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No podemos negar que muchas veces nos sorprenden los inventos que el hombre, con la ayuda inestimable de los dones de Dios, es capaz de llevar a cabo. Por eso estamos donde estamos en este siglo XXI y no nos hemos quedado quietos en aquellos primeros momentos de nuestra creación. Podemos decir, y no nos equivocaremos, que el Padre nos dio un corazón, además de limpio (aunque luego pasó lo que pasó) muy proclive a hacer rendir las neuronas.

Haciendo de esto algo de humor negro, hasta el pobre Caín hizo algo impensable con una quijada de animal. Le dio uno uso que, con toda seguridad, no era el que tenía destinado a tener. Y es que el hombre, hasta en esto, es capaz de hacer algo nuevo con lo viejo.

Esto, de todas formas, lo dejamos escondido (esto sí), bien escondido, debajo de algún celemín para que se vea lo mínimo posible y no dar malas ideas a nadie...

En fin. El caso es que, como decimos, somos capaces de inventar lo inimaginable. Hasta hay quien dice que algunos tratan de descubrir la inmortalidad. Y es que esto ha sido, desde que el hombre es hombre, el sueño inalcanzable de todo aquel que no sabe dónde tiene su límite y, sobre todo, el de quien ignora, al parecer, que el único que es eterno de toda eternidad es Dios quien, no por casualidad, nos ha creado a cada uno de nosotros con el concurso de nuestros asustados padres terrenos.

De todas formas, todo lo que, al ser inventado, sirva para el bien de la humanidad ha de tener en refrendo, la aprobación, de todo aquel que se sabe hijo de Dios y quiere, como es lógico, que las cosas vayan mejor si es que eso supone que vayan por el camino trazado por Dios para su descendencia humana. Y es que hay quien, inventando, no hace más que equivocar parte de la senda y se sale de ella con algún que otro mal pretexto de egoísmo personal. Pero a tales personas no va dirigido esto, aunque, bien pensado, a lo mejor podrían cambiar el rumbo y volverse a situar en el camino de ladrillos como si se tratase del mítico Mago de Oz sabiendo, eso sí, que su destino es mucho mejor que la de aquel grupo escaso de amigos bien extraños.

Cuando en la famosa zarzuela se dice aquella famosa frase de “es que las ciencias avanzan que es una barbaridad” no nos sorprende nada que quisiesen referirse a inventos puramente humanos. Y es que aquellos, en aquellos antiguos tiempos, aún tenían mucho que conocer y cada apertura del conocimiento era como abrir una ventana hacia un futuro que, cada día, se presentaba más sorprendente. Sin embargo, nosotros no nos referimos a eso sino a otro tipo de inventos que tienen todo de espiritual aunque pudiera parecer que no hacemos, sino, uso de algo que está echando su cuarto a espadas en cuanto acercamiento entre personas o, simplemente, acontecimientos en los que queremos estar presentes de una forma tan directa que pareciera que no queremos perdernos ninguno de ellos.

Nos referimos, claro está, a la utilización de la técnica fotográfica para dejar constancia de nosotros mismos en tal o cual situación. Y sí, nos referimos al palabro inglés que, de uno mismo, un en sí mismo, hace una realidad presente: el selfie.

Alguien puede decir que estamos algo equivocados porque ¿qué tiene que ver con la fe cristiana, aquí católica, esto de tal tipo de imágenes?

Sin embargo, no queriendo contrariar tal pensamiento, podemos decir que podemos hacer uso de tal avance de la técnica para hacernos, eso, un selfie, pero con alguien muy especial para nosotros. Y es que si hay alguien que no esté de acuerdo en hacerse uno con la Madre de Dios, digamos, en directo, que levante la mano y lo diga. Y no decimos que tire la primera piedra porque siempre puede haber quien tenga afición a echar, sobre los demás, sus culpas propias...

Todo lo dicho hasta ahora, ahí arriba, es para animarnos a usar tal técnica pero aplicándola a una hipotética sesión fotográfica que, de improviso, nos pudiera surgir. Y no queremos referirnos a ningún tipo de aparición de la Virgen María (la Madre sabe qué hacer a tal respecto) sino a una imaginaria situación que se nos pudiese presentar sin nosotros haberlo esperado.

