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El conocido economista explica que su amor por el Vicario de Cristo y la percepción de que la gente necesita valores firmes, claros y absolutos fueron algunos de los motivos que le llevaron a firmar la “Correctio Filialis”.

El portal OnePeterFive publicó el pasado 28 de noviembre la entrevista de la periodista italiana Lorenza Formicola a Ettore Gotti Tedeschi, ex presidente del Banco Vaticano y uno de los signatarios de la corrección filial enviada al Papa Francisco:

Han pasado unos meses desde que se publicó la corrección filial y la confusión permanece. ¿Qué es esta carta, firmada por 62 personas, y entregada en agosto al Papa Francisco?

Sencillamente, es el resultado natural de todos los dubia. Fue entregada al Santo Padre como una súplica filial y devota de laicos que, fieles al Papa y al Magisterio de la Iglesia, están preocupados por las almas que necesitan certezas doctrinales. Hay muchos fieles y sacerdotes -que no tienen nada que ver con la caricatura que se hace de ellos de tradicionalistas siniestros y farisaicos- que luchan para afrontar la confusión causada por múltiples interpretaciones equívocas.

No todos poseen la necesaria capacidad de discernimiento. No todos tienen una conciencia adecuadamente formada. Y muchos se dan cuenta de que están siendo aconsejados por sacerdotes confusos y que confunden. Estos sacerdotes, en su anhelo de interpretar el evangelio y las verdades eternas desde un punto de vista progresista, llegan a ser muy creativos, convencidos que de éste es el modo correcto de hacer las cosas según el deseo del Santo Padre.

Usted es uno de los firmantes más conocidos. ¿Por qué quiso firmar?

Porque me lo exigía mi sentido de la responsabilidad y mi amor por el Vicario de Cristo. También me lo exigía mi conciencia de lo que debería ser la misión de la Iglesia, como también el hecho de ser testigo, como laico, de la relevancia que tiene para el mundo moderno las Cinco Llagas de la Santa Iglesia (del Beato Antonio Rosmini) y la percepción de que la gente necesita valores firmes, claros y absolutos, a todos los niveles, condiciones y edad. El conocimiento de lo que está sucediendo en el mundo también lo exige.

Tuve el privilegio de aprender y compartir con el Cardenal Ratzinger, futuro Benedicto XVI, este punto de vista sobre dicha cuestión; punto de vista que también compartí con otros hombres santos, como el Cardenal Caffarra o el Cardenal Sarah. No dejo que las estrategias ilusorias me confundan: ni las que están basadas en una realidad superior a las ideas, ni las que tienen una política de conversión diferente, cuyo fin es la imposición después de haber llevado el mundo al catolicismo a través del inicio de un diálogo. Tengo serias dudas sobre la posibilidad de una comunicación fácil con un “mundo guiado por la gnosis”. ¿Quién sería capaz de hacerlo?

Hace tiempo que se habla de “herejía”. Pero leyendo esta carta de 25 páginas, no parece que nadie esté acusando al Papa de herejía. ¿O me equivoco?

En la página 13 se puede leer una nota que, de manera concreta, advierte del propósito de la carta.

Si el Papa quiere saber quienes son los enemigos reales y peligrosos de la Iglesia, basta leer algunas de las reacciones a la carta, reacciones escritas por personas que probablemente ni siquiera la han leído, y que si lo han hecho, no han querido entenderla. Una actitud como ésta dice mucho sobre la valía de algunos “intérpretes” no oficiales.

El Vaticano aún no ha respondido. Digamos que más bien, para lidiar con sus asuntos, ha levantado un muro...

A veces no recibir respuesta es una respuesta clara. Es evidente que hay quien piensa que es bueno tener dudas, fomentarlas y difundirlas. ¿Acaso no es éste el modo de preparar el terreno con el fin de proponer nuevas certezas?

Ha pasado un año desde que se publicaron las dubia. Recientemente, el Cardenal Burke ha hablado de un “aumento en la confusión sobre los modos de interpretar la exhortación apostólica”. En su opinión, ¿por qué persiste este clima confuso, incluso después de que el Papa pidiera que cada uno “hablara de ello con un gran teólogo, uno de los mejores y de los más maduros, el Cardenal Schönborn”?

