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Hay momentos en el calendario, digamos, ordinario, que tienen más importancia que otros. Y hoy es uno de ellos aunque haya muchos a los que cause cierta desazón e, incluso, crean que un día como hoy, el número y el mes, no es para celebrar sino, justo, al contrario.

Y es que sobre gustos no hay nada escrito.

Pues bien, el 12 de octubre no es fecha que recuerde, en exclusiva, acontecimientos que pasaron en España sino que abarca mucho más que lo que supuso, en sí, el descubrimiento de un continente desconocido al que se dio el nombre de América. Incluso que a tal día se le llame de la Hispanidad indica, tan sólo, algo de lo que supone la misma.

A este respecto, decía el emérito Benedicto XVI el 15 de octubre de 2011 que

“El mundo de hoy necesita personas que anuncien y testimonien que es Cristo quien nos enseña el arte de vivir, el camino de la verdadera felicidad, porque Él mismo es el camino de la vida; personas que tengan ante todo ellas mismas la mirada fi ja en Jesús, el Hijo de Dios [...]; personas que hablen a Dios para poder hablar de Dios”. Se necesitan personas que muestren a Dios presente en la propia vida, en todas las dimensiones de su existencia y convivencia, e inviten a compartir una vida nueva, verdadera, más humana, que remite al acontecimiento que la hace posible y que continuamente la regenera”.

Eso fue, exactamente, lo que se hizo cuando, junto a los descubridores, digamos, civiles o militares, acompañaron personas que, siendo religiosas, tenían como misión trasladar, llevar, transmitir la fe en Dios Todopoderoso, su Hijo Jesucristo y el Espíritu Santo, la doctrina de la Santa Iglesia católica y, en fin, una forma de ser a partir de una creencia bien concreta que, hasta entonces, no se había roto por la intervención protestante del siglo XVI. Y es aquella no era, sólo, una cuestión de conquista territorial sino que la misma era llevada por un ansia evangelizadora que nadie puede negar.

Descubrir América tuvo muchas consecuencias para la fe católica. Se abría todo un continente al que no había llegado Cristo y al que, por fuerza y obligación cristiana, tenía que llegar. Y eso tuvo unas claras consecuencias religiosas que concreta muy bien el P. Iraburu en su “Hechos de los apóstoles en América” (Fundación Gratis Date) cuando dice que:

“La perversión de la poligamia -con la profunda desigualdad que implica entre el hombre y la mujer, y entre los ricos, que tienen decenas de mujeres, y los pobres, que no tienen ninguna-, no puede menos de desaparecer ante la verdad del matrimonio monogámico, o sólo podrá ya practicarse en formas clandestinas y vergonzantes. El politeísmo, los torpes ídolos de piedra o de madera, la adoración ignominiosa de huesos, piedras o animales, ante la majestuosa veracidad del Dios único, creador del cielo y de la tierra, no pueden menos de difuminarse hasta una desaparición total. Y con ello toda la vida social, centrada en el poder de los sacerdotes y en el ritmo anual del calendario religioso, se ve despojada de sus seculares coordenadas comunitarias...”

Y de forma inmediata a conocer que se había producido un tan importante descubrimiento, los Reyes Católicos saben que no se ha de quedar la cosa en un aprovechamiento mercantilista del nuevo continente (como hemos dicho supra) y que, sin él, nada de lo que se haga tendrá sentido alguno. Y es que entienden, por tanto, que el aspecto espiritual es, también, muy importante. Por eso “ven la necesidad de conseguir la autorización más alta posible para que España pueda cumplir la grandiosa misión que la Providencia le ha encomendado en América” (1). Así, “Roma, pues, envía claramente España a América, y en el nombre de Dios se la da para que la evangelice. En otras palabras, el único título legítimo de dominio de España sobre el inmenso continente americano reside en la misión evangelizadora” (2).

Dice muy bien el P. Iraburu que “Para la evangelización de las Indias, Dios formó en la España del XVI un pueblo fuerte y unido, que mostraba una rara densidad homogénea de cristianismo” (3). Además, “Si la España del XVI floreció en tantos santos, éstos no eran sino los hijos más excelentes de un pueblo profundamente cristiano. Alturas como la del Everest no se dan sino en las cordilleras más alta y poderosas” (4).