De todas formas, no podemos negar que nuestra Madre del Cielo estaría más que dispuesta a tal tipo de situación pues ¿qué mejor para Ella que siempre nos quiere cerca que tenernos a tan escasa distancia del alma?

Por cierto, si un selfie, ordinariamente, se hace, digamos, de improviso, casi sin pensarlo (como decimos arriba), aquí vamos a hacer uno que, en esto, es totalmente innovador: vamos a pensar más que bien qué supone el mismo, cómo nos presentamos nosotros ante la cámara del alma y cómo, por fin, se presenta la Virgen María con su Niño en brazos. Y es que en esto, también Ella nos permite hacer cosas distintas...

1 -   La Virgen se pone guapa

Luego ya hablaremos de nosotros, los interesados en el selfie, pero ahora nos corresponde apreciar cómo la Madre de Dios se presenta a tan buena ocasión. Lo que queremos decir es qué aporta ella a esto.

Sabemos que la Virgen María no era una mujer como otra. Es decir, físicamente sí lo era pero, espiritualmente hablando, había subido muchos escalones hacia el definitivo Reino del Padre. Por eso Dios la dotó de una serie de virtudes y dones que son las que muestra ella ante la cámara del corazón.

De todas formas, no olvidemos que trae consigo al Niño Jesús que, como luego veremos, no quiere perderse ripio de este momento.

Pues bien, ha llegado la Virgen María. Viene verdaderamente guapa. Pero, no nos equivoquemos, no se trata de la belleza reflejada en las obras de arte. En realidad, nadie que haya dejado constancia de la Madre de Dios en una obra pictórica tenía a la esposa de José ante sí para no equivocarse en el retrato o en la escultura. No. Lo que se ha hecho a lo largo de los siglos es reflejar una belleza física derivada de una que lo era espiritual. Y de eso, sí podemos decir algo pues lo tenemos como propio de una santa doctrina y una fe que arraigan en la Verdad.

Que la Virgen tiene tales dones y virtudes a los antes hemos hecho referencia nos lo dicen muy bien nuestros pastores cuando en “Lumen gentium” (65), documento del Concilio Vaticano II (años 60 de siglo XX), nos dicen que los fieles católicos levantamos “los ojos a María, que resplandece como modelo de virtudes para toda la comunidad de los elegidos.” Sabemos, por tanto, que no es poco decir que nos vamos a hacer un selfie con alguien que, espiritualmente hablando, es un modelo más que bueno. Tenemos, pues, mucho que aprender de ella.

Bueno. La base la tenemos: estamos nosotros mismos y viene la Inmaculada. Ahora sí que contemplamos las virtudes marianas que, valga la redundancia, adornan a María.

Se dicen que son siete o doce. En resumidas cuentas: son muchas las virtudes que la Virgen María atesora y de las cuales mucho podemos aprender y mucho nos conviene conocer.

1.

Sabemos que la Virgen María es humilde y que su humildad es espejo (en cuanto dónde mirarnos) y es ejemplo (en cuanto qué debemos hacer) Por eso su humildad es camino porque es lo que Dios Padre Todopoderoso quiere de sus hijos: ser como barro, como el humus, del que salimos para habitar un mundo donde la soberbia ha llegado a dominar almas y corazones. Pero ella es humilde porque así quiso serlo desde que, consciente de la existencia de Dios y de su fidelidad más absoluta, se sometió virginalmente al Padre del Cielo.

Digamos, para que nadie se equivoque, que la humildad de la Virgen María, supone que, ciertamente, se sabe muy pequeña ante Dios (tan pequeña que ella dijo ser esclava del Señor) y que eso la hace actuar de forma consciente de lo que tal verdad supone.

Nos dice San Bernardo que es de esperar que un pecador sea humilde (además, lo necesita) pero que María lo sea supone, no siendo pecadora para nada y siendo tan alta su dignidad, es un “prodigio de humildad”.

Ejemplo de su humildad, de saberse servidora del prójimo, es que no dudó ni un segundo en acudir donde su prima Isabel estaba esperando al que sería Precursor del Mesías. Entonces mostró qué supone ser humilde y no soberbia; también es ejemplo que, a diferencia de los que no son humildes, María no quería ser ensalzada ante el prójimo. Por eso no estaba presente cuando su hijo era, Él sí, ensalzado. Sí estuvo, sin embargo, en los peores momentos de la Pasión de Nuestro Señor. Y eso es muestra de acendrada humildad.

