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Meditaciones diarias

«Reconocer la desolación espiritual, rezar cuando hayamos sido sometidos a este estado de desolación espiritual y saber acompañar a las personas que sufren duros momentos de tristeza y de desolación espiritual». Son las tres gracias que hay que pedir al Señor y que el Papa Francisco señaló al comentar las lecturas del martes 27 de septiembre, durante la misa matinal en Santa Marta.

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La vanidad, junto con la codicia y la soberbia, es una de las «raíces de todos los males» en el corazón de cada persona. La carrera sin descanso, tan típica de nuestros tiempos, «para fingir, parecer ser, aparentar» no conduce a nada, «no nos da una auténtica ganancia» y deja la inquietud en el alma.

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«Todos hombres y mujeres de todas las religiones, iremos a Asís no para hacer un espectáculo: simplemente para orar y rezar por la paz». Antes de salir para la ciudad de san Francisco, el Papa quiso reafirmar el sentido de la peregrinación, celebrando la misa el martes 20 de septiembre, por la mañana, en la capilla de Santa Marta. «He escrito una carta a todos los obispos del mundo —afirmó— para que en sus diócesis se tengan hoy reuniones de oración, invitando a los católicos, a los cristianos, a los creyentes y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad, de cualquier religión, a rezar por la paz».

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Hay reglas claras sugeridas por Jesús para no caer en la hipocresía: no juzgar a los demás para no ser juzgados a su vez con la misma medida; y cuando tenemos la tentación de hacerlo, es mejor mirarse al espejo antes, no para esconderse bajo el maquillaje sino para ver bien cómo somos realmente. Recordando que el único juicio verdadero es el de Dios con su misericordia, Papa Francisco —en la misa celebrada el lunes 20 de junio por la mañana en la capilla de la Casa Santa Marta— recomendó no caer en la tentación de ponerse en el lugar del Señor, dudando de su palabra. «Jesús habla a la gente y enseña muchas cosas sobre la oración, las riquezas, las preocupaciones vanales, muchas, sobre cómo debe comportarse su discípulo» afirmó Francisco. Y así «llega a este pasaje del Evangelio sobre el juicio», propuesto por la liturgia (Mt 7, 1-15). Es un pasaje en el cual «el Señor es muy concreto». Efectivamente «algunas veces el Señor nos cuenta una parábola, para que entendamos quién es: “ta, ta, ta”: directo, porque el juicio es una cosa que puede hacer sólo Él».

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«Padre» es la palabra que no puede faltar en la oración nunca , porque es «piedra angular» que «nos da la identidad cristiana». Si se añade también la palabra «nuestro», todos nos podemos sentir parte de «una familia». Y así, además conseguimos «no derrochar palabras» o buscar «palabras mágicas», sino vivir hasta el fondo la oración que Jesús mismo nos enseñó —el Padre nuestro precisamente— sobre todo cuando nos invita a saber perdonar a los demás. Es una invitación a hacer «un examen de conciencia» sobre el Padre nuestro, la propuesta del Papa, sugerida en la misa celebrada el 16 de junio por la mañana en la capilla de la Casa Santa Marta.

Para su reflexión, Francisco partió del paso evangélico de Mateo (6. 7-15) propuesto por la liturgia. «algunas veces —recordó— los discípulos habían pedido a Jesús: “Maestro enséñanos a rezar”». Efectivamente, ellos «no sabían rezar o veían cómo rezaban los discípulos de Juan y han preguntado a Jesús». Por su parte, El Señor «es claro, simple, en su enseñanza: “Primero —dice— rezando, en la oración, no derrochéis palabras como los paganos: que se figuran que por su palabrería van a ser escuchados”».

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En el camino del cristiano «no hay lugar para el odio»: si como «hijos», los creyentes quieren «parecerse al Padre», no deben limitarse a la simple «letra de la ley», sino vivir cada día el «mandamiento del amor». Hasta llegar «a rezar por los enemigos»: es decir, hasta «el último peldaño» que es necesario subir para sanar el «corazón herido por el pecado». Así, Papa Francisco, en la misa celebrada en Santa Marta el martes 14 de junio, subrayó cómo Jesús, cambiando la idea de «prójimo», haya venido para llevar la ley a la «plenitud». Jesús, efectivamente —dijo— «vino, no para abolir la ley», por culpa de la cual le habían acusado sus enemigos, sino para llevarla a la «plenitud». Toda, «hasta la última iota».

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El cristiano está «de pie» para acoger a Dios, en paciente «silencio» para escuchar la voz y «en salida» para anunciarlo a los demás, con la conciencia de que la fe es siempre «un encuentro». Lo afirmó Papa Francisco en la misa celebrada por la mañana el viernes 10 junio en la capilla de la Casa Santa Marta. Estas tres actitudes, explicó, animan e impulsan la vida de todos aquellos que se sienten vencidos por el miedo en los momentos más difíciles.

