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¡Cuánto nos cuesta perdonar! El dolor de una herida recibida puede durar largo tiempo. Somos seres humanos, frágiles, pecadores, en relación con los demás, que sentimos y amamos. Nuestra vida de cristianos nos enseña a amar y a perdonar y todos los días, este se convierte en un ejercicio constante de desprendimiento y confianza en Dios. No podemos perdonar a otros si primero no nos perdonamos a nosotros mismos. ¡Gran tarea es ésta! Pero, ¿cómo perdonar aquello que es tan doloroso para mí? ¿Cómo olvidar el mal recibido? ¿Es posible perdonarlo todo? Dios nos da algunas claves en las Sagradas Escrituras que podemos ir poniendo en práctica, pero no es algo que viene de una vez para siempre, es un ejercicio constante que debemos aceptar y asumir.

Quiero compartir contigo 7 claves que pueden ayudarte a perdonar. Pero debes saber que solo no puedes, Por tus propias fuerzas será imposible. Debes dejar actuar a Dios, abrirte a Él, que Él te enseñe el camino del perdón. Y verás que las cosas van tomando su rumbo normal, que vas perdonando, que vas abriendo tu corazón a este gran regalo que es el perdón.

Entonces, ¿cómo puedo perdonar?, ¿qué necesito?

Humildad

Quizá olvidas que tú también has sido sujeto de perdón para otros. Que has fallado en múltiples ocasiones, que has defraudado a muchos y traicionado a otros más. Eres humano y por la condición humana eres vulnerable a los errores. Aquella frase “estamos todos cortados por la misma tijera” viene muy bien a la hora de analizar las propias actitudes. ¿Quién de nosotros no ha fallado alguna vez? Todos lo hemos hecho y seguiremos haciéndolo, porque somos humanos.

Pensar que tú también has sido ocasión de perdón para otros puede ayudarte a perdonar. Además, ¡Dios te ha perdonado mucho! Dentro de la humildad está el reconocerse pecador, pero no sólo a sí mismo, sino frente a Dios. El sacramento de la confesión siempre te ayudará a valorar el perdón, te enseñará a perdonar. «Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, fiel y justo es Él para perdonarnos los pecados y purificarnos de toda iniquidad» (1 Juan 1, 8-9). La humildad de reconocerte pecador, de reconocerlo ante Dios, es el inicio del camino hacia el perdón. ¿Estás dispuesto a recorrerlo? Busca siempre el camino seguro de la humildad.

«Humíllense bajo la mano poderosa de Dios, para que a su tiempo los exalte. Descarguen sobre Él todas sus preocupaciones, porque Él cuida de ustedes. Sean sobrios y vigilen, porque su adversario, el diablo, como un león rugiente, ronda buscando a quién devorar. Resístanle firmes en la fe, sabiendo que sus hermanos dispersos por el mundo soportan los mismos padecimientos» (1 Pedro 5, 6-9).

Abre el corazón al amor

«Donde está tu tesoro allí estará también tu corazón» (Mateo 6, 21). Ahora bien, ¿qué hay en tu corazón? ¿Qué tesoros tienes allí? ¿Qué cosas guardas en lo profundo de tu interior? Quizá sea el amor a tí mismo, el egocentrismo, el pensar solo en tus cosas. Esta actitud cierra tu corazón a los demás, haciendo que vaya poco a poco oxidándose como el hierro erosionado por el agua. Tu corazón está hecho para recibir el amor de Dios y para amar a los demás. Recuerdo que en un campamento de verano siempre nos hacían repetir: «Hemos sido creados para amar», lo hacíamos tantas veces al día que se quedó marcado en mi mente y en mi corazón. Has sido creado por el mismos Amor para que tú también puedas ama a otros. Abrir tu corazón al amor significa dejar que venga Dios y lo sane, que lo restaure, que lo purifique. Él lo promete cuando dice: «les daré un solo corazón, derramaré en su interior un espíritu nuevo. Arrancaré de su cuerpo el corazón de piedra y les daré un corazón de carne» (Ezequiel 11, 19). Pídele a Dios un corazón de carne, un corazón que sufra con los demás, un corazón abierto para acoger al otro tal como es. ¡Cuánto se necesita hoy esos corazones disponibles para amar como Dios ama!

«Que su adorno no sea el de fuera: peinados, joyas de oro, vestidos llamativos, sino lo más íntimo suyo, lo oculto en el corazón, ataviado con la incorruptibilidad de un alma apacible y serena» (1 Pedro 3, 3-4).