Pero también sabemos que la Inmaculada acepta la palabra de Dios y manifiesta una confianza ostensible en el Todopoderoso. Y esto es otra virtud que mucho nos enseña a sus hijos: la fe.

¿Qué nos quiere decir nuestra Madre con tener fe?

Como don de Dios, ella la tiene en grado sumo. Por eso, por ejemplo, aceptó en su concepto mismo, a la Santísima Trinidad al conocer que el Espíritu Santo, enviado por Dios, iba a cubrirla con su sombra y que ella, aquella pequeña niña judía, iba a ser madre, la Madre de Dios. Y a todo eso ella respondió con el “fiat” que tanto bien ha hecho a la humanidad y que ha permitido que se unan el cielo y la tierra para siempre, siempre, siempre (como diría Santa Teresa de Ávila al respecto de la duración de la gloria).

María nunca cesó de confesar su fe. Y es que sabía que aquel niño que llevaba en su seno era Hijo de Dios. Ni lo intuía ni se imaginaba que lo era... ¡lo sabía desde el mismo momento de la Anunciación! Por eso siempre esperó de su Jesús lo mejor y, así, lo obtuvo y podemos decir, con San Mateo (15, 28), “Oh, mujer, que grande es tu fe”.

Ejemplo de la fe de María, de nuestra Madre, es que fue ella la que provocó en su hijo Jesucristo que iniciara su vida pública (digamos, que milagrosa) con aquella conversión del agua en vino en la boda a la que habían sido invitados tanto ella como su hijo y sus, entonces, escasos discípulos. Y aquella fe, grande, fue capaz de mover una montaña no sin negar que el mismo Jesús no quería que fuera aquel el momento en el que manifestaría al mundo su poder (el de Dios) y tal fue así que sólo los criados (y María, claro) supieron de dónde venían aquellos cientos de litros de vino. Vamos, los más humildes y pobres...

3.

María, como no podemos olvidar, manifiesta, a lo largo de su vida, una obediencia generosa.

Antes ya lo hemos dicho pero es tan importante que no podemos dejar de insistir. Y es que cuando María dice al Ángel Gabriel que sí, que se hiciera lo que quisiera Dios, manifestaba una obediencia que, a sabiendas (como sabemos) de lo que el anciano Simeón le iba a profetizar (y sucedió palabra por palabra), fue más que generosa. No se guardó nada para sí sino que todo lo ofreció a Aquel que enviaba al Ángel.

El caso es que en todo momento María había sido obediente: lo hizo a sus padres cuando no se opuso a su casamiento con José; hizo lo mismo para cumplir lo que estableció el emperador Augusto y marchó a Belén; por ser Madre de Dios podía haber no llevado a cabo determinadas funciones pero ella no se opuso a ninguna de ellas y las desempeñó como cualquier otra mujer.

No podemos olvidar cómo obedeció María cuando se le indicó a su esposo José que debían marchar a Egipto; tampoco como no dejó de cumplir con la ley judía al llevar a presentar al Niño al Templo...

Y, sobre todas las obediencias, qué decir de la muerte de Cristo. Y es que María, su Madre, no puso inconvenientes a Dios a lo que sabía iba a suceder. Y esto lo decimos porque, hemos apuntado arriba, el anciano Simeón le dijo aquello de la espada que iba a atravesar su corazón... ¿Y qué espada hay peor que la que supone ver a un hijo morir de la manera cómo iba a morir Jesús?

Sobre esto, nos viene la mar de bien traer aquí lo que la Virgen María dijera a Santa Brígida acerca de esta virtud: “La obediencia es la que introduce a todos en la gloria” (Rev.1.6. c. 11) Y por eso a la misma santa dijo la Madre de Dios que por los méritos de su obediencia (los de María, queremos decir) había obtenido de Dios que todos los pecadores que a ella se encomendaran serían perdonados. Y recordemos que, salvo Cristo y la misma María, pecadores somos todos, todos y todos desde este momento: “Pecador me concibió mi madre” (Sal 51, 7).

4.

¿Qué sobre la caridad solícita de María?...

Que nuestra Madre era caritativa lo dice el episodio tan conocido de su visita-ayuda-auxilio a su prima Isabel. Arriba ya hemos dicho algo de esto pero es aquí, donde el amor muestra su cara verdadera, cuando corresponde hacer una mención más exacta.

