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Río de Janeiro es una ciudad militarizada. Y la tensión social se encuentra por las nubes, sobre todo tras el violento asesinato de la concejala del Partido Socialismo y Libertad (PSOL), Mirelle Franco. Mientras la conferencia de obispos del Brasil guarda silencio sobre el homicidio y la intervención de las fuerzas públicas, el Papa irrumpió con un sorpresivo llamado a los familiares de la activista muerta. Apenas unos días después, el cardenal Orani Joao Tempesta siguió sus pasos. En un simbólico gesto, confortó a los familiares de Franco y a los de su chofer. Pero no se quedó ahí, quiso tener también un detalle con un policía retirado.

Todo ocurrió el 26 de marzo. Ese día, la página del purpurado en la red social Facebook publicó las fotografías de las tres reuniones. “Encuentro con los familiares de Anderson Pedro Gomes, chofer asesinado con la concejala Marielle Franco. En la foto, con su mujer, Agatha Arnaus Re, madre de Silvinha Rita, y familiares. El encuentro tuvo lugar en la parroquia Santiago, en Inhaúma, con la presencia de los padres Alexandre Tarquino da Silva (párroco) y Charles (vicario parroquial)”, escribió el primero de los artículos.

Más tarde, publicó: “Antes de la visita a los familiares de la concejala Marielle, tuve un encuentro con el agente Marcelo y sus familiares, en Cascadura. El agente de policía está aquí desde hace nueve años con secuelas por un enfrentamiento con traficantes. El encuentro tuvo lugar en presencia de los sacerdotes Marcelo de Assis Paiva, capellán de la Policía Militar, y Luiz Fernando de Oliveira Gomes, de la parroquia Santo Sepolcro, en Madureira”.

Finalmente, Tempesta agregó las fotografías de su visita a los familiares de la concejala. En las imágenes se puede ver el consuelo afectuoso y muy cercano del arzobispo a los padres de Marielle, Antonio Francisco y Marinete, a la hermana Anielle y a la hija, Luyara. También tomó parte en la cita Anderson Battista Monteiro, párroco de Inhaúma.

Acciones típicamente “bergoglianas”, que recuerdan mucho los gestos propios del cardenal argentino, hoy Papa. Resulta sugestivo que hayan tenido lugar justo después de la llamada de Francisco. El 14 de marzo, cuando se conoció el asesinato de Marielle Franco, Brasil se vio sacudido. La noticia desató multitudinarias manifestaciones de protesta y llegó hasta el Vaticano, donde el Papa sigue con preocupación los acontecimientos en el país sudamericano.

El lunes 19 él recibió una carta de Luyara. El mensaje fue breve pero significativo. En él, la muchacha de 19 años le contaba que su madre era creyente, le hablaba siempre de los mártires y del evangelio. Francisco respondió un día después comunicándose. Quería hablar con la hija, pero terminó hablando con la abuela, Marinete da Silva. Eso ocurrió pocas horas antes de una misa que, aquel martes 20 de marzo, se dedicó a la memoria de la concejala muerta en la Iglesia “Nossa Senhora do Parto”, en el centro de Río.

Pero la comunicación con el Papa no pasó por la Iglesia institucional. La carta de la hija de Marielle llegó hasta la Casa Santa Marta del Vaticano gracias a Gustavo Vera, un viejo conocido del líder católico y referente de la organización argentina de lucha contra la trata de personas, La Alameda.

Hasta ahora, la comisión directiva de la Conferencia Nacional de Obispos de Brasil (CNBB por sus siglas en portugués), ha guardado silencio. Sólo los obispos de la Región Este 1 de ese organismo emitieron una nota de protesta por el asesinato y el recrudecimiento de la violencia producto de la intervención militar.

Con un decreto del presidente Michel Temer, desde el 16 de febrero todas las fuerzas de seguridad que operan en Río están bajo un mismo mando dependiente del ejército. Una situación inédita, nunca antes verificada desde el regreso de la democracia al país en 1985. Una imprevista ola de delincuencia llevó al mandatario ordenar el operativo, aprobado por el apoyo del Congreso Nacional. Pero los organismos sociales y de derechos humanos se opusieron, advirtiendo que el nuevo estado de cosas sería utilizado para ejecuciones sumarias contra población civil.

En su momento, algunos católicos mostraron su indignación en las redes sociales por la nota de la comisión regional de obispos. Algo similar ocurrió con las fotos del cardenal Tempesta, publicadas en una página seguida por más de 180 mil personas. En ambos casos, los quejosos argumentaron que Marielle defendía el aborto, las uniones homosexuales y era madre soltera. Su figura, ya de por sí incómoda, se tornó aún más tras su asesinato. En internet arreció una campaña en su contra, llegando a ser acusada –incluso- de complicidad con el crimen organizado.

Pero su historia esconde otros detalles hasta ahora poco conocidos. Mucho de su activismo social, ella lo aprendió en la Pastoral de la Juventud, en la cual participó durante años. Afrodescendiente, era madre soltera. Aunque se había convertido en un ícono de los grupos lésbico-gay, aún se sentía parte de la Iglesia católica. Más allá de sus vicisitudes personales, mantenía su fe. Era devota de San Jorge, como lo demuestran varias fotos con ese santo y con imágenes de la Virgen, que le llegaron –incluso- al Papa Francisco. Su madre, devota de Nuestra Señora de Aparecida, fue ministra de la eucaristía.

A decir verdad, muchos católicos también aplaudieron el gesto de cercanía del cardenal Tempesta con su familia. Tanto dentro como fuera de la Iglesia, su causa y sus luchas generaban división. Pero, como explicó Frei Betto, dominico brasileño y referente de la teología de la liberación, en un artículo publicado en el diario O’Globo: “Jesús jamás discriminó personas que no aceptaban o vivían en contraposición con los valores que él predicaba. Acogió al centurión romano, defendió a la mujer adúltera, valoró el gesto afectuoso a la prostituta que le perfumó los pies, aceptó entrar en la casa del opresor Zaqueo”.

Y Padre Gege, un famoso bloguero, reflexionó: “Hay momentos en que el mundo no quiere ver una Iglesia ni de derecha ni a izquierda. Tales clasificaciones no importan en casos de supremo dolor. Hay momentos cruciales de la historia en que el mundo espera que la Iglesia sea exclusivamente madre de piedad, de carne y hueso. Y de ello dependerá, incluso, su credibilidad en cuanto sacramento del amor incondicional, misericordioso y lacrimoso del Dios que no hace división de personas. Ante la sangre derramada, todas las diferencias o divergencias salen de escena y entra el corazón sangrante de la Iglesia misericordiosa, y por eso capaz de arrojarse ante el cuerpo caído, ensuciar sus blancas vestiduras de sangre y llorar”.