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Audiencias

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Las palabras que Jesús pronuncia durante su Pasión encuentran su culminación en el perdón.

Jesús perdona: «Padre, perdónales porque no saben lo que hacen» (Lc 23, 34). No sólo son palabras, porque se convierten en un acto concreto en el perdón ofrecido al «buen ladrón», que estaba junto a Él. San Lucas escribe sobre dos delincuentes crucificados con Jesús, los cuales se dirigen a Él con actitudes opuestas.

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Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hemos escuchado el pasaje del Evangelio de Lucas (6, 36-38) en el cual se basa el lema de este Año Santo extraordinario: Misericordiosos como el Padre. La expresión completa es: «sed compasivos, como vuestro Padre es compasivo» (v. 36) No se trata de un lema de impacto, sino de un compromiso de vida. Para comprender bien esta expresión, podemos compararla con la paralela del Evangelio de Mateo, en la cual Jesús dice: «vosotros pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial» (5, 48). En el llamado discurso de la montaña, que inicia con las Bienaventuranzas, el Señor enseña que la perfección consiste en el amor, cumplimiento de todos los preceptos de la Ley. Desde esta misma perspectiva, san Lucas especifica que la perfección es el amor misericordioso: ser perfectos significa ser misericordiosos. ¿Una persona que no es misericordiosa es perfecta? ¡No! ¿Una persona que no es misericordiosa es buena? ¡No! La bondad y la perfección radican en la misericordia. Cierto, Dios es perfecto. Sin embargo, si lo consideramos así, se hace imposible para los hombres aspirar a esa absoluta perfección. En cambio, tenerlo ante los ojos como misericordioso, nos permite comprender mejor en qué consiste su perfección y nos anima a ser como Él, llenos de amor, de compasión, de misericordia.

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Queridos hermanos y hermanas

En el Evangelio que hemos escuchado, Jesús se dirige a sus discípulos para extenderles una invitación y lo hace a través de tres imperativos: «Vengan a mí», «tomen mi yugo», y «aprendan de mí».

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Queridos hermanos y hermanas:

Hemos reflexionado hoy sobre la relación entre la misericordia y la Redención. La palabra redención hace referencia a la salvación que Dios nos ha procurado mediante la sangre de su Hijo Jesús. Al hombre de hoy le cuesta aceptar la idea de tener que ser salvado por Dios. Piensa poder salvarse solo con el poder de su libertad. Pero esto, lo sabemos todos, no es más que una ilusión: nuestra vida está marcada por la fragilidad del pecado y por las numerosas esclavitudes que hemos creado en nombre de una falsa libertad. Necesitamos que Dios nos salve y libere de toda clase de indiferencia, egoísmo y autosuficiencia. Jesús se ha sacrificado por nosotros para darnos una nueva vida, llena de perdón, amor y alegría. Para que tengamos la certeza de que Dios no nos abandona nunca, especialmente en los momentos de más necesidad.

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Queridos hermanos y hermanas:

En el evangelio de Mateo escuchamos la pregunta de Juan el Bautista: «¿Eres tú el que ha de venir?» Jesús responde mostrando las obras de misericordia que realiza con los enfermos y desheredados, y de las que son testigos los discípulos del profeta.

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Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El Evangelio que hemos escuchado nos presenta una figura que destaca por su fe y su valor. Se trata de la mujer que Jesús sanó de sus pérdidas de sangre (cf. Mt 9, 20—22). Pasando entre la gente, se acerca a la espalda de Jesús para tocar el borde de su manto. «Pues se decía para sí: Con sólo tocar su manto, me salvaré» (v. 21). ¡Cuánta fe! ¡Cuánta fe tenía esta mujer! Razonaba así porque estaba animada por mucha fe y mucha esperanza y, con un toque de astucia, se da cuenta de todo lo que tiene en el corazón. El deseo de ser salvada por Jesús es tal que le hace ir más allá de las prescripciones establecidas por la ley de Moisés. Efectivamente, esta pobre mujer durante muchos años no está simplemente enferma, sino que es considerada impura porque sufre de hemorragias (cf. Lv 15, 19—30). Por ello es excluida de las liturgias, de la vida conyugal, de las normales relaciones con el prójimo. El evangelista Marcos añade que había consultado a muchos médicos, acabando con sus medios para pagarles y soportando dolorosas curas, pero sólo había empeorado. Era una mujer descartada por la sociedad. Es importante considerar esta condición —de descartada— para entender su estado de ánimo: ella siente que Jesús puede liberarla de la enfermedad y del estado de marginación e indignidad en el que se encuentra desde hace años. En un palabra: sabe, siente que Jesús puede salvarla.

