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Homilias

El año se abre en el nombre de la Madre de Dios. Madre de Dios es el título más importante de la Virgen. Pero nos podemos plantear una cuestión: ¿Por qué decimos Madre de Dios y no Madre de Jesús? Algunos en el pasado pidieron limitarse a esto, pero la Iglesia afirmó: María es Madre de Dios. Tenemos que dar gracias porque estas palabras contienen una verdad espléndida sobre Dios y sobre nosotros. Y es que, desde que el Señor se encarnó en María, y por siempre, nuestra humanidad está indefectiblemente unida a él. Ya no existe Dios sin el hombre: la carne que Jesús tomó de su Madre es suya también ahora y lo será para siempre. Decir Madre de Dios nos recuerda esto: Dios se ha hecho cercano con la humanidad como un niño a su madre que lo lleva en el seno.

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María "dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo colocó en un pesebre, porque no había lugar para él en el alojamiento" ( Lc 2: 7). Con esta expresión simple pero clara, Lucas nos lleva al corazón de esa noche santa: María dio a luz a la luz, María nos dio la Luz . Una historia simple para sumergirnos en el evento que cambia nuestra historia para siempre. Todo en esa noche se convirtió en una fuente de esperanza.

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O Evangelho que acaba de ser proclamado é o prefácio de dois grandes cânticos: o cântico de Maria, conhecido como o «Magnificat», e o cântico de Zacarias, o «Benedictus», e apraz-me chamar-lhe «o cântico de Isabel, ou da fecundidade». Milhares de cristãos do mundo inteiro começam o dia cantando: «Bendito seja o Senhor» e acabam a jornada «proclamando a sua grandeza, porque olhou com bondade para a humildade da sua serva». Desta forma, os crentes de diversos povos, no dia a dia, procuram fazer memória; recordar que de geração em geração a misericórdia de Deus se estende sobre todo o povo, como tinha prometido aos nossos pais. É neste contexto de memória grata que brota o cântico de Isabel em forma de pergunta: «Quem sou eu, para que a mãe do meu Senhor venha ter comigo?». Isabel, a mulher marcada pelo sinal da esterilidade, encontramo-la cantando sob o sinal da fecundidade e do deslumbre.

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Tutti i giorni noi rendiamo grazie al Signore per quello che fa nella nostra vita; ma quando ci sono delle ricorrenze importanti – 25°, 50°, anche le decine di anni – rendere grazie a Dio è più forte. E in queste ricorrenze si fa più forte la memoria del cammino trascorso, e questa memoria ci porta ad offrire un dono. Memoria che è una dimensione della vita. E’ una disgrazia perdere la memoria di tutto quello che Dio ha fatto per noi: “Ricordati, Israele, ricordati...”, quella dimensione deuteronomica della vita.

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A punto de concluir mi visita a vuestro hermoso país, me uno a vuestra acción de gracias a Dios por tantos dones que nos ha concedido en estos días. Mirándoos a vosotros, jóvenes de Myanmar, y a todos los que desde otros lugares se unen a nosotros, quisiera compartir con vosotros una frase de la primera lectura de hoy que resuena en mi interior. Está tomada del profeta Isaías, y san Pablo la repitió en su carta a la joven comunidad cristiana de Roma. Escuchemos una vez más esas palabras: «¡Qué hermosos los pies de los que anuncian la Buena Noticia del bien!» (Rm 10,15; cf. Is 52,7).

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Queridos hermanos y hermanas:

Desde antes de venir a este país, he estado esperando que llegara este momento. Muchos de vosotros habéis venido de lejanas y remotas tierras montañosas, algunos incluso a pie. Vengo como peregrino para escuchar y aprender de vosotros, y para ofreceros algunas palabras de esperanza y consuelo.

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Esta noche, queremos esparcir con nuestra oración semillas de paz en la tierra de Sudán del Sur y de la República Democrática del Congo, así como en todas las partes del mundo que sufren por la guerra. Había decidido visitar Sudán del Sur, pero no ha sido posible. Sin embargo sabemos que la oración es más importante, porque es más poderosa: la plegaria actúa con la fuerza de Dios, para quien nada es imposible.

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Tenemos la alegría de partir el pan de la Palabra, y dentro de poco de partir y recibir el Pan Eucarístico, que son alimento para el camino de la vida. Todos lo necesitamos, ninguno está excluido, porque todos somos mendigos de lo esencial, del amor de Dios, que nos da el sentido de la vida y una vida sin fin. Por eso hoy también tendemos la mano hacia Él para recibir sus dones.

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«Dignidad de la Persona y derechos humanos»

En esta ciudad, que ha sido llamada «la heroica» por su tesón hace 200 años en defender la libertad conseguida, celebro la última Eucaristía de este viaje. También, desde hace 32 años, Cartagena de Indias es en Colombia la sede de los Derechos Humanos porque aquí como pueblo se valora que «gracias al equipo misionero formado por los sacerdotes jesuitas Pedro Claver y Corberó, Alonso de Sandoval y el Hermano Nicolás González, acompañados de muchos hijos de la ciudad de Cartagena de Indias en el siglo XVII, nació la preocupación por aliviar la situación de los oprimidos de la época, en especial la de los esclavos, por quienes clamaron por el buen trato y la libertad» (Congreso de Colombia 1985, ley 95, art. 1).

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Queridos hermanos, quiero agradecer las horas que han pasado acá, incluso bajo la lluvia. Lamentablemente, hubo un atraso significativo en el viaje y ustedes tuvieron que esperar más. Gracias por su paciencia, por su perseverancia y por su coraje. Y como todos somos pecadores pidamos perdón por nuestros pecados.

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«Reconciliarse en Dios, con los colombianos y con la creación» ¡Tu nacimiento, Virgen Madre de Dios, es el nuevo amanecer que ha anunciado la alegría a todo el mundo, porque de ti nació el sol de justicia, Cristo, nuestro Dios! (cf. Antífona del Benedictus). La festividad del nacimiento de María proyecta su luz sobre nosotros, así como se irradia la mansa luz del amanecer sobre la extensa llanura colombiana, bellísimo paisaje del que Villavicencio es su puerta, como también en la rica diversidad de sus pueblos indígenas.

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