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Escucha, respeto, sanación. Es el objetivo de una nueva ronda de encuentros privados del Papa con víctimas de los abusos de poder, de conciencia y sexuales. Se trata de cinco sacerdotes que padecieron, en diversa medida, los ataques del abusador más famoso de la historia chilena, el otrora sacerdote “con fama de santidad”, Fernando Karadima. Iniciada este sábado con una misa privada, la serie incluye conversaciones privadas con cada uno de ellos. Una acción más para enfrentar la peor crisis en la historia de la Iglesia chilena.

El grupo aterrizó en Roma la víspera, este viernes 1 de junio por la mañana. Junto a esos cinco clérigos llegaron otros dos, quienes durante muchos años acompañaron, espiritual y jurídicamente, a las víctimas. Completan la lista otros dos laicos, víctimas pero no del ex párroco del templo del Bosque, ubicado en una acomodada zona de Santiago de Chile.

Todos se hospedaron en la Casa Santa Marta, por invitación y a cuenta del propio Francisco. En la capilla de la residencia vaticana, el pontífice celebró la misa para ellos, a las 16:00 horas de este sábado. Luego comenzaron los diálogos.

“El objetivo de esta reunión convocada por el Papa Francisco es profundizar en la realidad vivida por una parte de los fiel es y del clero chileno. Con la ayuda de estos cinco sacerdotes, el Papa busca poner remedio a la ruptura interna de la comunidad. Así se podrá empezar a reconstruir una relación sana entre los fieles y sus pastores, una vez que todos tomen conciencia de sus propias heridas”, explicó una nota oficial.

Hace 20 años, cuando comenzó a dar seguimiento a Juan Carlos Cruz y James Hamilton, Francisco Javier Astaburuaga Ossa jamás imaginó que iba a poder contar su experiencia personal directamente al obispo de Roma. Como sacerdote, él acompañó a esas dos víctimas de Karadima, las cuales -junto con José Andrés Murillo- se convirtieron en el emblema de la crisis por los abusos en la Iglesia chilena.

“Vengo con mucha esperanza para poder dialogar, junto con los demás sacerdotes y el santo padre, lo que queremos es aportar y el Papa quiere escuchar. Eso es ya muy importante”, aseguró, a su llegada al Vaticano con el Vatican Insider y otros medios. “(El Papa) asume la dificultad de los problemas que hay, pero nos invita a todos a ser corresponsables en la solución de los problemas”, añadió.

Precisó que, entre los temas a conversar con el pontífice, se incluirán las complicidades y los encubrimientos de los abusos. “Dios siempre nos sorprende, eso es lo maravilloso de la fe. ¡En tres meses cambió la historia! Hace 20 años jamás me hubiese imaginado que hoy día iba a poder estar conversando con el Santo Padre cara a cara”, siguió.

“Siempre después de la experiencia de cruz viene la resurrección, y creo que el santo padre está llevando adelante gestos muy manifiestos que son una invitación a resucitar, a asumir el conflicto, mirarlo de frente pero también animarlos a la fe. Yo creo que de esta situación compleja seguramente vamos a salir renovados en la fe, eso quisiera decirle a los católicos en Chile, que abramos el corazón a esta esperanza y que los conflictos no sean motivo de desesperanza, valga la redundancia”, añadió.

Estas citas de Santa Marta son parte de un amplio plan del Papa para responder a la profunda crisis. Por eso, Francisco decidió enviar una vez más a Chile a sus hombres de confianza: Charles Scicluna y Jordi Bertomeu. En los próximos días, ellos dos viajarán específicamente a Osorno, para seguir recopilando información y para manifestar cercanía a los fieles de una diócesis convulsionada desde el nombramiento de Juan Barros como su obispo en 2015.

Barros, pupilo preferido de Karadima, es acusado por las víctimas de cómplice y encubridor de los abusos. Defendido inicialmente por el Papa, la crisis sostenida en su nueva diócesis terminó por hacer explotar una crisis de enormes magnitudes. Francisco, que durante años pareció no percatarse de la situación real, terminó mandando -en febrero pasado- a sus dos enviados a Chile para echar luz sobre la verdad de una vez por todas. Un informe de más de dos mil páginas le abrió los ojos a una tempestad que afecta los cimientos mismos de la Iglesia.

Por eso, el 8 de abril escribió una dramática carta a los obispos chilenos en la cual reconoció el problema, pidió perdón por sus “graves equivocaciones”, y citó al Vaticano a todo el episcopado en pleno. Tras sostener varias reuniones privadas ellos, del 15 al 17 de mayo, casi la totalidad de los obispos del país le entregaron sus dimisiones en bloque, poniendo en manos del Papa su futuro.

En las próximas semanas, él deberá decidir si acepta cada una de estas dimisiones e impulsará, como él mismo anunció, medidas de corto, mediano y largo plazo para recuperar la unidad y la credibilidad perdidas. En este aspecto se enfrenta a un desafío, porque resulta previsible pensar que antes de aceptar algunas renuncias él conceda tiempo a los obispos salientes para que afronten algunos de los problemas que ellos mismos causaron, respondiendo -al menos en primera instancia- a la crisis. Empero, ante la gran atención mediática internacional, sus cambios no podrán dilatarse mucho en el tiempo y resulta más bien esperable que estos lleguen en “olas”, distribuidos en los siguientes meses.

Mientras tanto, este jueves 31 de mayo, la Conferencia Episcopal Chilena dio a conocer una carta de ocho páginas escrita por el Papa y dirigida a todo el pueblo de Dios. El documento, de enorme franqueza y realismo, manifiesta el dramatismo subyacente en la actual crisis. Por un lado, reconoce sin ambages la existencia de una “cultura del abuso” y un “sistema de encubrimiento”. Es más, en algún pasaje habla de “Iglesia abusiva”. Palabras brutales. Pero no se queda en el simple diagnóstico. Va más allá y se pregunta: ¿Cómo es posible que una comunidad como la cristiana, que debería ser profética y crítica por naturaleza, fue incapaz de abrir los ojos ante el sufrimiento de las víctimas en su interior?

He ahí la gran preocupación del Papa: Que durante años se desarrolló una estructura eclesiástica verticalista que pretendió sustituir con una “pequeña élite” a todo el pueblo de Dios, llegando a imponer unos códigos de conducta que le hicieron perder el rumbo y el centro. Así, alejarse de la vida del pueblo lleva a la desolación y a la perversión eclesial, advirtió.

“En el pueblo de Dios no existen cristianos de primera, segunda o tercera categoría. Su participación activa no es cuestión de concesiones de buena voluntad, sino que es constitutiva de la naturaleza eclesial”, siguió. Por eso, anticipó: “Se nos exige promover conjuntamente una transformación eclesial que nos involucre a todos”.

“Una Iglesia con llagas no se pone en el centro, no se cree perfecta, no busca encubrir y disimular su mal, sino que pone allí al único que puede sanar las heridas y tiene un nombre: Jesucristo. Esta certeza es la que nos moverá a buscar, a tiempo y destiempo, el compromiso por generar una cultura donde cada persona tenga derecho a respirar un aire libre de todo tipo de abusos”, estableció.