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Audiencias

Queridos hermanos y hermanas:

Delante de los Fariseos que se escandalizaban de su relación con los pecadores, Jesús les propone esta paradoja: «¿Quién de vosotros, si se le pierde una oveja, sería capaz de dejar a las 99 en el desierto para ir a buscarla? Fíjense que no dice que las deja en el redil, en un lugar seguro, sino en el desierto, sin agua, sin comida, a merced de las fieras y ladrones. No parece sensato, y sin embargo así hace el buen Pastor. No se preocupa de poner a salvo primero al resto del rebaño, sino que va de inmediato en busca de la oveja perdida y la lleva a casa sobre sus hombros.

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Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy quiero reflexionar con vosotros en un aspecto importante de la misericordia: la reconciliación. Dios nunca ha dejado de ofrecer su perdón a los hombres: su misericordia llega de generación en generación. A menudo pensamos que nuestros pecados alejan al Señor de nosotros: en realidad, pecando, nosotros nos alejamos de Él, pero Él, viéndonos en peligro, nos viene a buscar con mayor fuerza. Dios no se resigna nunca a la posibilidad de que una persona quede fuera de su amor, con la condición de encontrar en ella algún signo de arrepentimiento por el mal cometido.

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Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy reflexionamos sobre la parábola del buen samaritano (cf. Lc 10, 25-37). Un doctor de la Ley pone a prueba a Jesús con esta pregunta: «Maestro, ¿qué he de hacer para tener en herencia vida eterna?» (v. 25). Jesús le pide que se dé a sí mismo la respuesta, y aquel la da a la perfección: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo» (v. 27). Y Jesús concluye: «Haz eso y vivirás» (v. 28).

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Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy queremos detenernos en un aspecto de la misericordia bien representado en el pasaje del Evangelio de Lucas que hemos escuchado. Se trata de un hecho que le sucedió a Jesús mientras era huésped de un fariseo de nombre Simón. Ellos habían querido invitar a Jesús a su casa porque había escuchado hablar bien de Él como un gran profeta. Y mientras estaban sentados comiendo, entra una mujer conocida por todos en la ciudad como una pecadora. Esta, sin decir una palabra, se pone a los pies de Jesús y rompe a llorar; sus lágrimas lavan los pies de Jesús y ella los seca con sus cabellos, luego los besa y los unge con un aceite perfumado que ha llevado consigo.

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Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hemos escuchado el Evangelio de la llamada de Mateo. Mateo era un «publicano», es decir un recaudador de impuestos para el imperio romano, y por esto, considerado un pecador público. Pero Jesús lo llama a seguirlo y a convertirse en su discípulo. Mateo acepta, y lo invita a cena en su casa junto a los discípulos. Entonces surge una discusión entre los fariseos y los discípulos de Jesús por el hecho de que ellos comparten la mesa con los publicanos y los pecadores: «¡Pero tú no puedes ir a la casa de estas personas!», decían ellos. Jesús, de hecho, no los aleja, más bien los frecuenta en sus casas y se sienta al lado de ellos; esto significa que también ellos pueden convertirse en sus discípulos. Y además es verdad que ser cristiano no nos hace impecables. Como el publicano Mateo, cada uno de nosotros se encomienda a la gracia del Señor, a pesar de los propios pecados.

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Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El Evangelio que hemos escuchado nos permite descubrir un aspecto esencial de la misericordia: la limosna. Puede parecer algo sencillo dar limosna, pero debemos prestar atención para no vaciar este gesto del gran contenido que posee. De hecho, el término «limosna», deriva del griego y significa precisamente «misericordia». La limosna, por tanto, debería llevar consigo toda la riqueza de la misericordia. Y como la misericordia tiene mil caminos, mil modalidades, así la limosna se expresa de muchas maneras, para aliviar el malestar de los que están necesitados.

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Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Después de haber reflexionado sobre la misericordia de Dios en el Antiguo Testamento, hoy comenzamos a meditar sobre cómo Jesús mismo la ha llevado a su realización plena. Una misericordia que Él ha expresado, realizado y comunicado siempre, en cada momento de su vida terrena. Encontrando a las multitudes, anunciando el Evangelio, sanando a los enfermos, acercándose a los últimos, perdonando a los pecadores, Jesús hace visible un amor abierto a todos: ¡nadie excluido! Abierto a todos, sin fronteras. Un amor puro, gratuito, absoluto. Un amor que alcanza su culmen en el Sacrificio de la cruz. Sí, el Evangelio es realmente el «Evangelio de la Misericordia» porque ¡Jesús es la Misericordia!

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Queridos hermanos y hermanos, ¡buenos días!

Terminamos hoy las catequesis sobre la misericordia en el Antiguo Testamento, y lo hacemos meditando sobre el salmo 51, llamado Miserere. Se trata de una oración penitencial, en la cual la petición de perdón está precedida por la confesión de la culpa y en la cual el orante, dejándose purificar por el amor del Señor, se vuelve una nueva criatura, capaz de obediencia, de firmeza de espíritu, y de alabanza sincera.

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Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Nuestra reflexión sobre la misericordia de Dios nos introduce hoy en el Triduo Pascual. Viviremos el Jueves, Viernes y Sábado santo como momentos fuertes que nos permiten entrar cada vez más en el gran misterio de nuestra fe: la Resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Todo, en estos tres días, habla de la misericordia, porque hace visible hasta dónde puede llegar el amor de Dios. Escucharemos el relato de los últimos días de vida de Jesús. El evangelista Juan nos ofrece la clave para entender el sentido profundo: «Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (Jn 13, 1). El amor de Dios no tiene límites. Como repetía con frecuencia san Agustín, es un amor que llega «hasta el fin sin fin». Dios realmente se da todo por cada uno de nosotros y no se guarda nada. El misterio que adoramos en esta Semana Santa es una gran historia de amor que no conoce obstáculos.

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Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En el libro del profeta Jeremías, los capítulos 30 y 31 son los llamados «Libro de la consolación», ya que en ellos la misericordia de Dios se presenta con toda su capacidad para confortar y abrir el corazón de los afligidos a la esperanza. Hoy también nosotros queremos escuchar este mensaje de consuelo.

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Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Nos estamos acercando a la fiesta de Pascua, misterio central de nuestra fe. El evangelio de Juan —como hemos escuchado— narra que antes de morir y resucitar por nosotros, Jesús realizó un gesto que quedó esculpido en la memoria de los discípulos: el lavatorio de los pies. Un gesto inesperado y sorprendente, al punto que Pedro no quería aceptarlo. Quisiera detenerme en las palabras finales de Jesús: «¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? […] Pues si yo, el Señor y el Maestro os he lavado los pies, vosotros también deberéis lavaros los pies unos a los otros» (13, 12.14). De este modo Jesús le indica a sus discípulos el servicio como el camino que es necesario recorrer para vivir la fe en Él y dar testimonio de su amor. El mismo Jesús ha aplicado a sí la imagen del «Siervo de Dios» utilizada por el profeta Isaías. ¡Él que es el Señor, se hace siervo!

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