La caridad es mucho más que la solidaridad. Nosotros sabemos que ser solidario tiene mucho que ver con el aspecto humano y con la necesidad de la cosa pero que ser caritativo muestra una vertiente que va más allá de eso. Por eso María se siente urgida a ir casi corriendo (es un decir, claro) a Ain Karen porque sabe que una mujer de edad avanzada que se queda embarazada (¡y en aquel tiempo!) va a necesitar más que ayuda.

En todo caso, ¿puede haber mayor caridad que consentir ser la Madre de Dios?

Sobre esto cualquiera diría que eso es fácil decirlo ahora, que conocemos lo que luego pasó, pero María arriesgaba mucho al aceptar aquello que le proponía el Ángel porque conocía más que bien lo que podría pasar si el pueblo se enteraba que había quedado embarazada sin mantener relación con el hombre con el que se había desposado...

Pero ella dijo sí. Mostró, entonces y siempre, que su corazón rebosaba tanta caridad que sometió su vida a la voluntad expresada por Dios a través del Ángel Gabriel.

De todas formas, la Virgen María muestra caridad excelsa cuando, a los pies de la Cruz, asiente al perdón que su Hijo pide a Dios por aquellos que no sabían lo que hacían. ¿Se puede tener más caridad?

Esto que hace María con su prójimo (Isabel, los perseguidores de Cristo, etc.) lo hace, sin duda, porque su corazón conoce aquello que escribiría, más tarde, su protector en su Primera Carta (1Jn 4, 21) acerca de que “Este mandato hemos recibido del Señor: que quien ame a Dios ame también a su hermano” que es lo que hace, exacta y perfectamente, María. Y es que ella era, también, a quien se refería Jesús cuando, al aviso de que había ido a buscarlo su madre, dijera aquello de “’¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?’ Y, extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: ‘Estos son mi madre y mis hermanos. Pues todo el que cumpla la voluntad de mi Padre celestial, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre.’”  (Mt 12, 48-50). Y es que ¿había alguien que hubiese cumplido mejor la voluntad de Dios que la Virgen María y con tanta caridad?

5.

María, por decirlo de alguna manera que sea fácil de entender, tiene una sabiduría reflexiva. Y aclaremos que significa esto de tener una sabiduría con tal característica.

Muchas veces se ha dicho, y aquí también, aquello que nos dicen las Sagradas Escrituras, de que María “guardaba todas estas cosas en su corazón”, como nos dice San Lucas en 2, 19.

Aquella forma de hacer las cosas, queremos decir de guardar así lo que era importante no sólo para ella sino para toda la humanidad, era una que lo era de saber mantener un silencio que, muchas veces, era roto por las circunstancias de su vida. Pero, en definitiva, aquella forma de guardar determinados acontecimientos de la vida de Jesucristo en su corazón, mostraba que entendía más que bien el papel que le había tocado desempeñar en toda esta historia de amor de Dios con sus criaturas humanas.

Como mujer de oración, pero de oración de verdad, perseverante, aquella joven judía sabía que Dios la escuchaba. Es decir, confiaba en ser escuchada por el Todopoderoso. Y en aquello abundaba por su mucha fe y mayor voluntad de ser servidora del Creador, su esclava.

Aquella sabiduría que María atesoraba había hecho seno en su ser porque Dios la debió privilegiar con la misma. Es decir, como don sobrenatural infundido por el Espíritu Santo le permitió tener un conocimiento profundo de su Creador pero no para hacer uso del mismo en interés propio sino para favorecer a todo aquel que estaba necesitado del mismo. Por eso María guardaba en su corazón lo que era importante fuera guardado para, en contacto con aquella sabiduría, purificar una santa existencia como era la suya.

El caso es que la sabiduría reflexiva que María mostró a lo largo de su vida mostró que Dios había escogido más que bien a quien iba a ser su Madre.

6.

Tiene, también como virtud, una piedad a prueba de todo lo contrario a ella. Es decir, nuestra Madre es piadosa sobre todo y sobre todas las circunstancias más adversas.

Por piedad, la Virgen María, mostró la misma cuando acudió en ayuda de su prima Isabel. Y no decimos nada más porque muchas veces hemos escrito aquí mismo sobre esto.

