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El fulgurante ascenso del Partido Obrero Nacional Socialista Alemán entre 1930 y 1933, en plena crisis económica – de una extensión y profundidad como jamás se había conocido – se debió a su capacidad de penetración en la sociedad alemana particularmente entre la clase media y media baja, aterrorizada ante la perspectiva de su proletarización y entre los trabajadores sin empleo o en precario.

En términos generales, el apoyo que recibió el nazismo fue mayor entre los hombres que entre las mujeres (al menos hasta el nombramiento de Hitler como canciller), y también fue grande entre los jóvenes, entre los estudiantes y empleados, entre los habitantes de ciudades de tamaño medio, y en el este más que en el oeste.

Pero, en mayor o menor medida, toda Alemania se vio seducida por el mensaje del nazismo. Aunque, con buenas razones, este ha sido propuesto como la cristalización de la ideología de clase media, supo captar a ciertos sectores profesionalmente ambiciosos pero, sobre todo, a las clases a la intemperie, desasistidas no solo en términos sociales, sino también culturales.

Socialistas y católicos

Por el contrario, donde existía una decidida cohesión grupal, el influjo del nazismo fue menor. Así ocurrió entre los trabajadores ligados al SPD – el socialismo alemán – depositarios de una verdadera cultura proletaria socialista de notable autonomía. Y también entre los católicos: en cuestiones de tipo moral, entre los que hay que incluir la eutanasia, la eliminación de los débiles y enfermos y las expresiones más crudas del racismo, el nazismo se mostró abiertamente adverso a las enseñanzas de la Iglesia.

Por eso, en las zonas católicas y en las grandes ciudades, el apoyo al régimen nazi fue más débil – dentro de la entusiástica “oleada nacional” que se vivió en todo el país desde enero de 1933 –. Colonia, en la católica Westfalia, o el socialista Berlín, arrojaron cifras de apoyo electoral al NSDAP que apenas sobrepasaban la mitad de las de Prusia Oriental o Pomerania.

Las relaciones del régimen con la Iglesia católica fueron ambivalentes. Aunque en un principio Roma intentó llegar a un modus vivendi con el sistema hitleriano – como, por otra parte, siempre ha hecho con cualesquiera sistemas -, pronto se reveló que la naturaleza del régimen no toleraba la existencia de organizaciones que escaparan a su control. El Zentrum, el partido conservador católico, había votado en el Reichstag a favor de la concesión de los plenos poderes a Hitler, pero eso apenas pesó en las negociaciones con la Iglesia para establecer un concordato.

Hitler utilizó el Concordato con Roma para avalar su gobierno, pero desde el mismo momento en que se firmó dejó de prestarle interés alguno. Cuando, en los años sucesivos se incorporaron nuevos territorios al Reich, ni siquiera se molestó en actualizar el tratado para extenderlo.

Desde el punto de vista de la Iglesia, el desarrollo del régimen nazi mostró cómo su naturaleza era contraria a la doctrina católica, algo que el propio nazismo evitaba evidenciar, tanto en los años de paz y como mientras duró la guerra.

La división de la sociedad alemana en materia religiosa era percibida con enorme disgusto por todo el nacionalismo alemán, que siempre había considerado el protestantismo como la verdadera religión germana.

Una religión nacional

Para el Nacional Socialismo, y así para el nazismo, la división alemana en materia religiosa era una desgracia nacional. Lo ideal es que el Reich tuviera una sola religión, del mismo modo que el país estaba siendo “coordinado” en otros aspectos. Aunque fuese quimérico pensar en términos de unificación religiosa, al menos a corto plazo, el nacionalsocialismo nunca renunció a ese horizonte.

Lógicamente, dicha unificación religiosa no podía venir del catolicismo, minoritario (en torno el 35% de la población), sino de la Iglesia Evangélica, que había fusionado el calvinismo y el luteranismo a comienzos del siglo XIX. Además, y esto era esencial, el protestantismo no debía obediencia a ninguna instancia extranjera, al contrario de la Iglesia católica.

Tras la toma del poder por los nazis, las iglesias protestantes celebraron una gran cantidad de servicios para reintegrar a los paganos nacionalsocialistas a las filas de la confesión evangélica, incluyendo ceremonias a las que acudían grandes contingentes de camisas pardas.