«Sabemos que la fe no es una teoría, ni siquiera una ciencia: es un encuentro» dijo Francisco al comienzo de la homilía. La fe «es un encuentro con Dios viviente, con Dios verdadero, con el Creador, con el Señor Jesús, con el Espíritu Santo, es un encuentro». Así, explicó, en la primera lectura tomada del primer libro de Reyes (19, 9.11-16) «habíamos escuchado el encuentro del profeta Elías con Dios». Y «el profeta Elías viene de una larga historia, es un triunfador: ha luchado mucho, mucho por la fe, porque el pueblo de Israel se había alejado de la alianza».

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Hay que vivir «la pequeña santidad de la negociación», o sea ese «sano realismo» que «la Iglesia nos enseña»: se trata de rechazar la lógica del «o esto o nada» y de emprender el camino de lo «posible» para reconciliarse con los demás. He aquí la propuesta lanzada por Francisco en la misa celebrada el jueves 9 de junio, por la mañana, en la capilla de la Casa Santa Marta. Con una pequeña nota de ternura: durante la homilía un niño empezó a llorar, pero Francisco tranquilizó inmediatamente a los padres: «No, permanezcamos tranquilos, porque la predicación de un niño en una iglesia es más bonita que la del sacerdote, que la del obispo y que la del Papa. Dejadlo, que es la voz de la inocencia que nos hace bien a todos».

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Si el cristiano cede a la tentación de la «espiritualidad del espejo», no alimenta su luz con la «batería de la oración» y se mira «sólo a sí mismo» sin entregarse a los demás, se debilita su vocación y se convierte en una lámpara que no ilumina y en sal que no da sabor. Lo recordó el Papa Francisco que, en la misa celebrada el martes 7 de junio en Santa Marta, tomó de la liturgia la célebre comparación evangélica destacando la eficacia del lenguaje de Jesús que «siempre habla a los suyos con palabras fáciles» a fin de que «todos puedan comprender el mensaje». En el pasaje de Mateo (5, 13-16), puso de relieve el Pontífice, se encuentra, en efecto, «una definición de los cristianos: el cristiano debe ser sal y luz. La sal da sabor, conserva, y la luz ilumina». Un ejemplo que invita a la acción, ya que «la luz no fue hecha para estar oculta, porque escondida ni siquiera se conserva: se apaga» y «tampoco la sal es un objeto de museo o de armario, de cocina, porque al final se arruina con la humedad y pierde su fuerza, su sabor».

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Si las bienaventuranzas son «el navegador para nuestra vida cristiana», están también las «anti-bienaventuranzas» que seguramente nos harán «errar el camino»: se trata del apego a las riquezas, la vanidad y el orgullo. Sobre ello puso en guardia Francisco indicando en la mansedumbre, que no se debe confundir con «tontería», la bienaventuranza sobre la cual se debe reflexionar un poco más. Así, en la misa celebrada el lunes 6 de junio, por la mañana, en la capilla de la Casa Santa Marta, el Pontífice sugirió releer las páginas evangélicas sobre las bienaventuranzas escritas por Mateo y Lucas.

«Podemos imaginar» afirmó Francisco, en qué contexto Jesús pronunció el discurso de las bienaventuranzas, tal como lo presenta Mateo en su Evangelio (5, 1-12). He aquí entonces a «Jesús, la multitud, el monte, los discípulos». Y «Jesús empezó a hablar y enseñaba la nueva ley, que no cancela a la antigua, porque Él mismo dijo que hasta la última jota de la antigua ley debe ser observada». En realidad Jesús «perfecciona la antigua ley, la lleva a cumplimiento». Y «esta es la ley nueva, esta que nosotros llamamos las bienaventuranzas». Sí, explicó el Papa, «es la nueva ley del Señor para nosotros». En efecto, las bienaventuranzas «son la guía de ruta, de itinerario, son los navegadores de la vida cristiana: precisamente aquí vemos, por este camino, según las indicaciones de este navegador, cómo podemos avanzar en nuestra vida cristiana».

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Dos «actitudes» se reconocen como «signos» inequívocos del ser cristianos: el «servicio en la alegría» e «ir al encuentro de los demás». En la misa celebrada el 31 de mayo en Santa Marta, el Papa Francisco dio consejos para los cristianos que «creen ser tales» pero en realidad «no lo son plenamente». E invitó a seguir el ejemplo de «mujeres valientes» como María, capaces de afrontar dificultades y obstáculos por servir a los demás.

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