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Audiencias

Queridos hermanos y hermanas

Jesús se manifestó después de su resurrección varias veces a sus discípulos y les indicó que la predicación se debía centrar en el “perdón de los pecados” y en la “conversión”. Esta última, la conversión, está presente en toda la Sagrada Escritura. Para los profetas, convertirse significa cambiar de rumbo para volver de nuevo a Dios.

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El Evangelio que escuchamos nos muestra a Jesús que, acercándose a Jericó, restituye la vista a un ciego que mendigaba en el orilla del camino. La figura de este hombre representa tristemente a tantas personas que, aún hoy, sufren discriminación y rechazo por parte de los demás. Es llamativo que este marginado a las puertas de Jericó, ciudad bíblica que simboliza la entrada a la tierra prometida, en lugar de encontrar compasión y ayuda del prójimo, como pide la ley que Dios dio a su pueblo, encuentra en cambio insensibilidad y rechazo.

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Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Antes de comenzar la catequesis, quisiera saludar a un grupo de parejas que celebran cincuenta años de matrimonio. ¡Ese sí que es «el vino bueno» de la familia! Vuestro testimonio es un testimonio que los recién casados —a quienes saludaré después— y los jóvenes deben aprender. Es un hermoso testimonio. Gracias por vuestro testimonio.

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Queridos hermanos y hermanas:

En la parábola que hemos escuchado, Jesús nos indica la necesidad de orar siempre y sin desfallecer. Del ejemplo de la viuda, una persona desvalida y sin defensor, el Señor saca una enseñanza: si ella, con su insistencia, consiguió obtener de un juez injusto lo que necesitaba, cuánto más Dios, que es nuestro padre bueno y justo, hará justicia a los que se la pidan con perseverancia, y además lo hará sin tardar.

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Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Deseo detenerme con vosotros hoy en la parábola del hombre rico y del pobre Lázaro. La vida de estas dos personas parece recorrer caminos paralelos: las condiciones de vida son opuestas y del todo incomunicadas. La puerta de la casa del rico está siempre cerrada al pobre, que yace allí afuera, buscando comer cualquier sobra de la mesa del rico. Este lleva puestos vestidos de lujo, mientras que Lázaro está cubierto de llagas; el rico cada día banquetea abundantemente, mientras que Lázaro muere de hambre. Sólo los perros cuidan de él, y vienen a lamer sus llagas.

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Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy esta audiencia se realiza en dos sitios: como había amenaza de lluvia, los enfermos están en el aula Pablo VI, conectados con nosotros con la pantalla gigante; dos lugares pero una sola audiencia. Saludamos a los enfermos que están en el aula Pablo VI. Queremos reflexionar hoy sobre la parábola del Padre misericordioso. Ella habla de un padre y de sus dos hijos, y nos hace conocer la misericordia infinita de Dios.

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Queridos hermanos y hermanas:

La parábola del Padre misericordioso nos muestra la lógica de la misericordia de Dios. Esta marca su modo de actuar con los hombres, abre nuestros corazones a la esperanza y nos devuelve la dignidad de hijos de Dios.

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Queridos hermanos y hermanas:

Delante de los Fariseos que se escandalizaban de su relación con los pecadores, Jesús les propone esta paradoja: «¿Quién de vosotros, si se le pierde una oveja, sería capaz de dejar a las 99 en el desierto para ir a buscarla? Fíjense que no dice que las deja en el redil, en un lugar seguro, sino en el desierto, sin agua, sin comida, a merced de las fieras y ladrones. No parece sensato, y sin embargo así hace el buen Pastor. No se preocupa de poner a salvo primero al resto del rebaño, sino que va de inmediato en busca de la oveja perdida y la lleva a casa sobre sus hombros.

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Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy quiero reflexionar con vosotros en un aspecto importante de la misericordia: la reconciliación. Dios nunca ha dejado de ofrecer su perdón a los hombres: su misericordia llega de generación en generación. A menudo pensamos que nuestros pecados alejan al Señor de nosotros: en realidad, pecando, nosotros nos alejamos de Él, pero Él, viéndonos en peligro, nos viene a buscar con mayor fuerza. Dios no se resigna nunca a la posibilidad de que una persona quede fuera de su amor, con la condición de encontrar en ella algún signo de arrepentimiento por el mal cometido.

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Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy reflexionamos sobre la parábola del buen samaritano (cf. Lc 10, 25-37). Un doctor de la Ley pone a prueba a Jesús con esta pregunta: «Maestro, ¿qué he de hacer para tener en herencia vida eterna?» (v. 25). Jesús le pide que se dé a sí mismo la respuesta, y aquel la da a la perfección: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo» (v. 27). Y Jesús concluye: «Haz eso y vivirás» (v. 28).

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Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy queremos detenernos en un aspecto de la misericordia bien representado en el pasaje del Evangelio de Lucas que hemos escuchado. Se trata de un hecho que le sucedió a Jesús mientras era huésped de un fariseo de nombre Simón. Ellos habían querido invitar a Jesús a su casa porque había escuchado hablar bien de Él como un gran profeta. Y mientras estaban sentados comiendo, entra una mujer conocida por todos en la ciudad como una pecadora. Esta, sin decir una palabra, se pone a los pies de Jesús y rompe a llorar; sus lágrimas lavan los pies de Jesús y ella los seca con sus cabellos, luego los besa y los unge con un aceite perfumado que ha llevado consigo.

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