Culminando este proceso, en noviembre de 1933 el nuevo régimen conmemoró el 450º aniversario del nacimiento de Lutero con gran profusión de medios, mostrando la enorme facilidad con la que el nacionalismo hitleriano podían apropiarse de su figura.

Entre tanto, se había producido un relevo en las autoridades de la Iglesia Evangélica acelerado por la existencia de un numeroso grupo de protestantes ardientemente partidarios del nazismo, los llamados “Cristianos Alemanes”. Dicho grupos, con el explícito apoyo de Hitler, ganaron de forma abrumadora las elecciones de julio de 1933.

Su discurso, elaborado mucho antes de que los nazis llegaran al poder, hablaba de limitar la influencia judía, actuar contra el mestizaje racial y establecer “una fe en Cristo adecuada para nuestra raza”. Muy pronto, las banderas de la esvástica colgaron en las fachadas de los templos protestantes.

Las relaciones con el protestantismo luterano fueron, por tanto, bien distintas a las que el régimen mantuvo con la Iglesia católica. El apoyo al partido fue muy superior en las regiones protestantes, confesiones que se mostraron inicialmente favorables al nazismo aunque, más tarde, algunas figuras destacadas de las mismas se separasen ostensiblemente del régimen.

Pero lo cierto era que la cultura propia del luteranismo en Alemania que se venía expresando desde hacía más de cuatro siglos, tuvo una influencia clara en la génesis del nacionalsocialismo.

Lutero había enfatizado la sumisión del poder social y religioso al poder político posicionándose a favor de la autoridad durante la guerra campesina de 1525 - mientras el catolicismo, por la misma época, iba en sentido contrario -. Para los nobles alemanes, una parte del atractivo del luteranismo residía en su propuesta de expropiar a la Iglesia, cuyos templos y señoríos pasarían a formar parte de su patrimonio. La identificación de las Iglesias protestantes con el poder era completa.

No cabía duda alguna de que Lutero había sido el gran creador de la Modernidad, con su insistencia en un concepto de conciencia que prologa de modo indiscutible el relativismo, y con sus propuestas de tipo político e ideológico de las que emanó una mescla entre absolutismo y democracia tan característica del nacionalsocialismo.

Lutero, el reformador alemán se había posicionado de modo rotundo, subordinándose al poder político. El luteranismo dio el paso de modo natural a las formulaciones más radicales del calvinismo: el propio Lutero disminuía la importancia de la libertad humana hasta el punto de negarla, al afirmar que “es falso pretender que la voluntad es libre de elegir entre el bien y el mal. La voluntad no es libre, es esclava.” De modo que solo había un paso a la predestinación, paso que dará Calvino, y que reserva el mundo para los afortunados, los exitosos y los poderosos: los elegidos de Dios.

Resulta inevitable sacar la conclusión de que estamos ante un utilitarismo ético. Dado que cada conciencia puede obtener una lectura de la Biblia particular e intransferible, las consecuencias de esta afirmación no pueden ocultarse; el propio Lutero dirá que “decir una mentira, necesaria, útil y que te ayuda, no va en contra de Dios, al contrario, Él la acoge voluntariamente sobre sí”.

En este aspecto, cuando Hitler afirmaba que “jamás diría una mentira en mi beneficio personal, pero no hay mentira que no esté dispuesto a decir por Alemania”, estaba condensando una enseñanza difícilmente disociable de Lutero. En 1933, el coordinador estatal de la Iglesia Protestante, August Jägger, remarcó que Hitler estaba completando lo que en su día empezó Lutero. Ambos, insistía, “trabajaban para la salvación de la raza alemana”.

No cabe duda de que tal afirmación podía contener un porcentaje de exageración y propaganda, pero en conjunto el argumento resultaba creíble, algo en lo que una mayoría de alemanes protestantes estaba de acuerdo.

El Führer se refería a Lutero con frecuencia en sus conversaciones. Parece claro que se veía a sí mismo, y a su obra, el nacionalsocialismo, como una continuación de la obra de Lutero en cuanto a que este había iniciado la revuelta antirromana. Cuando Hitler hizo aprobar el programa del partido en 1920, trazó un paralelismo entre este y la protesta de Eisleben del 31 de octubre de 1517, fecha en que clavó sus 95 tesis en la puerta de la iglesia del palacio de Wittemberg.

