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Juan, acurrucado en las tinieblas de su prisión, iluminado tan sólo por una escasa luz y esperando en oración, escuchaba el relato que sus enviados le hacían de lo dicho por Jesús; y supo que su misión había sido cumplida.

Su final, cuando así lo fuera, no había sido en balde; su vida, en el desierto, no habría devenido inútil ni falta de sentido. Que su predica, anunciando la venida del que bautizaría con Espíritu Santo, había tenido respuesta, era lo cierto. Aún retumba en sus oídos, y resuena en su corazón, aquella felicidad que le transmitieron, esa desilusión que Jesús no ansiaba de aquellos que lo encontrasen, esa ansia de conocimiento que de su amor emanaba hacia aquellos que le rodeaban, luz que tanto había buscado su pueblo y que llegaba, ahora, para inundar todos los corazones que quisieran acogerlo.

Roto de emoción, llevado del ansia de quien espera respuesta porque percibe su llegada, sintió, en toda la profundidad de su alma, la marea de dicha que inundó el corazón del que supo mostrar el camino. Pudo contener, con gran esfuerzo, una lluvia de lágrimas que, con gusto, hubiera dejado emanar de sus cansados ojos.

Recordaba, Juan, su predicación sobre la pobreza en la que vivía con dignidad de hombre justo. Pues la riqueza del mundo no se encuentra en la materia que favorece los sentidos, ni en la acumulación de bienes, sino en la cercanía del amor de los que nos rodean, en la comprensión de quien necesita una mano que le saque de su miseria, aunque esta sea de espíritu (que es la más trágica de las faltas del corazón), les espetó a aquellos que buscaban el perdón pero trataban de desacreditar al considerado profeta.

Pero un silencio se adueñó de la lóbrega estancia en la que Herodes habría recluido a Juan y, éste, sintiéndose lleno de esperanza en lo que tanto había profetizado, recordó como en aquella mañana, de diáfana y clara luz, entre los que pretendían ser bautizados, se acercó Jesús, humilde, demandando el tan salvífico baño.

Era ya de más de un estadio de longitud la distancia que separaba al Bautista del último de los que querían ser bautizados. Y parecía que, llevados por una fe necesaria o atraídos por una curiosidad que esa labor transmitía, peregrinos venidos desde poblados lejanos o acercándose desde las proximidades del río, esperaban su turno para pasar, tras la inmersión acuática, a formar parte del discipulado de Juan.

Entonces, cuando parecía que el día sería largo y trabajoso el convertir, apareció, majestuosa en demanda, la figura mansa de Jesús.

Se apoderó de Juan la sensación de que no podría llevar a cabo aquella parte tan sustancial de su labor, que ante el Mesías no sabría responder con la suficiente grandeza. Eso sin saber que éste sólo pretendía cumplir este tan importante paso, ya fijado por su Padre.

Se resistió el Bautista, pretendiendo que su dignidad no estaba a la altura de su persona, que era él mismo quien debía ser bautizado por Jesús, que si no debería ni atarle las sandalias... y se excusaba al no sentir la fortaleza necesaria para lo que tenía que hacer.

Pero quien esperaba el bautizo, revestido de la gracia que Dios, su Padre, le entregó, tranquilizó su alma y supo hacerse entender. Su misión había llegado a su punto culminante.

Cuando, tras el bautizo, Jesús salió del Jordán, y pudo ver como el Espíritu Santo se posaba sobre sí, la voz de Dios confirmó a Juan que, ya desde el seno de Isabel, su camino estaba perfectamente trazado, que sus manos bendecían, tan sólo, una afirmación escrita en la voluntad del Padre.

Juan, bautizando al Hijo de Dios cumplió con la misión que le había sido encomendada por el Todopoderoso. Sabía quién sería el destinado a salvar a la humanidad porque vería al Espíritu Santo descender sobre quien fuera. Y se dio cuenta, entonces, de que el Cordero de Dios, según lo había escrito el profeta Isaías, había entrado en el Jordán para dar ejemplo, para que todo quien quisiera supiera que así debía procederse.

Juan el Bautista, último profeta de la Antigua Alianza, del Antiguo Testamento, supo, aquel día, que sus desvelos habían tenido el justo premio dado por Dios a los que hacen según es su santa Voluntad.