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Platicando con varias personas sobre el momento electoral que vivimos, me dicen que ya no saben por quién votar. Algunos ya habían pensado por quién hacerlo, pero se desconciertan ante lo que ven y oyen, sobre todo en los medios. Los debates entre los presidenciables a unos los confirman, y a otros los hacen dudar. Como ministro de culto, no debo usar los medios que la religión me ofrece para influir en la comunidad a favor o en contra de un candidato, pero puedo expresar mi particular punto de vista en las conversaciones personales.

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Estamos casi en la recta final de las campañas electorales, hacia el próximo 1 de julio. Todos los candidatos, sobre todo los presidenciales, prometen acabar con la corrupción, la violencia, la inseguridad, la pobreza y todas las plagas sociales que nos aquejan. Para ello, ofrecen crear empleos, mejorar salarios, atención al campo, apoyos a los menos favorecidos, becas a estudiantes, policías más eficientes, un ejército respetuoso de los derechos humanos, combate frontal a la delincuencia, etc. Todo eso está muy bien. Pero anteriores candidatos han ofrecido lo mismo, y no lo cumplieron a cabalidad; por ello, hay tantas inconformidades y desconfianzas. No hay que dejarse contaminar por la publicidad del que más ofrece, sino analizar la coherencia de su vida y las garantías que nos da de cumplir sus ofrecimientos. Hay que conocer sus aliados, porque si éstos son turbios, violentos e irresponsables, hay que desconfiar.

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La política partidista está muy desprestigiada. A pesar de que, en tiempos electorales, los candidatos se esfuerzan por hacerla creíble y atractiva, la mayoría desconfía de los políticos, los considera corruptos y convenencieros, vividores del sistema y encadenados a una serie de intereses y compromisos que los condicionan.

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Ante el ambiente tenso que vive el país por el proceso electoral, muchas personas menosprecian la política, como si fuera un permanente campo de batalla para enriquecimiento de unos cuantos, como si fuera una lucha para lograr un poder por tres o por seis años a costa de lo que sea, como si fuera una contienda por descalificar a los otros y presumir de sí mismo como la mejor opción. Por ello, según encuestas no muy remotas, son los partidos políticos los que, entre la población, tienen el menor crédito, la menor confianza.

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Todos los candidatos a la presidencia de la República se llenan la boca prometiendo terminar la vergonzosa corrupción que nos invade por todas partes. ¿Esto es posible? Desde luego que lo es, pero lo importante es comprobar los medios con que realmente cuentan para lograrlo. No es fácil ni sencillo cumplir esta promesa de campaña. Otros han prometido lo mismo, y no lo han conseguido, aunque a nivel personal no se les puedan comprobar actos de corrupción. El problema es, lamentablemente, bastante institucional y generalizado. A todos nos atrae el dinero y no cualquiera vence la tentación de robar lo que no es suyo.

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Ya estamos hartos de tanta propaganda electoral. Lo que más molesta es el tono de las afirmaciones que hacen los candidatos, tanto los presidenciables como los de otros niveles. Se proponen como los únicos que saben lo que se debe hacer, como los que tienen la solución a todos los problemas que nos aquejan; por tanto, como la mejor opción. Se insultan, se desprecian, se calumnian, intentan destruir a los otros y quedarse con el puesto al que aspiran. Pareciera que todos los demás, menos ellos, son corruptos, ignorantes, despreciables, incapaces, desechables por consiguiente. Nadie se muestra humilde; nadie reconoce sus limitaciones y sus errores; nadie valora lo bueno que los demás tienen; nadie aprende de los otros, sino que los otros deben aprender de él. No se escuchan, sino que están pendientes de los errores ajenos, para criticarlos y noquearlos. ¿Hay candidatos humildes, sabios, maduros, abiertos a aprender de los demás, o todos son orgullosos, engreídos, agresivos, impositivos?

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Ya pasó el primer debate de los cinco candidatos a la presidencia de la República. A algunas personas, le sirvió para confirmarse en su opción de voto; a otras, para tener más dudas sobre a quién confiarle su decisión; y de seguro unas más, después de ver el desarrollo de su candidato, decidieron cambiar su opción. Pero a muchísimos ciudadanos no les importó conectarse para escuchar el debate, pues son otras sus preocupaciones y otros sus intereses.

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Durante la reciente asamblea plenaria del episcopado mexicano, tuvimos la oportunidad de recibir, en tiempos diferentes, a cuatro de los cinco candidatos a la presidencia de la República. En media hora, cada quien nos expuso su propuesta; luego les dijimos una palabra de lo que esperamos de ellos; al final, hubo oportunidad de algunas preguntas. Fueron encuentros serenos, pacíficos, respetuosos, con la oportunidad de escucharnos unos a otros. Con nadie se hicieron compromisos de campaña, ni se ofrecieron apoyos en votos particulares.

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Leyendo algunos autores, me llama la atención que hablen de un “invierno eclesial”, porque resaltan algo que es verdad: Algunas iglesias europeas se van quedando vacías, sólo participan en las Misas personas mayores y ancianas, hay muy pocas vocaciones sacerdotales y religiosas, el número de quienes se declaran católicos va descendiendo y aumenta el indiferentismo, cosa que también sucede en nuestra América Latina. Esto es innegable, y no se debe sólo a los escándalos por los casos de pederastia clerical, sino sobre todo al ambiente de secularización que se agudizó desde hace décadas.

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Esta es una frase inspirada en lo que dice el apóstol Pablo en su carta a los romanos (8,22), que adquiere ahora una implicación ecológica.

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Este 13 de marzo se cumplen cinco años de que fue elegido el Papa Francisco como Sucesor de Pedro, Vicario de Jesucristo. Con esta ocasión, no faltan comentarios en favor y en contra. Algunos, que se consideran especialistas en asuntos vaticanos, aventuran todo tipo de opiniones, con criterios muy a ras de tierra, interpretando lo que el Papa hace o deja de hacer, como si conocieran todas las implicaciones que hay que tomar en cuenta cuando él debe tomar decisiones. Yo ratifico mi convicción de fe en el sentido de que es el Espíritu Santo guía a su Iglesia, y la designación de este Papa es una manifestación de que él actúa, a través de las mediaciones eclesiales.

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