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Ha concluido mi servicio como obispo en Chiapas, que duró 27 años: un poco más de 9 en Tapachula y 17 y medio en San Cristóbal de Las Casas. Regreso a mi diócesis de origen, Toluca, donde me dedicaré, mientras Dios me conceda salud y vida, a escuchar a las personas en confesión y en asesoría espiritual, de acuerdo con el obispo diocesano y la comunidad presbiteral y laical. Mi sucesor es Mons. Rodrigo Aguilar Martínez, hermano, amigo y pastor de plena confianza.

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Estamos concluyendo un año y a punto de iniciar otro. Nos animamos unos a otros, nos abrazamos y nos deseamos lo mejor; pero en el fondo del alma, vivimos con angustia, con preocupación, con miedo e inseguridad. En los noticieros, se resaltan crímenes, asaltos, robos, secuestros, accidentes, casos de corrupción, etc. A veces ya ni ganas dan de ver noticias, pues resaltan con lujo de detalles lo malo, lo negativo. Pareciera que lo bueno no es noticia. Rara vez resaltan los avances, lo positivo, lo bonito y alentador. Algunos medios que sólo se dedican a criticar, a culpar a medio mundo, son los que más se venden; para ciertas personas, son los únicos que merecen confianza y les creen todo, aunque sean medias verdades.

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Son frecuentes los conflictos en todos los niveles: en la familia, en el barrio, entre grupos, entre pueblos, entre partidos, entre naciones y aún entre creencias. Algunos problemas parecen lejanos, pero en muchos debemos intervenir, pues no podemos pasar indiferentes ante tanto sufrimiento.

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En México, con cerca de 120 millones de habitantes, el 83.9% se declara católico, según el censo oficial del año 2010. Hubo un descenso de católicos, pues en el año 2000, éramos el 88.22%. Disminuimos 4.32%.

En Chiapas, con 5 millones actuales, la pertenencia a la religión católica ha ido descendiendo en forma progresiva. De 1970 a 1980, dejaron el catolicismo el 14.3% de la población. De 1980 a 1990, el 9.3%. De 1990 al 2000, el 3.44%. Del 2000 al 2010, volvió a subir al 5.86%. Hoy, nuestro Estado registra el más bajo porcentaje de católicos; somos sólo el 58.30%. Los grupos evangélicos o protestantes, de muy diversas denominaciones y con muchas fracturas internas, aumentaron sólo en un 4.76%; son el 27.35%. No todos los que dejaron de ser católicos se pasaron al protestantismo. Lo más preocupante es el alto número de personas que se declaran “sin religión”; son el 12.10% de la población. También tenemos pequeños grupos de musulmanes, judíos y algún budista, más agnósticos e indiferentes, y hasta anarquistas de profesión.

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En la medida en que avanzamos hacia las elecciones federales, estatales y municipales del 1 de julio de 2018, se van aclarando los panoramas, se van definiendo las candidaturas, se consolidan las alianzas, se presentan varias alternativas. Sin embargo, muchos ciudadanos se sienten desconcertados, porque no saben por quién inclinarse. Nos abruman y nos saturan con tal cantidad de anuncios partidistas, que llegan a causar repulsión, rechazo, fastidio, cansancio y desconfianza. Pareciera que la verdad y el bien dependen de la astucia para difundir propaganda a favor de determinada opción, y no tanto de las propuestas, o de la calidad de las personas. Y lo peor: es la fuerza del dinero la que se impone. Quien tiene más recursos económicos, puede pagar más espacios publicitarios en los medios comunes y en las redes sociales. Hay quienes fincan sus esperanzas de triunfo en regalar dinero a los pueblos pobres, que no fácilmente vencen la tentación de apoyar a quien les obsequia más cosas, o les promete lo que es difícil cumplir. Hasta la fecha, tenemos problemas en varias partes, porque los ciudadanos no han recibido lo que, en campañas pasadas, les prometieron. Y aún más lamentable es que hay quienes aspiran a un puesto público y se cuelgan del que parece que va a ganar. No lo hacen por opción de servicio, ni por convicción partidista, sino por asegurar un sueldo en el sexenio venidero. Esto es degradar la política a una inversión económica.