A esto lo llama el P. Iraburu “Un pueblo de muchos santos” (5). Y para demostrar que esto es así, expone la siguiente relación:

“En la España peninsular, que tenía ocho millones y medio de habitantes, los santos muertos o nacidos en el siglo XVI son muchos: el hospitalario San Juan de Dios (+1550), el jesuita San Francisco de Javier (+1552), el agustino obispo Santo Tomás de Villanueva (+1555), el jesuita San Ignacio de Loyola (+1556), el franciscano San Pedro de Alcántara (+1562), el sacerdote secular San Juan de Avila (+1569), el jesuita Beato Juan de Mayorga y sus compañeros mártires (+1570), el jesuita San Francisco de Borja (+1572), el dominico San Luis Bertrán (+1581), la carmelita Santa Teresa de Jesús (+1582), el franciscano Beato Nicolás Factor (+1583), el carmelita San Juan de la Cruz (+1591), el agustino Beato Alonso de Orozco (+1591), el franciscano San Pascual Bailón (+1592), el franciscano San Pedro Bautista y sus hermanos mártires de Nagasaki (+1597), el jesuita Beato José de Anchieta (+1597), el franciscano Beato Sebastián de Aparicio (+1600), el obispo Santo Toribio de Mogrovejo (+1606), el franciscano San Francisco Solano (+1610), el obispo San Juan de Ribera (+1611), el jesuita San Alonso Rodríguez (+1617), los trinitarios Beato Juan Bautista de la Concepción (+1618), Beato Simón de Rojas (+1624) y San Miguel de los Santos (+1625), la carmelita Beata Ana de San Bartolomé (+1626), los jesuitas San Alonso Rodríguez (+1628) y San Juan del Castillo (+1628), el dominico San Juan Macías (+1645), el escolapio San José de Calasanz (+1648), el jesuita San Pedro Claver (+1654), y la capuchina Beata María Angeles Astorch (1592-1665).

Y los santos de la España americana deben ser añadidos a los anteriormente citados: los niños mexicanos tlaxcaltecas Beatos Cristóbal, Juan y Antonio (+1527-1529), el mexicano Beato Juan Diego (+1548), el franciscano mexicano San Felipe de Jesús (+1597), la terciaria dominica peruana Santa Rosa de Lima (+1617), el jesuita paraguayo San Roque González de Santacruz (+1628), y el dominico peruano San Martín de Porres (+1639)” (6).

Lo religioso católico, pues, tuvo mucho que ver en aquella conquista militar porque quien entonces gobernaba la nación española tenía interés en que Dios también reinase en aquellas tierras hermanas de América. Por eso, la dignidad de la persona, la de los habitantes que encontraron los españoles que allí llegaron se tuvo muy en contra a pesar de lo mucho que se ha dicho en contrario. Y, como ejemplo de esto, de lo que lo religioso supuso para América en aquellos primeros tiempos, el importante “Sermón de Antón Montesinos” supuso mucho al respecto de la consideración de aquellas gentes con las que se habían encontrado los conquistadores españoles.

El tal Sermón dice lo siguiente:

“Para daros a conocer estas verdades me he subido aquí yo, que soy la voz de Cristo en el desierto de esta isla. Y, por tanto, conviene que con atención no cualquiera, sino con todo vuestro corazón y con todos vuestros sentidos, la oigáis; la cual voz os será la más nueva que nunca oísteis, la más áspera y dura y espantable y peligrosa que jamás no pensasteis oír.

Esta voz os dice que todos estáis en pecado mortal y en él vivís y morís por la crueldad y tiranía que usáis con estas inocentes gentes.

Decid: ¿Con qué derecho y con qué justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbre a estos indios? ¿Con qué autoridad habéis hecho tan detestables guerras a estas gentes, que estaban en sus tierras mansas y pacíficas donde tan infinitas de ellas, con muerte y estragos nunca oídos habéis consumido? ¿Cómo los tenéis tan opresos y fatigados, sin darles de comer ni curarlos en sus enfermedades en que, de los excesivos trabajos que les dais, incurren y se os mueren y, por mejor decir, los matáis por sacar y adquirir oro cada día? Y ¿qué cuidado tenéis de quien los adoctrine y que conozcan a su Dios y creador, sean bautizados, oigan misa, guarden las fiestas y domingos?

¿Éstos no son hombres? ¿No tienen ánimas racionales? ¿No estáis obligados a amarlos como a vosotros mismos? ¿Esto no entendéis? ¿Esto no sentís? ¿Cómo estáis en tanta profundidad de sueño tan letárgico dormidos? Tened por cierto que en el estado en que estáis no os podéis más salvar que los que carecen y no quieren la fe de Jesucristo.

Aún no siendo muy extenso sí es clarificador del sentido que, entonces, se podía tener acerca del descubrimiento de aquellas tierras nuevas que Colón encontró, seguramente, sin tener intención de encontrarlas. Pero sí nos hace darnos cuenta de que muchos de los que allí llegaron conocieron la realidad y la misma no les gustó. Y eso se hizo desde la religión católica o, al menos, desde la que iba allí desde España.”

Hispanidad y fe, por tanto, no son palabras que disten mucho una de otra sino, muy al contrario, unas que lo están más que unidas gracias a los maderos de una cruz de la que pendió el Hijo de Dios.

Luego vendrían otros a estropear mucho de lo hecho y a pervertir y desviar no pocos corazones...

¡Alabado sea Dios que quiso que fuese la católica la religión que recibiesen quienes no conocían a Dios!