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“Rafael Arnáiz Barón nació el 9 de abril de 1911 en Burgos (España), donde también fue bautizado y recibió la confirmación. Allí mismo inició los estudios en el colegio de los PP. Jesuitas, recibiendo por primera vez la Eucaristía en 1919.”

Esta parte de una biografía que sobre nuestro santo la podemos encontrar en multitud de sitios de la red de redes o en los libros que sobre él se han escrito.

Hasta hace bien poco hemos dedicado este espacio a escribir sobre lo que el hermano Rafael había dejado dicho en su diario “Dios y mi alma”. Sin embargo, como es normal, terminó en su momento nuestro santo de dar forma a su pensamiento espiritual.

Sin embargo, San Rafael Arnáiz Barón había escrito mucho antes de dejar sus impresiones personales en aquel diario. Y algo de aquello es lo que vamos a traer aquí a partir de ahora.

Bajo el título “Saber esperar” se han recogido muchos pensamientos, divididos por temas, que manifestó el hermano Rafael. Y a los mismos vamos a tratar de referirnos en lo sucesivo.

“Saber Esperar”  - La importancia de Dios

“Cuando el alma pena de no ver a Dios, ¿qué le puede interesar el mundo?” (Saber esperar, punto 167)

La creación del ser humano por parte de Dios, aquella semejanza e imagen suya que quiso hacer porque actuó con Amor supremo, estaba hecha de cuerpo y alma.

Sabemos que el cuerpo muere y que, sencillamente, vuelve al polvo de donde salió. Pero también sabemos que el alma es inmortal y que nunca deja de existir.

Es bien cierto que, tras la muerte, el destino del alma puede ser bien el Infierno, el Purgatorio-Purificatorio o, Dios quiera, el Cielo. Por tanto, hay un destino que se ha de  cumplir se quiera o no creer en que Dios nos ha creado. Y es que la verdad es la que es y no otra.

Pues bien, si bien el cuerpo puede vivir, por desgracia, por mal camino sin tener en cuenta la voluntad de Dios en el sentido de ir por el que es equivocado llevado por la persona de la que forma parte, el alma no puede o, mejor, no debe hacer eso.

Como decimos arriba, el cuerpo al morir deja de existir. Por tanto, lo malo que hayamos hecho en contra de la voluntad de Dios y que haya tenido repercusión física o material, sencillamente, deja de ser y de existir. Sin embargo, no pasa lo mismo con el alma la cual sufrirá las consecuencias de las malas obras.  Y es que tenemos por cierto y verdad que seremos sometidos a un Juicio particular en el que se nos sentenciará según hayamos merecido en el mundo.

Todo esto lo decimos porque el hermano Rafael sabe que no puede tratarse al alma como al cuerpo porque ni en vida del hombre es lo mismo, por su componente espiritual, ni después de la existencia tampoco.

Queremos decir que el alma anhela a Dios. Y eso es algo que, aunque no seamos capaces de comprender la totalidad de su significado sí es cierto que ha de ser lo esperado de aquella parte de nuestro ser que ha sido infundida por el Creador en cada uno de sus hijos y que lo dota, en tal sentido, de inmortalidad.

Decimos que el alma anhela a su Creador. Y lo anhela porque sabe, el alma sí lo sabe, que ha de estar junto a Quien lo ha creado. También sabe, sin embargo, que eso no ha de suceder hasta que se verifique la muerte corporal y, además, concurran los suficientes méritos por parte del fallecido como para ir, directamente, al Cielo. De no ser así, a lo mejor deberá purificarse en el Purgatorio-Purificatorio o, en el peor de los casos, ir al fuego eterno que, como tal, ni tiene salida ni termina nunca.

El alma, por así decirlo, no es culpable de lo que haga el cuerpo. Es más, a través de los gemidos inefables que el Espíritu Santo deja, como impronta, en ella, es posible que el ser humano pueda cambiar su modo de ser y dejar de perjudicar su destino eterno.

Es bien cierto y verdad que al alma sólo le interesa Dios. Y eso, para el hombre carnal y mundano, es una grave cosa. Y lo es porque el alma tiende a lo bueno y eso es lo que pone en conocimiento de su poseedor a través de la conciencia. Lo que pasa es que el poseedor hace, muchas veces, oídos sordos a las santas indicaciones de tan preciada parte nuestra y, entonces, pasa lo que pasa y lo que pasa no es, precisamente, bueno.

Es verdad que nosotros queremos lo mejor para nosotros mismos. Lo que pasa es que si ha de prevalecer el alma sobre la voluntad corporal es difícil que eso pase siempre y, lo ordinario es que lo mundano se imponga a lo espiritual.

Nosotros, que tanta fe creemos tener, al parecer, no nos damos cuenta de que si el alma pierde su vigor y la manchamos mucho, es más que probable que eso traiga consecuencias graves. Es más, como parte de nuestra fe que es una cosa así, sabemos que eso va a pasar y, sin embargo, según podemos ver en nuestra existencia, pareciera que eso no nos importa lo más mínimo.

San Rafael Arnáiz, que mucho sabía de anhelos espirituales, pone sobre la mesa la gran verdad que otro santo ya dijo acerca de qué le vale al hombre ganar el mundo si pierde su alma.

De nada. Podemos decir que no le vale ni le sirve de nada.