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He leído con mucho interés la exhortación apostólica “Gaudete et exultate” del papa Francisco sobre el llamado a la santidad en el mundo actual.

Mucho que comentar, mucho que discernir, mucho que meditar, que otros explicarán mucho mejor que este su seguro servidor. Dicho esto, me parece que es un enorme acierto de Francisco recordarnos la esencia de la vida cristiana: la santidad. Así lo leemos ya en el número primero de la exhortación: “Él nos quiere santos y no espera que nos conformemos con una existencia mediocre, aguada, licuada”.

Me agrada porque siempre me ha dado mucho miedo que nos conformásemos con una vida presuntamente cristiana que, en realidad, no sería más que una forma arreligiosa de hacer el bien. Tanto oímos hablar de emigrantes, refugiados, pobres y necesitados de afecto, y de la necesidad de salir al encuentro de los hermanos con carencias, que podríamos llegar a pensar que eso y no otra cosa fuera la esencia de la vida cristiana. Encontrarnos con una exhortación apostólica que nos recuerde que la esencia es la santidad, es ciertamente gratificante.

Por otra parte, es recordar lo que ha sido siempre la vida del cristiano: llegar al cielo desde su propio estado de vida. En Madrid tenemos el gran ejemplo de San Isidro labrador, santo desde el arado, la vida de agricultor, el matrimonio y la paternidad. Por otra parte, uno de los más conocidos santos del siglo XX, san Josemaría Escrivá, hizo precisamente de la vivencia de la santidad en la vida ordinaria el centro de su predicación y de su obra.

Leyendo y releyendo la exhortación apostólica he decidido quedarme y destacar una de las frases, que me parece sería la base del proyecto de santidad que Dios tiene para todos nosotros. Tan esencial la frase, que el papa Francisco la considera esencial y todo lo demás notas accesorias.

Efectivamente, en su número 110 el papa Francisco afirma: “Dentro del gran marco de la santidad que nos proponen las bienaventuranzas y Mateo 25,31-46, quisiera recoger algunas notas o expresiones espirituales que, a mi juicio, no deben faltar para entender el estilo de vida al que el Señor nos llama. No me detendré a explicar los medios de santificación que ya conocemos: los distintos métodos de oración, los preciosos sacramentos de la Eucaristía y la Reconciliación, la ofrenda de sacrificios, las diversas formas de devoción, la dirección espiritual, y tantos otros. Solo me referiré a algunos aspectos del llamado a la santidad que espero resuenen de modo especial.”

Es decir, hay métodos de santificación suficientemente conocidos: oración, sacramentos, devociones, ofrenda de sacrificios, dirección espiritual... a los que se pueden añadir algunos aspectos. Destaco esto porque sería preocupante que nos quedásemos en aspectos, problemas, posibles errores... mientras se nos escapa lo fundamental: oración, vida sacramental...

Mi resumen sería destacar que la última finalidad de la vida cristiana es la santidad, y que el camino de la santidad es un camino de gracia que se nutre de la oración y la vida sacramental.

Posiblemente el resto de la carta sea lo que más comentarios suscite. Hay materia para ello, pero me van a permitir que me quede en lo que me parece esencial y al resto le dé la importancia relativa que merece.