Pide ayuda a Dios

La poca humildad y el excesivo amor propio van haciendo que confiemos primero en nuestras fuerzas para intentar solucionar los problemas de la vida. Pero, ¡cuán ciertas son las palabras de Jesús: «Sin mí no pueden hacer nada». Pedir ayuda a Dios se convierte en la última carta a jugar, en el salvavidas, en el último recurso disponible. Cuando ya nada podemos hacer nos acercamos a Dios para pedirle ayuda. Si quieres evitar acordarte de Dios en casos extremos, debes comenzar desde ahora a confiar en Él y pedir su ayuda. Dios te conoce y sabe lo que le vas a pedir, pero quiere que confíes en su poder. Por eso, aunque no tengas problemas y las cosas vayan bien, acércate con humildad a Dios para pedir ayuda en todo momento. La paz del cristiano tiene su raíz en la confianza en Dios, no en él mismo. El Señor no se deja ganar en generosidad y de seguro superará infinitamente tus expectativas. «Confía en el Señor con todo tu corazón, y no te fíes de tu propio discernimiento. Reconócelo en todos tus caminos, y Él enderezará tus sendas» (Proverbios 3, 5-6). Confía en Dios, ¡confía en su poder! No tengas miedo a dejar tus seguridades en la orilla y lánzate al mar. El Señor te espera, quiere que vayas y le cuentes tus problemas, que le pidas ayuda; Él está dispuesto siempre a darte lo que le pidas. «Acérquense a Dios y Él se acercará a ustedes» (Santiago 4, 8) nos recuerda el Apóstol, sigue su consejo, ¡atrévete!

«Ésta es la confianza que tenemos en Él: si le pedimos algo según su voluntad, nos escucha. Y puesto que sabemos que nos va a escuchar en todo lo que pidamos, sabemos que tenemos ya lo que hemos pedido» (1 Juan 5, 14-15).

Purifica tu memoria

La memoria es como una bodega donde se almacenan recuerdos, experiencias, situaciones, nombres, lugares, olores, etc. Por lo general solemos guardar aquello que es importante o que ha tenido un impacto profundo interiormente; puede ser una emoción, una situación extrema o una experiencia traumática. A veces se vuelve más fácil guardar las cosas negativas, los problemas no superados, las malas experiencias, las traiciones, los dolores y las ofensas. ¿Por qué? Porque tienen gran impacto emocional en el corazón, dejan huella y afectan emotivamente. Es normal que reposen aquellas situaciones en tu corazón; allí están buscando ansiosamente la paz que las libere de su cautiverio. Pero, ¿cómo purificar tu memoria a veces plagada de situaciones negativas? Precisamente con el efecto contrario: recordar las cosas buenas de la vida, la belleza de la creación, las conversaciones entre amigos, los momentos familiares, un buen paseo por el parque, etc. Purificar la memoria es un proceso lento pero que da fruto cuando el corazón sabe valorar aquello que es importante. Es limpiar, hacer puro, renovar una situación. Purificar la memoria no significa olvidar, sino transformar lo malo en algo bueno. ¿Será posible? San Francisco de Asís nos da una pista: «aquello que me parecía amargo, se me convirtió en dulzura del alma y del cuerpo» (Testamento, n°3). Purificar la memoria es preparar el terreno para poner la semilla del perdón. Ten fe en que germinará y dará fruto, un fruto abundante.

«Porque, he aquí que Yo creo unos cielos nuevos y una tierra nueva. Las cosas pasadas no serán recordadas, ni vendrán a la memoria. Al contrario, alégrense y regocínjense eternamente de lo que Yo voy a crear» (Isaías 65, 17-18).

Evalúa tu propia vida

En parte ya lo hemos hablado en el punto de la humildad, cuando vemos que nosotros también somos sujetos de perdón para otros. Y es cierto, hay que hacerle hincapié, porque se nos olvida que también fallamos. Aquí la invitación es a hacer una evaluación de tu vida, ver cómo vas, qué necesitas, hacia dónde te diriges. Es como ir al médico a realizarse un análisis general: ves si está bien la presión, el flujo sanguíneo, las plaquetas, la temperatura del cuerpo, el correcto funcionamiento de los órganos internos, etc. Así también debes hacerlo con tu otra mitad, el alma. Ver cómo vas en la vida, si lo estás haciendo bien, si tus decisiones te traen paz o más tormentos. Sólo así podrás ser capaz de percibir lo que cotidianamente no percibes. Frena el ritmo de tu vida durante media hora para examinarte interiormente, quizá a mediodía o por la noche. Analiza tus deseos, frustraciones, desalientos, alegrías, emociones, reacciones, etc. El Papa Francisco, hablando del examen de conciencia, señala: «Quién de nosotros en la noche, antes de terminar el día, cuando se queda solo no se pregunta: ¿qué sucedió hoy en mi corazón? ¿Qué sucedió? ¿Qué cosas pasaron por mi corazón?» (10 de octubre de 2014). Este es un ejercicio que debe hacerse de manera perseverante. Evalúa tu propia vida primero, analiza tus decisiones, valora tus esfuerzos, renueva las intenciones y camina a paso seguro. ¡No te olvides!