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El 31 de octubre pasado, se cumplieron 500 años del inicio de la reforma que promovió Martín Lutero. Es verdad que su intención inicial era reformar algunas cosas negativas que había en la Iglesia Católica; sin embargo, su oposición a Roma se contaminó con intereses políticos de aquellos lugares y tiempos, y desarrolló doctrinas no sólo contra el Papa y la jerarquía, sino también contra varios sacramentos, a partir de su principio de la libre interpretación de la Biblia. Según él, el Espíritu Santo ilumina a cada quien para interpretar la Palabra de Dios, sin ninguna intervención o mediación de aquellos a quienes Jesús dejó como maestros en la fe, los apóstoles y sus sucesores. Esto ha dado lugar a una incontable e imparable multiplicidad de nuevas religiones, pues muchos se sienten iluminados y fundan una nueva religión, condenando como erróneas a todas las demás. Conozco a varios fundadores de religiones que pertenecían a x denominación, pero tuvieron diferencias con su pastor, se salieron, atrayendo a grupos de personas, y fundaron una nueva religión, que con el tiempo recibió el reconocimiento jurídico de la Subsecretaría de Asuntos Religiosos, de la Secretaría de Gobernación. La división actual no afecta sólo a la Iglesia Católica, sino que entre ellos mismos hay grandes divisiones, lo cual es muy triste y lamentable.

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Los obispos mexicanos, con las aportaciones de muchas personas del país, estamos elaborando un Proyecto Global Pastoral, al que hemos puesto dos fechas como referencia: el año 2031, en que se cumplen 500 años de las apariciones de la Virgen de Guadalupe en 1531, y el año 2033, a los dos mil años de la muerte de Cristo, acaecida, según el calendario actual, en el año 33 de nuestra era. Habíamos pensado aprobarlo en nuestra reciente asamblea plenaria, pero decidimos esperar hasta abril próximo, para dar oportunidad de que más personas sean escuchadas y nos den su punto de vista, y así se involucren en su proceso y posterior ejecución. No es un Proyecto para que se ponga en práctica hasta aquellos años, sino un camino iluminador para llegar a esas fechas con una Iglesia más renovada.

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El próximo domingo 19 de noviembre es la Jornada Mundial de los Pobres, establecida por el Papa Francisco. Nos ha pedido que demos a los pobres la real importancia que tienen en el corazón de Dios, y que durante esta semana demos signos de que en verdad nos importan. Sin embargo, para muchísimas personas, esta invitación ha sido ignorada, o no se le ha dado el realce que merecería. No falta quien la considere como otra ocurrencia populista del Papa.

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Desde el 1 de mayo de 2015, al cumplir 75 años de edad, presenté al Papa Francisco mi renuncia a la diócesis de San Cristóbal de Las Casas, como indica el Código de Derecho Canónico: “Al Obispo diocesano que haya cumplido setenta y cinco años de edad, se le ruega que presente la renuncia de su oficio al Sumo Pontífice, el cual proveerá teniendo en cuenta todas las circunstancias” (c 401,1). Me fue aceptada el pasado 3 de noviembre.

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Ya estamos en plenas precampañas electorales, tanto para renovar la presidencia de la república, como varias gubernaturas, diputaciones y presidencias municipales. Una gran parte de la opinión pública del país ha expresado su rechazo y desconfianza hacia los actuales partidos políticos y hacia la forma como se maneja nuestra democracia. Escuchamos todo tipo de propuestas, de alternativas, de ofrecimientos, pero mucha gente ya no sabe a quién creerle. Las propagandas se esfuerzan por ser muy creativas, para atraer simpatizantes, pero, lamentablemente, hay quienes sólo piensan en su futuro inmediato, en un puesto seguro con cualquier partido que parezca el que tiene más probabilidades de ganar, no tanto por su ideología o por su amor a la patria. Pareciera que la política es más una lucha por el poder y el dinero, que un servicio leal y generoso a la comunidad.

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Dedicamos a este tema el curso anual que tenemos en la diócesis para la formación permanente de religiosas, sacerdotes y laicas comprometidas a tiempo completo en la pastoral. No fue sobre ideología de género, como si hubiera tantos géneros cuantas tendencias sexuales, sino sobre la relación, el trato, la comunicación, la interacción entre varones y mujeres, para que en la vida y en la pastoral cada quien ocupe su lugar conforme al plan de Dios. Recordamos que a ambos géneros Dios nos hizo a su imagen y semejanza, con la misma dignidad; no idénticos, sino diferenciados, y no sólo biológicamente, sino en todos los demás aspectos de la persona. Es hermoso y fecundo contar, en la diócesis, con equipos pastorales integrados por ellas y ellos, pues ni los presbíteros podemos aportar lo que es muy femenino y que enriquece mucho a la Iglesia, ni las mujeres han de prescindir de la jerarquía eclesial, sólo por ser varones. Nos complementamos y nos necesitamos. Persisten, sin embargo, desconfianzas y rechazos que no corresponden al estilo de Jesús, y nuestro curso nos ayudó a avanzar en esta interrelación madura y fecunda.

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