En realidad, que María mostrase piedad era debido a que era toda compasión y misericordia. Por eso manifestaba una devoción por las cosas santas propia de quien sabe que Dios es su Padre y Creador y a quien se ha entregado de forma total y absoluta desde que es consciente que eso puede hacerlo. Por eso dedicó su vida a la persona amada: Dios mismo y su Hijo santísimo.

Podemos decir que la piedad de María se acentúa cuando debe sufrir la zozobra que pasa su desposado José cuando sabe que está embarazada sin haber mantenido relaciones sexuales con ella. Por eso, sintiendo compasión por aquel hombre que podía ser su esposo si no lo malograba una denuncia de su embarazo por parte del mismo, lo ama, aún, más.

Piedad también es propia de quien, como María, tiene amor por quien está necesitado. Y tal es el ejemplo de las bodas de Caná. Y es que ella sabe que aquellos novios lo están pasando mal y aún lo van a pasar peor cuando el vino deje de llenar las tinajas habilitadas para el mismo. Por eso insta a su hijo a que haga lo que sabe puede hacer diciéndole aquello de que “no tienen vino”.

En realidad, el corazón misericordioso de María muestra aquella compasión propia de quien es piadoso a carta cabal y no hace dejación de tal piedad ni quiere hacer dejación de ella sino que, al contrario, allí donde es requerido su ser, allí acude.

Ciertamente, remediar el mal del prójimo es muestra de piedad acendrada pues ni tiene mancha ni defecto. Y es que el amor fraterno está indisolublemente unido a la caridad (cf. II Pe 1, 7) y eso lo hace patente María a lo largo de su terrena vida y, no digamos ya, de su existencia junto a Dios Todopoderoso donde la piedad se pone al servicio de sus hijos.

7.

Es, también, María, paciente y fuerte. Y su paciencia y su fortaleza eran, y serán siempre, de un cariz bastante especial en cuanto a su origen y finalidad. Queremos decir que fue paciente y fuerte en las situaciones, digamos, dificultosas de su vida.

Aquí, en la vida de María, nada es por casualidad sino que tiene todo que ver con la historia de la salvación. Y es que ya había dicho el Hijo de Dios (y lo recoge San Lucas en 21, 19) que “Mediante vuestra paciencia salvaréis vuestras almas”. Y ella, sin duda, tenía ya su alma salvada y así, con su comportamiento, era ejemplo para sus hijos.

Decimos que María era paciente y que, como expresión de tal paciencia, era fuerte. Pues bien, por su paciencia María insistió en Caná a Jesús y Él, digamos, se opuso con la boca pequeña porque sabía que no podía negar nada a su Madre. Fue, pues, María, paciente hasta el extremo de exigir, digámoslo así, a Jesús, que hiciera algo por aquellos atribulados novios que se iban a ver, pronto, en una situación muy afrentosa. Por eso, para probar la paciencia de María, dice Jesús aquello de “Mujer, ¿qué nos va a mí y a ti?”.

Hay, sin embargo, muchas ocasiones en la vida de la Virgen María en las que muestra una paciencia a prueba de toda impaciencia:

-     Por ejemplo, cuando José intentó abandonarla y ella no podía hacer más que rogar a Dios, pacientemente, para su desposado comprendiese y amase.

-     Por ejemplo, cuando tuvo que soportar, pacientemente, que en Belén no hubiera sitio para ellos y ver nacer a su hijo en un establo.

-     Por ejemplo, cuando tuvieron que huir a Egipto tras el aviso a José sin saber cuándo volverían a su tierra.

-     Por ejemplo, cuando tuvo que soportar, pacientemente, todas las afrentas que sufrió su hijo.

-     Por ejemplo, ¡qué paciencia no mostró María al saber cuál era el final de su hijo!

-     Por ejemplo, ¡qué paciencia durante la Pasión de Jesucristo!

Vemos, por tanto, que nuestra Madre del Cielo albergaba en su corazón un tesoro de paciencia que la hacía fuerte ante las adversidades. Podemos decir, sin temor a equivocarnos, que la desesperanza en ella no habitaba aunque, eso, lo veremos luego.

8.

María es pobre pero pobre con dignidad y manifestando confianza en el Señor lo cual, en sí mismo, es una forma más que recomendable de ser. Y, para ello, supo entregarse a Dios de la única manera que puede entregarse quien sabe que su Padre del Cielo comprende, acepta y goza con tal forma de manifestarse.

