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Ante la polémica sembrada por el pesebre del Vaticano, el sacerdote y escritor Dwight Longenecker señala que la cuestión no es la desnudez, la sangre o el arte malo, sino que el problema real es teológico.

(Fr. Dwight Longenecker)– No es mi intención defender a los mojigatos católicos que critican la escena de la Natividad del Vaticano. Hay personas que se están quejando por la figura del hombre desnudo, al que están vistiendo como una de las obras de misericordia. Otros sienten escalofríos por la figura del hombre muerto que está siendo enterrado, porque parece una escena sacada de una película de terror.

Como muchas cosas en la Iglesia católica, todo esto ya lo hemos visto antes. A la gente no le gustó en absoluto ver los cuerpos desnudos en los frescos de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina, y se pueden ver gran cantidad de desnudos o escenas espantosas en muchas obras de arte católicas. ¿David sujetando la cabeza cortada de Goliat? ¿Yael clavando la cabeza de Sísara en la tierra con una estaca de la tienda? ¡Por el amor de Dios, la imagen principal de nuestra fe es un hombre desnudo, torturado, expuesto y clavado en la cruz!

A mí no me importan la desnudez y la sangre. Lo que me importa es que es arte malo, sensible y de mala factura. Las figuras son poco elegantes y forzadas. La escena parece sacada de un museo de cera de tercera categoría. Uno podría objetar: «Venga ya, esto es el catolicismo, estamos acostumbrados a lokitsch». Vale, de acuerdo, pero el Vaticano debería hacerlo mejor.

Pero también está el problema que, en la escena de la Natividad, han impuesto su propio y hábil sermón. Es la típica basura de los años 70 sobre la conciencia social. Me recuerda a una de esas iglesias en la que solían poner arena en las pilas de agua bendita durante la Cuaresma [para recordar el desierto], o a esa hábil gente que, en Pascua, ponía arreglos de alambre de púas y ladrillos en lugar de flores para recordar a los prisioneros. O esas felicitaciones de Navidad en las que María y José están retratados como hippies sin hogar.

Pero el problema real (que parece que nadie más ha captado) no es la desnudez, la sangre o el arte malo. Tampoco lo es el insulso sermón.El problema real es teológico.

Uno de los problemas principales de la Iglesia contemporánea es lo que yo llamo neo-pelagianismo. El pelagianismo es la idea según la cual ganas el cielo haciendo obras buenas. El neo-pelagianismo es lo que también se conoce como «evangelio social». Es reducir el mensaje cristiano sobrenatural a «hagamos del mundo un lugar mejor, seamos amables los unos con los otros y démosle una oportunidad a la paz».

Las obras de misericordia corporales son importantes, es cierto, y teológicamente se puede decir que brotan directamente de la Natividad de Cristo. Porque Cristo tomó una forma corporal, nos comprometemos en obras de misericordia corporales. Porque se encarnó en un cuerpo humano, cuidamos de los cuerpos humanos que nos rodean. Porque entró en este mundo de materia, la materia importa.

Todo esto lo comprendo. Pero una escena de la Natividad no es una representación de las obras de misericordia corporales. El pesebre del Vaticano me preocupa porque sitúa a las buenas obras, no a la encarnación, en el centro y en el primer plano de la escena.

De hecho, las buenas obras en la escena de la Natividad invaden la Natividad, la anulan y la relegan a un segundo plano. Las buenas obras están, literalmente, en el centro y en el primer plano del pesebre. La Navidad de Cristo, Hijo de Dios e Hijo de María, están al fondo de la escena.

La mayor tentación en el cristianismo, hoy en día, es que la Iglesia sea importante centrándose sólo en las buenas obras y no en el evangelio de Jesucristo. Sin hacer ruido, nos estamos olvidando del mensaje de una humanidad perdida y pecadora alejada de Dios y necesitada de redención, y lo estamos sustituyendo por una religión de gente que ayuda a otra gente y hace del mundo un lugar mejor.

Es fácil pensar que esto sea sólo una cuestión de marketing. Hay gente que piensa que es más atractiva y fácil de vender una religión que es amable, que una que predica la necesidad de arrepentimiento y de fe. Esto es parte del problema, pero el problema real es incluso peor.

Los hombres de Iglesia sustituyen la religión de la gracia por una religión de obras porque ya no creen en la necesidad de redención y salvación, no creen en la necesidad de arrepentimiento, redención y salvación porque son hombres universalistas: creen que todos, al final, irán al cielo.

Por consiguiente, sigan ustedes la lógica. Si todos, al final, van a ir al cielo, ¿para qué sirve toda esa charla sobre pecado, infierno, arrepentimiento y fe en Jesucristo? Nada de esto importa si todos, al final, vamos a ir al cielo.

Por consiguiente, todo lo que queda de la religión cristiana es la necesidad de ser amable, predicar una especie de mensaje insulso que incluye el no hay mal que por bien no venga, mira el lado bueno de la vida y resolvamos el problema del cambio climático si podemos.

Me recuerda a esa imprudente proyección sobre la fachada de San Pedro de hace un tiempo que tenía que ver con el cambio climático y la ecología.

Todo eso está bien y es bueno, y no deseo en absoluto ser un aguafiestas y decir que no está bien salvar a los osos pandas, pero ¿cuándo vamos a reconocer este falso evangelio por lo que es, denunciarlo, condenarlo y recordar la fe cristiana, empezando a predicar la necesidad de arrepentirnos de nuestros pecados y de tener fe en el Hijo de Dios encarnado, que murió para redimir al mundo?