Tras la declaración de guerra británica en septiembre de 1939 Hitler reflexionó acerca del paralelismo de su vida con la de Lutero; él no quería la guerra contra Londres, del mismo modo que Lutero no la había querido contra Roma: a ambos les había sido impuesta.

En realidad, según Hitler, Lutero había sido un rebelde porque había establecido que los textos sagrados contenían cosas malas y “no deseaba de ningún modo que la humanidad se plegara a la letra de la Biblia”. Del mismo modo, había que abandonar la dogmática cristiana y pasar a la parte práctica: de acuerdo a la propaganda, el nacionalsocialismo representaba un “cristianismo positivo”.

La traducción que Lutero había hecho de la Biblia, lejos de suponer un acercamiento del texto sagrado al pueblo llano, en realidad identificaba la causa nacional, a través de la lengua, con la palabra de Dios. Resultaba plena de lógica la esencial identificación del nacionalismo alemán con Lutero; el nacionalismo alemán era de espíritu – y frecuentemente, de abierta confesión – protestante. En cuanto que “nacionalizaba” el cristianismo y le privaba de sus elementos judaizantes.

Para Hitler, la postura inflexiblemente antisemita que Lutero manifestó pasados unos años, tras la protesta inicial, resultaba muy sugerente. En un principio Lutero estaba convencido de que los judíos se convertirían a sus doctrinas, como lo habían hecho algunos príncipes alemanes atraídos por conveniencias de diverso tipo – todas ellas muy materiales -; de la frustración de su mal cálculo nació un implacable odio a los judíos, a quienes calificó como “una plaga, una pestilencia, una calamidad”.

En sus conversaciones privadas, Hitler hacía frecuente referencia al “espíritu de Lutero”, que significaba ese antisemitismo radical. Como el elemento definidor de la germanidad opuesta a Roma era la nueva predicación protestante, no profesarla equivalía a rechazar esa identidad. Los hebreos, por tanto, se excluían a sí mismos de la comunidad. De modo que un exasperado Lutero se preguntaba: “¿Qué quieren que hagamos nosotros los cristianos con este pueblo maldito y réprobo?”

Los “malditos y réprobos” se habían condenado a sí mismos: “Este pueblo, dejado ya de la mano de Dios... está poseído por el demonio... y por su legión de ángeles caídos...de forma que ya no saben hacer otra cosa que mentir, difamar, blasfemar y comportarse de mala fe...” El que los judíos denigren a Jesús y a la Virgen, le lleva a zoomorfizarlos como “gusanos”, “puercos”, “perros” y “asquerosos burros”.

Lutero, hombre apasionado y habituado a llevar las cosas hasta su lógica conclusión, no se limitó a señalar esto, sino que también propuso medidas concretas para solucionar el problema.

Lutero exigirá a las autoridades que tomen medidas. Medidas duras, como corresponde a los delitos cometidos. Aunque de forma un tanto inconsecuente, Lutero recomienda la adopción de medidas como la quema de las sinagogas y la destrucción de las casas donde vivan judíos, la prohibición de celebrar en público todos sus ritos y ceremonias religiosas y la expropiación de todos sus bienes.

Al mismo tiempo considera que ambas comunidades – la cristiana y la hebrea – han de vivir separadas y, finalmente, que los judíos han de ser expulsados de Alemania. Inconsecuente porque, de ser expulsados los judíos, proponer el resto de medidas no tiene sentido alguno.

En cualquier caso, es imposible no considerarlo un prólogo de la política racial y antisemita del régimen nazi. También el nazismo comenzó considerando la expulsión de los judíos, como Lutero, pero concluyó proponiendo medidas más radicales. Lo que quizá resulte sorprendente es que el propio reformador alemán propusiese la adopción de políticas más contundentes si las anteriores no funcionaban, políticas que resumía en “cazar a los judíos como a perros”.

Para Lutero, aún existía una salida: la conversión al cristianismo reformado. Pero llegaría un día en que la condición judía no tendría que ver con la religión, sino con la biología. Y la biología no admite posibilidad alguna de conversión.