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Había preparado la catequesis de hoy, como para todos los miércoles de este Año de la Misericordia, sobre el tema de la cercanía de Jesús, pero ante la noticia del terremoto que ha golpeado el centro de Italia, devastando zonas enteras y dejando muertos y heridos, no puedo dejar de manifestar mi gran dolor y mi cercanía a todas las personas presentes en los lugares azotados por los temblores, a todas las personas que han perdido sus seres queridos y a aquellas que todavía están afectadas por el miedo y el terror. Oír lo que el Alcalde de Amatrice ha dicho: «el pueblo ya no existe», y saber que entre los muertos hay también niños, me conmueve mucho.

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Queridos hermanos y hermanas

Jesús se conmovió al ver a la multitud que estaba extenuada y hambrienta, y salió a su encuentro para socorrerla. No solamente se preocupó de los que le seguían, sino que deseaba que sus discípulos se comprometieran en auxiliar al pueblo, mandándoles: «dadles vosotros de comer».

La bendición de Jesús sobre los cinco panes y los dos peces anuncia de antemano la Eucaristía, de la que el cristiano se alimenta y de la que saca fuerza para la vida. La Eucaristía nos va trasformando en Cuerpo de Cristo y en alimento para nuestros hermanos. Jesús desea que su alimento llegue a todos y que sus discípulos, que somos nosotros, sean los que lo entreguen a los demás.

Jesús nos ha enseñado el camino a seguir y nos manda que seamos nosotros quienes lo llevemos a los demás, a él, que es alimento que sacia y da vida, crea unidad y comunión.

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Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los venidos de España y Latinoamérica. Los invito a alimentarse constantemente de la Eucaristía para ser a su vez alimento para los demás e instrumento de comunión en la familia, en el trabajo, en el ámbito donde viven, siendo testigos de la misericordia y de la ternura de Dios. Muchas gracias.
El pasaje del Evangelio que acabamos de escuchar nos muestra a Jesús que, movido por la ternura ante el dolor de la madre viuda que lleva a enterrar a su único hijo, hace el milagro de resucitar al joven, restituyéndolo vivo a su madre. Jesús, en la puerta del pequeño poblado de Naín, no se queda indiferente frente a las lágrimas de la mujer sino que, lleno de misericordia por su sufrimiento, la consuela y actúa.

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Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy querría reflexionar brevemente sobre el viaje apostólico que he realizado hace unos días a Polonia.

El motivo del viaje ha sido la Jornada mundial de la juventud, a 25 años de distancia de aquella histórica celebrada en Chęstochova, poco tiempo después de la caída de la «cortina de hierro». A lo largo de estos 25 años ha cambiado Polonia, ha cambiado Europa y ha cambiado el mundo, y esta jmj se ha convertido enuna señal profética para Polonia, para Europa y para el mundo. La nueva generación de jóvenes, herederos y continuadores del peregrinaje iniciado por san Juan Pablo II, han dado respuesta al desafío de hoy, han dado la señal de esperanza, y esta señal se llama fraternidad. Porque precisamente en este mundo en guerra se necesita fraternidad, se necesita cercanía, se necesita diálogo, se necesita amistad. Y esta es la señal de la esperanza: cuando hay fraternidad.

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Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

¡Cuántas veces, durante estos primeros meses del Jubileo, hemos escuchado hablar de las obras de misericordia! Hoy el Señor nos invita a hacer un serio examen de conciencia. Es bueno, en efecto, no olvidar nunca que la misericordia no es una palabra abstracta, sino un estilo de vida: una persona puede ser misericordiosa o puede no ser misericordiosa; es un estilo de vida. Yo elijo vivir como misericordioso o elijo vivir como no misericordioso. Una cuestión es hablar de misericordia, otra es vivir la misericordia. Parafraseando las palabras de Santiago apóstol (cf. 2, 14-17) podríamos decir: la misericordia sin las obras está muerta en sí misma. ¡Es precisamente así! Lo que hace viva la misericordia es su constante dinamismo para ir al encuentro de las carencias y las necesidades de quienes viven en pobreza espiritual y material. La misericordia tiene ojos para ver, oídos para escuchar, manos para levantar...

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