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Escribía André Frossard, después de su conversión al catolicismo, comentando su estilo de vida cuando era ateo: “En Navidad nosotros nos poníamos los trajes domingueros para ir a ninguna parte. Era una Navidad sin recuerdos religiosos, amnésica, que conmemoraba la fiesta de nadie”. A muchos hoy les está pasando lo mismo. Una fiesta de naturaleza cristiana, con un profundo contenido religioso, se va volviendo una celebración mercantil, una expresión folclórica de ciertas costumbres, un tiempo de ruido estruendoso y de diversión vacía. La sociedad de consumo y la búsqueda fácil de placer están traicionando la Navidad.

Para tantos, la Navidad es hoy una fiesta pagana sin el profundo significado del acontecimiento que se celebra. Podemos estar seguros que muchos niños y jóvenes ya no asocian la Navidad con el amor de Dios que nos entregó a su Hijo para que en él aprendiéramos a vivir con sentido y esperanza. Hay incluso un propósito explícito de borrar el sentido cristiano de la Navidad. En algunos ambientes sociales se desean simplemente “felices fiestas”, se decora el “árbol de los regalos” y se remplaza el pesebre por adornos de pacotilla. En Oxford se prohibió usar la palaba Navidad para no ofender a las minorías y se la denomina como el “Festival de las luces de invierno”.

Vivamos en serio la Navidad. A nosotros cristianos nos desafía a reencontrarnos con nuestras prioridades, a repensar nuestros valores, a replantear nuestro modo de vivir. La Navidad es ciertamente un tiempo de gran alegría porque es un tiempo para examinarnos profundamente, para reconstruirnos desde adentro y para proyectarnos hacia el futuro. Debemos aprender lo que significan en nuestra vida la humildad, la pobreza, la sencillez del nacimiento de Cristo. La Navidad debe ser un tiempo excepcional para leer a fondo el Evangelio, para encontrarnos con Cristo no sólo como el Niño del pesebre, sino como aquel en quien Dios se ha hecho hombre, como aquel en quien el hombre encuentra su dignidad y su grandeza.

Es en el Evangelio donde podemos hallar inspiración para afrontar la vida de cada día, para conquistar nuestra libertad, para hacernos capaces de amar, para renovarnos continuamente, para comprometernos con la transformación del mundo, para caminar hacia lo definitivo y eterno. Si Dios se ha hecho hombre, la celebración de ese acontecimiento debe llevarnos a un compromiso con la humanidad. Esto implica combatir la situación de pobreza en que viven tantos, porque está contra la dignidad de quien ha sido creado a imagen de Dios; esto pide intervenir en política no para estar al servicio de una ideología, sino para promover el bien común; esto exige compartir equitativamente los recursos de la tierra, porque todos somos responsables de todos y especialmente de los más vulnerables.

César Augusto fue un emperador famoso por haber llevado la “Paz Romana” a todas las regiones de su Imperio. Sin embargo, la verdadera paz, la que llena el corazón y la que trasciende todo límite, nos la ha dado Cristo. Es una paz y una libertad que provienen de haber vencido para siempre el pecado y la muerte. El nacimiento de Cristo marca el fin del mundo pagano, que funda su seguridad y felicidad en las armas, en el dinero, en el placer y en el poder. Ahora hay un nuevo orden cuyo secreto es el amor; ahora hay verdadera esperanza para todos los que no quieran afincar su dicha en las fortunas mudables de un mundo pasajero. No podemos permitir que nos paganicen la Navidad. Es hora de redescubrir a Cristo, de evangelizar, de celebrar a fondo el misterio, de comprometernos con lo que implica la audacia de que Dios se haya hecho hombre.