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Hace mucho tiempo que hemos incardinado los comentarios acerca de la obra de la Venerable Marta Robin (francesa ella, de nacimiento y de nación) en la serie sobre la oración.  Sin embargo, es de recibo reconocer que desde hace mucho tiempo, también, no trata lo que traemos aquí de oraciones, en sí mismas consideradas (algunas veces sí, claro) sino de textos espirituales que nos pueden venir muy bien, primero, para conocer lo más posible a una hermana nuestra en la fe que supo llevar una vida, sufriente, sí, pero dada a la virtud y al amor al prójimo; y, en segundo lugar, también nos vendrá más que bien a nosotros, sus hermanos en la fe que buscamos, en ejemplos como el suyo, un espejo, el rastro de Dios en una vida ejemplar que seguir.

Sobre la pasión en sí misma vivida – Lo que debió pasar Cristo

“Cada jueves todo mi ser está abrazado por sufrimientos especiales, angustias, tristezas, dolores del alma, del corazón y del cuerpo, que van en aumento en actividad y a medida que me acerco al estado de agonía.”

La Venerable Marta Robin, pasando por el estado físico y espiritual por el que pasó el Hijo de Dios nos pone sobre la pista de qué es lo que sucedió en el corazón del Maestro de Nazaret y de nuestro hermano Cristo.

Resulta importante conocer que el sufrimiento del Hijo de Dios no empieza con el dolor físico del Viernes Santo, lo que, por ejemplo, refiere Marta Robin al decir eso del “estado de agonía”. No. En realidad, empieza más de un día antes en aquel día que, según decimos, reluce más que el sol pero que, como vemos, fue el inicio de un final terrible y doloroso. Y nos referimos al Jueves Santo, aquí, simplemente, jueves.

“Todo mi ser”. Lo que quiere decirnos nuestra hermana Marta es que cuando empieza a sufrir lo hace de forma total. Por tanto, tanto el cuerpo como el alma entrará en un estado francamente mejorable y será lo que hemos dado en llamar Pasión de Nuestro Señor Jesucristo que, como decimos, empieza el mismo jueves de aquella Cena que tantas cosas cambió.

Sí, es más que posible que fueran momentos de gozo porque Jesucristo estaba comiendo con sus discípulos más allegados. Sin embargo, aquí, en aquel momento y, para Marta Robin, cada jueves desde que empezó aquello para ella, es el tiempo de muchas certidumbres consecuencia de lo que había pasado Jesucristo.

Muchas cosas no andaban nada bien para el Maestro que había llegado al mundo para que el mundo se salvase. Y eso lo expresa muy bien nuestra hermana Marta.

Así, dice, por ejemplo, que eran unos sufrimientos muy especiales. Y lo eran no porque fueran físicos (esos vendrían después) sino porque lo eran espirituales que, como suele ser de ordinario suceder y pasar, duran más que los primeros.

Los sufrimientos tenían que ver con la propia situación del Hijo de Dios. Y es que había procurado, con su predicación, enseñar a todo aquel que quisiese aprender. Sin embargo, pasa por “angustias, tristezas, dolores del alma, del cuerpo y del corazón”.

Mentiríamos di dijéramos que esto es poca cosa. Y es que no podemos imaginar nada peor que, dado como habían sido los años de predicación y enseñanza de Jesús de Nazaret, aquellos a los que había procurado poner en el camino que lleva, recto, al definitivo Reino de Dios, no acabasen de comprender y fueran tan de corazón duro.

Podemos imaginar que las angustias de Jesucristo tuvieran mucho que ver con la desazón que podrían producir en su corazón la falta de escucha de muchos y la falta de ganas de comprender de la gran mayoría; que las tristezas estuvieran muy relacionadas con las lágrimas vertidas por el Único Santo al ver que no era comprendido y que la perdición de muchos andaba en camino; que los dolores del alma eran expresión de un corazón tierno que sufre por las incomprensiones y la manipulación de su Santa Palabra.

Pero también nos dice La Venerable Marta Robin que todo aquello iba en aumento. Y es que había que añadir, a lo dicho, el puro sufrimiento físico que comenzó a padecer desde el mismo momento en que Judas lo besó en Gethsemaní.

Aquello por lo que pasó Jesucristo es probable que haya sido sufrido por unos pocos discípulos de Cristo a lo largo de la historia de nuestra fe católica; otros han recibido los estigmas de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo. Y Marta Robin, que obtuvo, por gracia de Dios, las dos realidades espirituales, no duda en afirmar lo que debió pasar aquel hombre que, siendo Dios, quiso abajarse para ponerse a nuestra altura (eso sí, sin pecado alguno) y procurarnos la salvación. Por eso debemos dar las gracias al Todopoderoso por haber suscitado ejemplos como el de Marta Robin que consigue acercarnos (hasta casi ver) la causa de nuestra salvación eterna.