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Desde que en 2012 un terrorista islámico matara a disparos a cuatro judíos en Toulouse, la amenaza islámica no ha hecho más que aumentar en Francia, siendo el país objetivo de la mayoría de los ataques de ese tipo en el último quinquenio.

El presidente francés, Emmanuel Macron, tiene una en sus manos un problema de muy difícil solución: hay cerca de 350 terroristas en la cárcel, 5.800 están siendo investigados por la policía y 17.000 han sido calificados como “amenaza”. A todo esto hay que sumarle 240 muertos en apenas dos años.

De los 1.900 yihadistas –aproximadamente- que están combatiendo con el Estado Islámico, una quinta parte de ellos cobra 500 euros al mes en prestaciones sociales, según reveló Le Figaro y recoge Gatestone Institute.

¿Cómo es esto posible? Los presidentes franceses llevan años pronunciando discursos grandilocuentes sobre cómo Francia debe defenderse frente a la barbarie islamista pero, como suele decirse, “del dicho al hecho, hay mucho trecho”.

Tras el ataque a la revista Charlie Hebdo en 2015, el expresidente François Hollande declaró oficialmente que “Francia está en guerra”. Y bien, ¿dónde está esa guerra?

Un intelectual francés –de los de verdad, políticamente incorrecto-, Alain Finkielkraut, declaró que “Francia se ha convertido en un país físico, ya que su desaparición ha entrado en el orden de lo posible”. Finkielkraut, miembro de la Académie Française, no pensaba precisamente en las altas firmas de moda o de perfumes, o en los croissants o la gorra bohemia, no. Se refería a la Francia en mayúsculas, a la que una vez iluminó al resto de Europa con sus ideas y no con su castración voluntaria.

Pero esta destrucción paulatina no podría darse sin los ‘quintacolumnistas’ o, para algunos, simple y llanamente ‘traidores’. Estos son los intelectuales –muchos autoproclamados como tal-, periodistas, políticos, artistas... Los que consideran a los musulmanes como los “nuevos oprimidos de la civilización occidental”.

Michel Onfray, ensayista, los calificó como “los nuevos colaboracionistas”, como los franceses que ayudaron a los nazis a controlar el país:

“Son los que creen que el islam es una religión de paz, tolerancia y amor, y no quieren enterarse del islam de la guerra, la intolerancia y el odio. El colaboracionista sólo quiere ver el primer islam, creyendo que el segundo no tiene nada que ver con el islam. Estos colaboracionistas son los islamoizquierdistas”.

¿Sirve de algo la nueva ley antiterrorista de Macron?

La nueva ley, aprobada por el Senado francés el 18 de octubre, convierte en permanentes muchas de las medidas excepcionales que antes sólo se aplicaban en un estado de emergencia de dos años, introducidas tras los atentados yihadistas de París en noviembre de 2015. Ese estado de emergencia iba a expirar el 1 de noviembre.

Estos son algunos de sus puntos principales:

Controles policiales. La ley autoriza a la policía a efectuar registros a personas o vehículos que intenten acceder a áreas o eventos considerados de alto riesgo. A quien se niegue a someterse a dichos registros se le negará el acceso.

Cierre de lugares de culto. Se podrán cerrar mezquitas u otros lugares de culto –es decir, también iglesias y sinagogas- durante un periodo de hasta seis meses si se considera que los predicadores expresan “ideas o teorías” que “inciten a la violencia, el odio o la discriminación, provoquen la comisión de actos de terrorismo o ensalcen dichos actos”.

Arresto domiciliario. El ministro de Interior podrá confinar a islamistas sospechosos, incluso aunque no estén acusados de un delito específico, al pueblo o ciudad de su domicilio.

Registro y confiscación. Podrá solicitarse al juez una orden de registro del domicilio de cualquier sospechoso que represente una amenaza para la seguridad pública.

