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Cuando María esperaba el nacimiento de su hijo, Aquel a quien Gabriel diera en llamar Jesús y que fue el nombre que José le puso, se estaba fraguando, en su vientre, el primer Adviento.

El primer Adviento tuvo que ser algo muy especial porque María sabía que quien iba a nacer era alguien más que un niño. Y eso, que siempre tuvo en su corazón como realidad buena, fraguó en su alma un amor eterno.

Desde entonces hasta ahora, en cada momento de espera de Quien llega para traer la salvación, los hijos de Dios que así se han considerado hemos ido restañando las heridas que nos produce la vida reconociendo que la pequeñez de un nacido, en el regazo de su madre, ha venido a ser una esperanza cierta.

Y ahora, ahora mismo, cuando ya estamos en el tiempo de preparación de nuestro corazón, es cuando podemos sostener, para nuestros adentros y para nuestra relación con el mundo que nos rodea, que Cristo viene para quedarse para siempre.

Decimos, entonces que el Adviento, a pesar de ser antiguo, de aquel primero que María contempló, nuestro ser sabe y reconoce, en este tiempo especial, que esperamos a sabiendas que, en efecto, Dios viene, el Emmanuel se acerca.

Y en nuestra vieja esperanza, antigua siembra de Dios en el corazón de su criatura, oramos, quizá, como sigue:

Dios, Padre nuestro

que diste a María el amor

en grado sumo,

que con ella quisiste

entregarnos la salvación eterna

a través de Tu hijo,

permanece en nosotros

para que no olvidemos

tal regalo.

Dios, Padre Eterno,

que quisiste ver, en nosotros,

una esperanza en la difusión

de tu reino,

que de la felicidad nos das

el nombre de Cristo,

entre todo nombre el nombre

de Quien nos salvará

con su sangre,

quédate con nosotros

en un Adviento eterno.

Amén.

De todos los tiempos litúrgicos que, a lo largo del año, sazonan nuestra vida espiritual, el Adviento es, por decirlo así, el que nos proporciona, nos da, nos ofrece si queremos aceptarla, la posibilidad de mejorar nuestro corazón y ser, por eso mismo, hijos de Dios reconociendo que lo somos. Y en eso nadie mejor que la Virgen María, mujer en espera, para enseñarnos.

Por eso, cuando, poco a poco vamos caminando las semanas hasta la deseada noche del 24 del último mes del año y vayamos recorriendo las figuras que, domingo a domingo, muestran el ejemplo de lo que significa creer en Dios, seamos como parte de las Sagradas Escrituras que, a lo largo de los siglos han sido faro y luz iluminadora.

Adviento nuevo, vieja esperanza, porque el tiempo de espera es, desde entonces, desde aquel primer momento de gestación de la Vida, uno que lo es de grandeza y de gozo, tiempo de saberse en una comunidad de creyentes que dan consistencia a la creencia que los sostiene y que tienen en María el espejo perfecto donde mirarse.

Adviento nuevo, vieja esperanza, porque el tiempo que pasa, día a día y semana a semana no puede quedar vacío de intenciones de conversión y de confesión de fe.

Padre Nuestro,

luz que ilumina nuestra vida,

haz de nosotros unos hijos limpios

de corazón,

preparados para esperar

a Cristo, primogénito de la creación

y único santo entre los santos.

Amén.

Adviento nuevo, vieja esperanza porque, con el primero y la segunda nuestro corazón deja de ser mundano y es, por eso mismo, justo heredero de la herencia de Dios cuyo máximo exponente es María, Madre perfecta de la esperanza.

¿Acaso desesperó María? ¿Acaso no tuvo la paciencia propia de una santa? Y, por fin, ¿Acaso la Madre de Dios no dio muestras de aceptar la voluntad del Todopoderoso?

María, reina sobre todas las realidades espirituales porque es la Madre de Dios y la nuestra. Reina, así, de la esperanza de quien sabe que ha de venir al mundo Quien ha sido enviado por Dios.