La pobreza de María podemos contemplarla en determinados aspectos de su vida:

-     Casándose con José, un artesano no rico sino, al contrario, pobre.

-     Viendo el establo de Belén como lugar de nacimiento del Hijo de Dios.

-     Entregando en el Templo de Jerusalén, al acudir a presentar a su hijo, dos palomas que era el ofrecimiento de los pobres.

-     Pasando, seguramente, muchas privaciones en su periplo por Egipto.

Sobre la pobreza de María, en las revelaciones que la misma hizo a Santa Brígida le comunicó que había resuelto en su corazón no poseer nada en el mundo y tal había sido su conducta. En realidad, ¿podía haber más riqueza que ser la Madre de Dios?

Sin embargo, es más que cierto que aquí no se habla, no se pretende que se crea eso, que lo que importa de ser pobre es, digamos, serlo, sino amar la propia pobreza como un don de Dios. Por eso diría Cristo aquello de “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos“ (Mt 5,3). Y es que tales pobres lo único que quieren es a Dios y encuentran en su Creador al mejor de los tesoros que hombre cualquiera pudiera soñar poseer. Eso, un comportamiento así, haría decir a San Francisco aquello de “Mi Dios y mi todo” porque, era verdad, le bastaba con Dios. Y por eso, Santa Teresa dijo aquello de “Sólo Dios basta” y San Rafael Arnáiz Barón afirmó, en el colmo de la sencillez y la fidelidad, “Sólo Dios”. ¿A qué más?

María, por tanto, era pobre pero lo era con la dignidad propia de quien sabe en qué consiste tal tipo de pobreza ensalzada por Jesucristo en las Bienaventuranzas. Y que la hizo propia a lo largo de toda su vida terrena fue más que evidente lo que, además, le ha atesorado en el Cielo una riqueza espiritual sin parangón en aquellos lares divinos.

9.

No debemos olvidar, y es otra virtud, que la Virgen María mantiene la esperanza en un nivel más que alto. En primer lugar porque la fe nace de la esperanza y eso nos permite decir, sin temor a equivocarnos, que quien tiene tanta fe como para declararse “esclava del Señor” y someterse a su entera voluntad ha de ser persona de una virtud como es tal que lo es cardinal.

Sobre esto debemos decir que no vaya a creer nadie que el hecho de tener esperanza quiera decir que podamos excluir el temor o la incertidumbre de nuestra vida. Y es que eso es lo que manifestó María cuando se extrañó que el Ángel le dijera que iba a concebir sin haber, ella, conocido varón. Sin embargo, no es menos cierto que a mayor esperanza, menor es el temor y menor, aún, la incertidumbre. Por eso acabó por pronunciar el “fiat”. Y eso demuestra que era mujer de esperanza.

En cuanto a la esperanza, a lo que supone de, en fin, entrega a Dios, ya había escrito el salmista (digamos, ahora, que el Rey David) aquello de “Más para mí, mi bien es estar junto a Dios. He puesto mi cobijo en el Señor” (Sal 77, 28) y eso es lo que hace, exactamente, la Virgen Santísima cuando, en efecto, se cobija en su Dios que es el nuestro.

Tal cobijo, por ejemplo, lo manifiesta cuando se aquieta ante la situación en la que se encuentra al verse abocada a dar a luz en un establo. Confía en Dios, tiene fe y, de la misma, nace la esperanza de saber que está en manos del Todopoderoso y que jamás la va a abandonar ni a ella ni a su hijo; lo mismo decimos de cuando tuvo que ir rauda a Egipto tras el aviso de que corría su hijo Jesús; y otro tanto cuando lo de Caná y las bodas a la que nos hemos referido arriba.

Todo, pues, apunta a que María es mujer esperanzada y, es más, pone en tal esperanza (que es lo mismo que decir en las manos de Dios) la existencia no sólo de sí misma sino del mismísimo Hijo de Dios. ¿Es que, acaso, iba a fallar Dios en esta ecuación?