Funcionarios radicalizados. Un funcionario que trabaje en los ámbitos de la seguridad nacional o la defensa puede ser transferido e incluso despedido del servicio público si se considera que tiene creencias que son “incompatibles con el ejercicio de sus deberes”. También se puede licenciar a soldados por motivos similares. Pensar y tener criterio propio, contrario a lo establecido por el establishment, es ahora un peligro.

Vigilancia electrónica y recopilación de datos. Los ministro de Interior, de Defensa y de Transporte podrán recopilar las comunicaciones telefónicas o los correos electrónicos de sospechosos “para prevenir, detectar, investigar y perseguir los delitos terroristas y otros delitos graves”.

Controles fronterizos. La policía podrá realizar sin previa autorización controles de identidad en fronteras y aeropuertos, puertos y estaciones de ferrocarril, así como en las zonas colindantes hasta un radio de 20 kilómetros.

Las voces críticas no se han hecho esperar, entre ellas las de la líder del Frente Nacional, Marine Le Pen, quien cree que la ley “es una estafa, un subestado de emergencia [...] será menos eficaz incluso que el estado de emergencia, porque es menos aplicable. Este texto ni aborda la dimensión específicamente islámica del terrorismo o la ideología islamista que nos ha declarado la guerra”.

Se ganan batallas, pero se pierde la guerra

No todo son noticias negativas. Las fuerzas de seguridad han conseguido frenar numerosos atentados. En los últimos dos años, según recoge L’Express, se han impedido 32 atentados, confiscado 625 armas de fuego, registrado 4.457 domicilios de sospechosos y arrestado en domicilio a 752 personas.

A pesar de estas cifras, la sensación que tiene el país es que cada vez pierden más terreno frente al islamismo. La destrucción de la sociedad francesa tradicional sigue su curso imparable.

Los filoislamistas de izquierdas tienen cada vez más representación, los políticos se preocupan de políticas inclusivas en colegios que hacen rechazar el cristianismo en las aulas y abrazar al islam, se fomenta la fertilización in vitro para homosexuales, se multan comportamientos considerados “sexistas” –totalitarismo puro y duro como las condenas por “islamofobia”- y un largo etcétera.

En cambio, ningún yihadista que ha viajado a matar a otros musulmanes o a cristianos en Siria e Irak ha perdido la ciudadanía francesa, Charlie Hebdo recibe nuevas amenazas de muerte mientras que los compañeros de profesión les dan la espalda no vaya a ser que algo de su sangre les salpique, los familiares de las víctimas proclaman a los cuatro vientos amor y comprensión, en vez de soluciones y freno a tales comportamientos.

Mientras se persigue a políticos, periodistas y religiosos cristianos por una falsa islamofobia, los verdaderos problemas se dejan pasar.

A Marine Le Pen le revocaron su protección parlamentaria por publicar fotos de los atentados del Estado Islámico. Sí, han oído bien. Por publicar fotos de las consecuencias de las políticas liberales ahora vive con escolta permanente.

También se han olvidado del martirio del padre Jacques Hamel, decapitado por dos terroristas mientras daba misa. Mientras, los jueces se dedican a eliminar símbolos cristianos “por incumplir la separación de Iglesia y Estado”. El mundo al revés.

Parece ser cierto lo que dijo la periodista Samuel Pruvot al afirmar que dentro de poco solo se encontrará al cristianismo en los museos de Francia. Y mientras, el islam en calle.

La policía, lejos de hacerles frente cuando hay disturbios, intenta escapar. Qué hacer para frenar la islamización de Francia y de Europa

Debe abandonarse la idea de que hay un “islam no violento” dentro del islam con el que dialogar.

Los verdaderos reformistas son los musulmanes disidentes perseguidos por sus ideas. Hombres y mujeres valientes, periodistas, activistas, escritores que quieren la igualdad entre hombres y mujeres, liberta de expresión y libertad sexual. Muchos de ellos son amenazados de muerte con la complacencia de los progresistas.

