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La repetición de los ataques terroristas provocados por musulmanes ha hecho que muchos se pregunten si el problema está en una mala interpretación del Islam o en el Islam mismo. Es decir, si los asesinos que matan a inocentes, a veces provocando su propio suicidio, están limitándose a cumplir estrictamente lo que enseñó Mahoma o si, por el contrario, están desvirtuando y traicionando las enseñanzas contenidas en el Corán. En Occidente nos hemos instalado en una clasificación muy simple: Hay un Islam auténtico, que es el que rechaza la violencia -el de los musulmanes moderados- y hay un Islam falso, que es el de los radicales. Pero esta división de los musulmanes en blanco y negro está siendo cada vez más cuestionada. Lo hace nada menos que uno de los mayores expertos en el Islam, el sacerdote jesuita egipcio Samir Khalil, que dice cosas que no nos gustaría escuchar porque abren la puerta a un futuro aún más temible que el que ya tenemos.

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La Iglesia se encuentra sometida a una campaña de acoso y derribo por parte de los señores del mundo, que lleva a algunos eclesiásticos a dar la razón a los poderosos aceptando lo que ellos propugnan y a otros a silenciar la parte más espinosa del mensaje católico para no molestarles. Afortunadamente hay pastores que sí hablan y lo hacen jugándose la vida.

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Cuentan que, estando en la cárcel el pastor protestante Bonhoeffer, por su oposición al nazismo de Hitler, otro pastor protestante fue a verle para convencerle de que se uniera a los que apoyaban al dictador. Dicen que le dijo: “Mira a dónde te ha conducido tu comportamiento”. A lo que el futuro mártir respondió: “Fíjate también tú a dónde te ha conducido el tuyo”. Y es que hay épocas, como decía Solzhenitsyn desde el gulag de Siberia donde le metieron los comunistas, en las que el único sitio donde un hombre honrado puede estar es en la cárcel. Por supuesto que los que renuncian al martirio lo hacen llenos de lo que el mundo llama “sentido común” y reciben a cambio honores y dignidades -civiles o eclesiásticas-, a la par que son ensalzados como gente sensata. Los otros, en cambio, son presentados ante la opinión pública como integristas, radicales peligrosos, fundamentalistas, y no se duda en afirmar que si terminan su vida bajo la tortura es porque ellos lo han querido así, a pesar de los muchos intentos que sus nobles y buenos verdugos hicieron para evitar hacerles daño; la culpa era de ellos y no de los que les quitaron la vida en medio de los tormentos, los cuales, pobrecillos, no tuvieron más remedio que hacerlo.

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¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos?. El letrado contestó: El que practicó la misericordia con él. Le dijo Jesús: Anda, haz tú lo mismo. (Lc 10, 29-37) La parábola del buen samaritano nos pone ante los ojos un ejemplo clásico de lo que Jesús considera un buen modelo de comportamiento. Esa parábola tenía, además, una segunda lectura, pues el protagonista era “samaritano”, un hombre perteneciente a una raza despreciada por los que se consideraban el “pueblo elegido”. La lección es sencilla: se es “pueblo elegido” sólo si se ama. El amor no puede ser sustituido ni siquiera por la oración y los sacramentos, cuando lo que Dios pide en un momento concreto es que se ayude al prójimo. Rezar, comulgar o confesarse son una manifestación de ese amor, pero no pueden considerarse como las únicas expresiones del amor, sobre todo a costa de olvidar las que hacen referencia a las necesidades del prójimo.

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“Eucharistomen”, acción de gracias, agradecimiento. Es la palabra que el Papa Benedicto ha elegido para expresar lo que siente en el 65 aniversario de su ordenación sacerdotal, celebrado esta semana. Una acción de gracias que el Papa emérito ha querido ofrecer explícitamente a su sucesor, el Papa Francisco, en una cariñosa dedicatoria, también afablemente correspondida por éste.

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“Mirad que os mando como corderos en medio de lobos. No llevéis talega, ni alforja, ni sandalias; y no os detengáis a saludar a nadie por el camino.” (Lc 10, 3-4)  Ser corderos en medio de lobos. Ese es uno de los grandes retos del cristianismo. Así lo mandó Jesús a sus discípulos y así lo practicaron ellos tras habérselo visto hacer a Él. Sin embargo, en otra ocasión, el Maestro nos invitó a ser astutos como serpientes a la par que sencillos como palomas.

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