En todo caso, la esperanza, tenerla y sustentar una vida en la misma, es algo más que dejarse hacer por Dios. Y es que viene a ser como si dejáramos de pensar que somos autosuficientes y que nos bastamos nosotros solos para hacer lo que tenemos que hacer y para llevar a cabo lo que debamos llevar a cabo. No. Nosotros, al igual que la Virgen María, nos sustentamos esperanzados en la voluntad de Aquel que nos ha creado y nos mantiene y aunque no tengamos que salir huyendo (otros, para su desgracia, sí deben salir huyendo de sus casas y naciones por causa de persecución religiosa) es bien cierto que podemos estar sometidos a otras situaciones, seguramente, menos dolorosas pero no menos preocupantes para nosotros y nuestra existencia de fe. Y si, como María, sostenemos la vida sobre la esperanza de sabernos amparados y protegidos por Dios, no iremos por el mundo con una preocupación que exceda del ahora mismo. Dios, en la distancia espiritual que nos separa de Él, nos mira y nos ama. Y ella, la Madre, nuestra Madre, permanece, mediadora de esperanza, ante los pies del Creador.

10.

Que María tiene un amor ardiente a Dios que manifiesta tantas y muchas veces a lo largo de su vida es algo que tenemos por cierto y verdad.

En realidad, esto resulta la mar de sencillo. Queremos decir hablar del amor que María tenía por su Creador. Y es que nadie como ella (salvo Jesucristo, claro está), su propia Madre, podía manifestar lo que era amar a Quien la había creado y había escogido como Madre.

Sabemos, sobre esto, que María tuvo muchos “privilegios” de parte de Dios. Y es que ¿quién no hace lo que puede por su propia madre?, ¿No iba a hacer eso mismo el Todopoderoso?

Si ella, por ejemplo, nació sin la mancha del pecado original, no era porque sí sino porque Dios había querido, para su Madre, una tal naturaleza limpia y blanca; y si a ella no se le conoce pecado es porque el Creador veló para que el Maligno no emponzoñase con su veneno maldito.

Por eso, y por muchas más cosas que, seguramente, no conocemos ahora y sólo conoceremos cuando, Dios quiera, estemos en el Cielo junto a nuestra Madre, María tenía un amor, digámoslo sin temor, desmedido, fuera de toda medida, por el Padre de todos los hombres.

Digamos que el amor por Dios consumía las entrañas de la Virgen María. Por eso proclama el Magnificat con pleno conocimiento de lo que dice y no por medio de ninguna forma dictada fuera de sí. Ella sabe y, por tanto, ella dice lo que sabe y nadie puede contradecir tales santas palabras. Y lo hace así (y no de otra manera) porque su amor no tiene límites y se sale de su corazón volando hacia el de su Padre que es, por misteriosa voluntad de Dios, su descendencia...

Pero sobre esto no nos podemos callar lo que debería ser obvio en un hijo de Dios pero no siempre lo es. Sí, sin embargo, lo es en María. Y nos referimos a que haya correspondencia entre lo que se dice que se cree y lo que, en efecto, se muestra que se cree. Y no vaya a creerse nadie que se trata, esto, de un trabalenguas. Es algo más sencillo pero, ¡tantas veces!, tan difícil de llevar a cabo.

Con todo esto queremos decir que para María no había diferencia entre amar a Dios y hacer lo que Dios quería que hiciese. Eso ya lo hemos dicho muchas veces aquí pero conviene no olvidar que todo lo que pudo sufrir a lo largo de su vida como Madre de Dios lo sufrió porque creía que debía sufrirlo y porque, en definitiva, tenía un amor grande por Quien la había creado.

A lo mejor si ponemos un ejemplo se nos entienda mejor.

Quien ama hace toda clase de sacrificios por la persona amada. Es más, sería capaz de dar hasta su propia vida si hubiese menester. Y eso nadie lo puede dudar porque entra dentro de la naturaleza humana. Todo, pues, se hace con gusto y toda razón de existencia tiene un nombre y unos apellidos que centran, esperando que sea para siempre, la propia existencia. Todo, pues, se hace por amor.

Y eso es lo que hace la Virgen María.

De todas formas, es tan sencillo comprender que aquella joven de una aldea judía hiciera suyo aquel “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón” propio del Primer Mandamiento de la Ley del Todopoderoso, que no hacen faltan muchas palabras para dar a entender que ella amaba a Dios, primero, porque quería y, luego, porque debía frente a los que sólo lo aman porque deben sin tener en cuenta el querer que es lo mismo que sin tener en cuenta la propia voluntad amante del Creador.

