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Una carta franca. Descarnada, como pocas veces se ha leído con la firma de un Papa. Francisco la dirigió a los obispos de Chile. En ella, reconoce por primera vez que se equivocó gravemente en el caso del obispo de Osorno, Juan Barros, pupilo del sacerdote abusador Fernando Karadima y acusado de encubrir sus ataques sexuales contra menores. Tras estudiar el informe realizado por el arzobispo maltés, Charles Scicluna, concluyó que los testimonios de las víctimas son verdaderos. Por eso les pidió perdón. Dijo haber actuado con “falta de información veraz y equilibrada”. Y anticipó que recibirá pronto a representantes de todos los afectados.

No se trata de una misiva como cualquier otra. Fechada el 8 de abril pasado, ocupa más de dos páginas y fue dada a conocer este día por la sala de prensa de la Santa Sede. Una reflexión pausada y meditada, que abre un camino de solución para la herida abierta que el caso Karadima ha significado para la Iglesia chilena. Este sacerdote, hombre que durante muchos años ejerció un amplio poder en las estructuras eclesiásticas del país, fue hallado culpable de abusos sexuales en 2011, durante el pontificado de Benedicto XVI. Con una consecuente condena del Vaticano a alejarse de toda actividad pastoral y permanecer recluido.

Su salida de escena no acabó con los problemas, que se perpetuaron en sus colaboradores más cercanos. Como Barros, ex obispo militar que fue designado por Francisco como obispo de la sueña diócesis de Osorno en 2015. El nombramiento desató una dura resistencia, y abrió una grieta en el país. Las víctimas de Karadima lo acusaron de encubridor y lanzaron una campaña para que el Papa diese marcha atrás. Pero eso no ocurrió porque Francisco, como él mismo reconoció, fue engañado.

La situación precipitó con el correr de los meses, y de los años, hasta que se manifestó claramente en el viaje apostólico a tierras chilenas, en enero pasado. El caso Barros empañó la gira, también por las declaraciones del Papa en las cuales defendió al obispo y afirmó que no habían evidencias en su contra, algo que –ahora queda claro- no era correcto. Para zanjar de una vez el problema, Francisco decidió mandar a Chile a Scicluna, quizás el clérigo católico que más sabe en materia de abusos sexuales contra menores. Finalmente la verdad salió a la luz.

“Ahora, tras una lectura pausada de las actas de dicha ‘misión especial’, creo poder afirmar que todos los testimonios recogidos en ellas hablan en modo descarnado, sin aditivos ni edulcorantes, de muchas vidas crucificadas y les confieso que ello me causa dolor y vergüenza”, escribió el líder católico, en un texto preparado con motivo de asamblea plenaria 115 de la conferencia episcopal.

En él, reveló varios detalles hasta ahora desconocidos. E hizo un resumen exhaustivo del caso. Precisó que el informe de Scicluna, y de su ayudante, Jordi Bertomeu Farnós, constó de dos mil 300 hojas. Un total de 64 testimonios, recogidos tanto en Nueva York como en Santiago. Una escucha “desde el corazón y con humildad”.

“Posteriormente, cuando me entregaron el informe y, en particular, su valoración jurídica y pastoral de la información recogida, reconocieron ante mí haberse sentido abrumados por el dolor de tantas víctimas de graves abusos de conciencia y de poder y, en particular, de los abusos sexuales cometidos por diversos consagrados de vuestro país contra menores de edad, aquellos a los que se les negó a destiempo e incluso les robaron la inocencia”, abundó Jorge Mario Bergoglio.

Al mismo tiempo, destacó que durante la investigación todas las partes mantuvieron un clima de confidencialidad y evitaron caer en la tentación de convertir todo en un “circo mediático”. Incluso llegó a agradecer a los medios de comunicación su profesionalidad en el trato de un caso tan delicado, respetando el derecho de los ciudadanos a la información y la buena fama de los declarantes. Y pidió que esto sirva de ejemplo para otras situaciones similares.

Entonces, tras aceptar la veracidad de todas las informaciones, entonó el más sentido y descarnado “mea culpa” de su pontificado. “En lo que me toca, reconozco y así quiero que lo transmitan fielmente, que he incurrido en graves equivocaciones de valoración y percepción de la situación, especialmente por falta de información veraz y equilibrada. Ya desde ahora pido perdón a todos aquellos a los que ofendí y espero poder hacerlo personalmente, en las próximas semanas, en las reuniones que tendré con representantes de las personas entrevistadas”, dijo.

Así, asumió su propia responsabilidad en todo lo ocurrido. Y optó por no señalar a aquellos que no le dieron la información que requería. Clérigos, e incluso algún cardenal, del más alto nivel. Al contrario, en lugar de repartir culpas, él mismo las asumió y quiso indicar a los obispos chilenos el camino a seguir. Porque, en su carta, Francisco dejó en claro que se deberán tomar otras medidas, a corto, mediano y largo plazo, “con el objetivo de reparar en lo posible el escándalo y restablecer la justicia”. Porque la Iglesia chilena está en crisis. Quizás la peor en toda América Latina.

“Pienso convocarlos a Roma para dialogar sobre las conclusiones de la mencionada visita y mis conclusiones. He pensado en dicho encuentro como en un momento fraternal, sin prejuicios ni ideas preconcebidas, con el solo objetivo de hacer resplandecer la verdad en nuestras vidas. Sobre la fecha encomiendo al secretario de la Conferencia Episcopal hacerme llegar las posibilidades”, anunció el Papa.

Se mostró convencido, también, que las dificultades presentes son también una ocasión para restablecer la confianza en la Iglesia, una “confianza rota por nuestros errores y pecados” y “para sanar unas heridas que no dejan de sangrar en el conjunto de la sociedad chilena”. E instó a los obispos a buscar soluciones guiadas por el espíritu, no por los propios intereses o por el orgullo herido.

Estableció que cuando los males “arrugan el alma” y “nos arrojan al mundo flojos, asustados y abroquelados en nuestros cómodos palacios de invierno”, Dios sale al encuentro y purifica las intenciones para amar como hombres libres, maduros y críticos. Incluso cuando los medios de comunicación “avergüenzan” y se tiene la tentación de dudar “de la victoria pascual del resucitado”.

Por eso, exhortó a los obispos a prepararse a la cita con él en Roma “con magnanimidad”, para que ese encuentro sea fructífero y permita traducir, en hechos concretos, lo que reflexionarán.

“Quizás incluso también sería oportuno poner a la Iglesia de Chile en estado de oración. Ahora más que nunca no podemos volver a caer en la tentación de la verborrea o de quedarnos en los ‘universales’. Estos días, miremos a Cristo. Miremos su vida y sus gestos, especialmente cuando se muestra compasivo y misericordioso con los que han errado. Amemos en la verdad, pidamos la sabiduría del corazón y dejémonos convertir”, invitó.

Y concluyó: “A la espera de sus noticias y rogando a monseñor Santiago Silva Retamales, presidente de la Conferencia Episcopal de Chile, que publique la presente con la mayor celeridad posible, les imparto mi bendición y les pido por favor que no dejen de rezar por mí”.