«Examíname, Dios mío, y conoce mi corazón, ponme a prueba y conoce mis pensamientos. Mira si voy por el mal camino, y guíame por el camino eterno» (Salmo 139, 23-24).

Da un paso, avanza

Este es uno de los puntos más difíciles. Significa avanzar, hacer algo más, moverse, actuar. Significa ir, caminar, acercarte al otro, hacerle notar tu presencia, que sienta tu cercanía a pesar de haberte ofendido. Es decirle al otro sin palabras: «aquí estoy, creíste que te daría la espalda pero no soy así. Quiero perdonarte, pero no sé cómo. Ayúdame a hacerlo». ¡Difícil pero posible! El perdón es cosa de dos: uno que perdona y otro que es perdonado, una intención mutua de cambio, de querer arreglar las cosas y mejorar la situación. En el perdón se da y se recibe. Pero para eso hay que dar un paso adelante, avanzar. Puede ser injusto a los ojos del mundo que quien ha hecho un mal viva como si nada hubiese sucedido, mientras que quien ha sufrido aquel mal no pueda siquiera conciliar el sueño. En la lógica de Dios es diverso: en el fondo sufren los dos, quien ofende y quien perdona, pero quien perdona está en ventaja, porque puede dar algo al otro, puede donarse, y eso también es amar. «El amor todo lo cree, todo lo puede, todo lo espera y todo lo soporta» escribe Pablo a los Corintios. «El amor siempre puede más» (Juan Pablo II, Chile, 1987). San José María Escrivá tenía muy claro que la clave está en la confianza en Dios, al respecto señala que «sin el Señor no podrás dar un paso seguro. Esta certeza de que necesitas su ayuda, te llevará a unirte más a Él, con recta confianza, perseverante, ungida de alegría y paz, aunque el camino se haga áspero y pendiente» (Surco, n° 770) ¡Atrévete a dar un paso, no te quedes a medio camino! ¡Sé valiente, pídele fuerzas a Dios!

«No devuelvan a nadie mal por mal: busquen hacer el bien delante de todos los hombres. Si es posible, en lo que está de su parte, vivan en paz con todos los hombres... Si tu enemigo tuviese hambre, dale de comer; si tuviese sed, dale de beber... No te dejes vencer por el mal; al contrario, vence el mal con el bien» (Romanos 12, 17-18.20-1).

No te canses de orar

La oración es el oxígeno del cristiano. Un cristiano que no ora es un cristiano asfixiado por los ataques del mundo. Sin oración la vida se vuelve frustrante, las problemas parecen no tener remedio y nos desanimamos con facilidad al ver un mundo que lucha entre sí. Santa Teresita del Niño Jesús nos enseña: «Para mí la oración es un impulso del corazón, una sencilla mirada al cielo, un grito de agradecimiento y de amor tanto en las penas como en las alegrías». La oración es comunicación con Dios. Es un diálogo cuya respuesta puede parecer imperceptible para quien recién comienza el camino espiritual, y esclarecedora para quien la practica habitualmente. ¡Jamás te canses de orar! ¡Jamás te canses de hablar con Dios! Tienes que buscarle para encontrarle, encontrarle para seguirle, seguirle para conocerle y conocerle para amarle. Todos los santos han tenido dificultades en la oración, nosotros también las tenemos, lo importante es que luches día a día por perseverar en la oración. ¡No te desanimes! En esta batalla no estás solo: piensa en la gran cantidad de cristianos que a diario hablan con Dios venciendo el cansancio, el sueño y la comodidad. Únete a ellos y recibe el oxígeno necesario para correr por la vida con alegría.

«Todo cuanto pidan en la oración, crean que ya lo recibieron y se les concederá. Y cuando se pongan de pie para orar, perdonen si tienen algo contra alguno, a fin de que también su Padre que está en los cielos les perdone sus pecados» (Marcos 11, 24-25).

No quisiera terminar el post sin antes citar estas palabras del Papa Francisco en su homilía matutina del 1 de marzo de 2016 en Casa Santa Marta hablando sobre el perdón y la misericordia:

«En el Padrenuestro rezamos: ‘Perdona nuestras deudas como nosotros perdonamos a nuestros deudores’. Es una ecuación, van juntas. Si tú no eres capaz de perdonar, ¿cómo podrá perdonarte Dios? Él te quiere perdonar, pero no podrá si tú tienes el corazón cerrado, y la Misericordia no puede entrar. ‘Pero, Padre, yo perdono, pero no puedo olvidar aquella cosa fea que me ha hecho...’. ‘Eh, pide al Señor que te ayude a olvidar’: pero ésta es otra cosa. Se puede perdonar, pero no siempre se logra olvidar. Pero ‘perdonar’ y ‘me la pagarás’: ¡eso, no! Perdonar como perdona Dios: perdona al máximo».