Puedo decir, por experiencia directa y no por haberlo leído en los periódicos, que comparto la opinión del Cardenal Burke. No puedo pronunciarme sobre el Cardenal Schönborn, pues no soy capaz de interpretar sus pensamientos.

Parece que los medios de comunicación quieren ponerle a usted de nuevo en la picota. ¿Puede explicar por qué su firma ha sido considerada -y sigue siéndolo- una “irónica coincidencia”?

Tras mi firma y el ataque de los medios de comunicación sucedieron más cosas. Prácticamente me consideran casi el promotor de la corrección. Un obispo realmente bueno, con el que tenía programada una conferencia desde hacía dos meses, anuló el encuentro aduciendo que era poco adecuado; otro obispo inmediatamente “disuadió” (y canceló) otra conferencia programada en su diócesis; y un tercero pidió a los organizadores de una mesa redonda posponerla debido a mi presencia. También he recibido una corrección pública (que me dolió mucho) por parte de otro prelado, que no me conoce, que no conoce los hechos y las circunstancias y que no se preocupó de buscar información.

Por otro lado, he recibido muchas demostraciones de estima, apoyo y solidaridad, no sólo de la comunidad católica, sino también de un entorno más secular (algo realmente notable). Incluso hay personas preocupadas por el fracaso de la educación católica que recibieron, construida sobre los valores evangélicos; temen que desaparezca.

No hay que olvidar que los valores de la tradición cristiana no se viven, pero se aprecian si la gente que nos rodea los vive. Recordemos que Voltaire, a pesar de despreciar la religión católica, quería que su criado, su médico y su mujer fueran católicos para que no le robaran, asesinaran o engañaran.

Un hijo que le pide explicaciones al padre, ¿debe confiar en que tendrá el apoyo de sus hermanos? ¿O merece ser despreciado?

Hace un año usted escribió: “Tras reflexionar sobre la Exhortación del Papa Francisco Amoris Laetitia, me pregunto si este documento no está basado en la certeza de que la civilización cristiana está fracasando. Si esto es verdad, explicaría por qué la exhortación sugiere, indirectamente, que la ley moral y los sacramentos deben adaptarse a la realidad práctica según las diferentes culturas, y no según los ideales autorizados a los que estamos acostumbrados”. ¿Cree que esto sigue siendo verdad?

No creo que esto siga siendo verdad; creo que “debe” ser verdad. Porque ahora todo debe ser impuesto, visto que no es aceptado por aquellos a los que estaban dirigidos.

A lo largo de este año he percibido, más que un deseo de apertura a la modernidad, un mayor rechazo al relativismo doctrinal. La gente con una conciencia sólida ha comprendido la importancia del riesgo. Todos los sacramentos fracasarán si empezamos a cuestionar el sacramento del matrimonio (no negándolo, sino relativizándolo) y, en consecuencia, el de la Penitencia y, sobre todo, el de la Eucaristía.

Hay aquí una evidente contradicción entre Lumen Fidei y Amoris Laetitia, y se la voy a contar. El Papa Benedicto XVI termina Caritas in Veritate explicando, fundamentalmente, que para resolver los problemas del mundo hay que cambiar el corazón de los hombres (y no los instrumentos); en Lumen Fidei (firmada por el Papa Francisco), se afirma que cambiar el corazón de los hombres es un deber de la Iglesia, que tiene tres instrumentos para conseguirlo: la oración, el Magisterio y los sacramentos. Para ver si la Iglesia está llevando a cabo su misión, basta comprobar si está realizando estas tres acciones y cómo. Y, sobre todo, basta comprobar si la Iglesia está reforzando o debilitando el valor absoluto de los sacramentos deseados por Cristo mismo.

El profesor Josef Seifert ha declarado recientemente que Amoris Laetitia es, en verdad, una “bomba atómica teológica que amenaza con derrumbar todo el edificio moral de los Diez Mandamientos y de la enseñanza moral católica”. ¿Está de acuerdo con esta declaración?

Respondo diciendo que “podría ser”; pero también se podrían socavar tres sacramentos, y todos como consecuencia. Esperamos, no obstante, una intervención del Papa Francisco para prevenir todo esto; tal vez respondiendo, aunque sea indirectamente, a las dubia.