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En muchos países, muchos jóvenes (y sus padres) creen en una superstición absolutamente contraria a los datos científicos recogidos durante décadas: la superstición de que es bueno y prudente cohabitar antes de casarse "para probar nuestra convivencia" o "para probar la compatibilidad".

Así en España por ejemplo 1 de cada 3 jóvenes menores de 25 años quiere cohabitar con la idea de pasar luego al matrimonio. Casi un 19% lo hace para ahorrar papeleo en caso de ruptura y un 16% lo hace porque no se siente seguro con la pareja que ha escogido.

Stanley y Rhoades cree que muchos jóvenes, en EEUU, no cohabitan por amor entusiasta, sino por una especie de fatalismo práctico: sienten que es necesario.

"Hay gente con pocas opciones, y es más fácil que acaben en relaciones difíciles en las que cohabitar probablemente no sería su primera opción al menos con 'esta' pareja", escribe Scott M. Stanley, del Centro de Estudios de la Familia de la Universidad de Denver.

La tesis de Stanley es esta: "Es fácil deslizarse hacia la cohabitación sin ni siquiera debatirlo en serio o sin una verdadera decisión y allí te quedas enganchado".

"Las mujeres que declaraban cohabitar por razones de conveniencia declaraban también menores índices de confianza en sus relaciones, menos compromiso y mayor nivel de dinámica negativa con sus parejas", escribe Stanley.

Es decir: la relación es frágil y se mantiene, sobre todo, por alguna razón práctica o logística por un tiempo.

A los que cohabitan "para probar": les va mal. El estudio de Stanley y Rhoades se centró en analizar qué tal les iba a los que declaraban que cohabitaban "para probar la convivencia"

Los resultados sugieren (como en muchos otros estudios y países) que este "probar" no ayuda nada a la pareja.

- los hombres que cohabitaban "para probar" tenían mayores índices de síntomas depresivos, ansiedad generalizada, problemas para depender de otros y ansiedad por temor al abandono.

- las mujeres que declaraban "probar" tenían mayor ansiedad de temor al abandono.

- tanto hombres como mujeres, declaraban un menor nivel de confianza en la relación, peor interacción y más agresión psicológica.

- entre los varones que "probaban" se detectaba más agresividad física y menos niveles de dedicación a la relación.

Stanley admite que muchos de esos factores negativos estaban presentes antes de empezar a cohabitar pero los que cohabitan se estabilizan en ellos, los aceptan y piensan que cohabitando más "mejorarán" (o, más bien, que "el otro mejorará").

Cohabitar ciega y dificulta cortar cuando habría que cortar. "Lo que la gente ve menos en el cohabitar es que hace más difícil el romper", insiste. No es que se rompa menos: se rompe más que en las parejas de novios que sólo quedan y salen. Pero, además, se rompe más tarde y peor.

Los sociólogos llaman a esto "la inercia de la cohabitación". Esa inercia no solo implica que puedes alargar una relación tóxica o mala por la dificultad de "empezar de nuevo saliendo de esta casa", sino que hay parejas que pasan de cohabitar a casarse "por inercia". La ruptura llegará más tarde.

No hay estudios sociológicos que demuestren que cohabitar antes de casarse disminuye el riesgo de ruptura. Ni que los que cohabitan rompen menos que los que se casan. Los estudios muestran siempre lo contrario.

Solo recientemente hay algunos estudios que señalan que cohabitar no empeora (aunque tampoco mejora) los índices de ruptura del matrimonio, y se da solo cuando se suman estos factores:

- Haber cohabitado solo con quien luego es tu cónyuge

- Haber empezado a cohabitar teniendo los dos muy claro, y haberlo declarado, que el objetivo era luego casarse

- Empezar esa cohabitación con más de 23 años de edad

Pero "cohabitar con el objetivo firme y declarado de casarse después" no es muy común, en realidad. Normalmente, uno de la pareja lo desea, o espera, o le gustaría y el otro prefiere no pensar mucho en ello, hasta que, quizá, "se desliza".

¿Tienen los dos voluntades declaradas y firme de envejecer juntos? Stanley insiste que esa voluntad declarada de compromiso, de querer vivir siempre juntos, expresada, es lo que da firmeza frente a la ruptura. Esa voluntad declarada y firme es lo que debe haber en un noviazgo. Y el ritual de una boda y el apoyo público de la comunidad tiene, entonces, una eficacia real y da una fuerza real en esos casos a la pareja.

Lo peor es que en la cohabitación uno queda "enganchado" y tarda en ver esas cosas y dar el paso a dejarlo. Cohabitar dificulta ambas cosas: detectar los problemas y cortar la relación: un piso que pagar, un coche compartido, quizá incluso hijos, etc.

"Hay muchas formas mejores de probar una relación que hacer algo que dificulta el romper porque te lo has imaginado todo. Es mejor tomar un curso sobre relaciones (por ejemplo, los cursos prematrimoniales anteriores incluso a prometerse en matrimonio), hablar de cómo será el futuro juntos y ver si sois compatibles saliendo en el noviazgo. Tomad el tiempo de ver a vuestra pareja en distintos ámbitos sociales", propone Stanley.