11.

María, claro, es mujer de oración.

Se suele representar a la Virgen María en oración antes de que entrara a su presencia el Ángel Gabriel. Y a nadie extraña tal postura o posición orante porque nos podemos imaginar, sin forzar mucho tal posibilidad humana, a la Madre de Jesucristo dirigiéndose al Creador de una forma ardiente y ferviente.

María, seguramente, amaba la soledad en la que se dirigía a Dios en la oración. Por eso el Ángel Gabriel dijo aquello de que “El Señor está contigo”. No te sientas sola, casi podríamos añadir, porque no lo has estado jamás ni lo estarás nunca.

Pero María oraba de forma perseverante. Como joven entregada en cuerpo y alma, castidad y fe, habría pedido muchas veces a Dios que enviara al Mesías prometido. Sabía que su pueblo, Israel, necesitaba un Salvador y no podía, sino, dirigirse a Dios para que cumpliese aquella antigua promesa. Lo que ella no sabía, aún, era que había escogido, precisamente, a una joven que, como ella, oraba con insistencia y sin pedir nada que no fuera bueno para su pueblo.

La oración de María tuvo que ser pura, limpia, sin las asechanzas del egoísmo que tantas veces atenaza el corazón del orante. Ella, al contrario, pedía a Dios según era: pura con toda pureza, limpia de corazón y alma preparada para la respuesta del Todopoderoso. Y a fe que la obtuvo.

No por casualidad dice San Jerónimo, en lo referido a la búsqueda de la soledad para orar por parte de María, que en hebreo la palabra “virgen” significa, hablando de forma literal, “virgen retirada” y es lo que se refería el profeta Isaías cuando en 7, 14 escribió aquello de “He aquí que la virgen está encinta y va a dar a luz un hijo y le pondrá el hombre de Emmanuel”. Soledad buscada, virgen que será la Santa Virgen María. Por eso escribiría Oseas (2, 16) “La llevaré a la soledad y le hablaré al corazón”.

De todas formas, ¿no buscaría Cristo la soledad, la ausencia de otros, en el Huerto de los Olivos para orar al Padre?

12.

Y, por fin, María es virginalmente pura.

La consagración de la Virgen María a Dios desde bien pequeña es un dato que se ha dado por bueno desde el principio de los tiempos cristianos. Es decir, a lo mejor no está escrito pero es algo que la Tradición da por cierto y verdad y no sin sentido alguno sino por la vida que llevó la Madre de Dios.

Ella “no había conocido varón” (como le dijera al Ángel Gabriel) no porque no hubiera tenido ocasión siendo una joven bella. No. Ella no había conocido varón porque no había querido conocerlo a fuerza, por gozo y gusto, de entregarse a Dios en tal sentido. Por eso María había sido especialmente agraciada, llena de dones, por el Todopoderoso.

La aceptación de María de lo que le había propuesto el Enviado de Dios tenía su razón de ser en el hecho de que no habría menoscabo en su virginidad: ella era virgen antes de la Encarnación, durante el parto y, luego del mismo. Sería siempre virgen y pura como lo había querido ser en honor a su Dios, a su Señor, a su Padre del Cielo.

Pero es que la pureza de María tiene un más allá del mismo hecho de su virginidad. Y es que el Todopoderoso quería que tal limpieza, sin mancha alguna, sirviera de ejemplo a lo que sería la Iglesia, luego llamada católica por el paso del tiempo y los aconteceres históricos; y, es más, quiso Dios que la Virgen María sirviera, en general, a toda la humanidad, como ejemplo de virginidad.

Ella no había querido manchar su pureza con las impurezas del mundo. Por eso podría parecer que estaba algo alejada del sexo contrario en sus relaciones mundanas. Sin embargo, tal consideración de su sentido puro y virginal equivoca de lleno el tiro: no se trata de que aquella joven judía no quisiese mantener relaciones, siquiera, con su desposado José sino que tenía una buena razón, no caprichosa o mojigata, que cumplir: amaba a Dios por encima de todas las cosas y eso le impedía hacer según qué cosas.

Hemos visto, hasta ahora, que hay de todo en las doce virtudes que muestra, que nos muestra, la Virgen María. Por eso decimos que se ha presentado, al selfie, más que guapa. Vamos, espiritualmente maravillosa.