Deben cerrarse las fronteras a la inmigración masiva y que los Estados puedan seleccionar aquellos que mejor y más puedan aportar a sus sociedades. Es obligatorio mantener las culturas nacionales y dar un portazo definitivo al multiculturalismo. Algo que Merkel, por ejemplo, declaró fallido pero siguió patrocinando con la llegada de millones de refugiados. De hipócritas en Europa vamos servidos.

Ya lo dijo Santo Tomás de Aquino: “la justicia sin misericordia es crueldad. La misericordia sin justicia es la madre de toda disolución”.

Deben cerrarse todas las mezquitas salafistas y detener a todos los imanes radicales que llamen a la yihad.

Debe impedirse la propaganda que llega de Oriente Medio de regímenes dictatoriales, la mayoría de las veces a través de las mezquitas financiadas por los mismos regímenes como el de Arabia Saudí.

Debe prohibirse y castigarse la poligamia, la sharia, la mutilación genital femenina y los matrimonios forzosos, especialmente con menores de edad.

Debe reforzarse la cultura occidental, la nuestra, la de todos, la de nuestros ancestros y la que poseerán nuestros hijos. Las escuelas, museos, universidades y editoriales deben reforzar su herencia y proyectarla hacia el futuro. Por el contrario, la endofobia que azota Occidente está destruyendo los cimientos de nuestra forma de ver el mundo. No en vano la cultura europea nos ha permitido alcanzar el nivel de vida que ahora todo el mundo desea pero que a la vez desprecia. ¿A nadie le llama la atención esto?

Occidente debe exigir reciprocidad. Si países musulmanes quieren construir mezquitas en nuestros países y desean que protejamos a sus ciudadanos, ellos deben hacer lo mismo. Y esto es precisamente lo que no hacen: quemar iglesias y asesinar a cristianos está a la orden del día. Ni un paso atrás en este aspecto.

En resumen, si de verdad Europa está en guerra contra el islamismo, es hora de ponerse manos a la obra para que la guerra se gane. Todo lo que se ha hecho hasta el momento, en particular en Francia, ha sido minar toda posibilidad de victoria.

La demografía en África, una bomba de relojería

Según el informe de la ONU “Perspectivas de la población mundial 2017”, una sexta parte de la población actual vive en África. Para el 2050 será una cuarta parte y para finales de siglo un tercio, es decir, 4.000 millones de personas.

La tasa de natalidad es cuatro veces mayor que la de mortalidad. Cada mujer africana, de media, tiene 4,5 hijos, mientras que la europea 1,6. Echen cálculos.

En 1950, los europeos sumaban 549 millones, en la actualidad 742 millones. Se calcula que para 2050 la cifra descienda a 715 millones y para 2100 a 653 millones. El control de natalidad impuesto por Naciones Unidas (anticonceptivos y abortos) ha funcionado de maravilla en Europa, no así en África.

Las políticas suicidas antinatalidad europeas suponen el fin forzoso que muchos parecen abrazar embriagados por el éxtasis del desarrollo económico y del ocio 24/7.

De no ponerse freno, la inmigración masiva cambiará para siempre Europa y lo que eso supone

Los cálculos estiman que Alemania perderá 11 millones de habitantes; Bulgaria pasará de siete a cuatro millones; Estonia de 1,3 millones a 890.000 personas; Grecia, de 11 a siete millones; Italia de 59 a 47 millones; Portugal de 10 a seis millones; Polonia, de 38 a 21 millones; Rumanía de 19 a 12 millones y España de 46 a 36 millones. Rusia perderá cerca de 20 millones, pasando de 143 a 124 millones de habitantes.

Los países que se supone crecerán son Francia que pasaría de 64 a 74 millones; Reino Unido de 66 a 80 millones; Suecia de nueve a 13 millones; Noruega de cinco a ocho millones y Bélgica de 11 a 13 millones de habitantes.

Se da por supuesto que este incremento no será debido a los propios europeos, sino a la masiva inmigración que azota nuestras fronteras y que, de no ponerse freno, cambiará para siempre Europa y lo que eso supone.

El origen de la civilización occidental perecerá y con ello la civilización en sí misma.