papa Francisco en la misa del lunes 9 de mayo, por la mañana, en Santa Marta.

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El cristiano no anestesia el dolor, ni siquiera el dolor más grande que hace vacilar la fe, y no vive la alegría y la esperanza como si fuese siempre carnaval. Pero encuentra el sentido de su existencia en el perfil de una mujer que da a luz: cuando nace el niño está tan feliz que ya no recuerda su sufrimiento. Es esta la apremiante imagen propuesta por Jesús mismo que el Papa relanzó en la misa del viernes 6 de mayo, por la mañana, en la Casa Santa Marta.

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El «camino justo» se llama Jesús y para el cristiano el camino de la vida está hecho «un poco de cruz y un poco de resurrección». Pero por el camino está quien se detiene como «una momia espiritual», quien se equivoca de dirección y se obstina, quien se pasa la vida dando vueltas sin sentido y quien se deja seducir por las bellezas mundanas: sobre estas actitudes alertó el Papa, invitando expresamente a un examen de conciencia para verificar la propia experiencia de fe, en la misa celebrada el martes 3 de mayo en la capilla de la Casa Santa Marta.

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